A la tarea, que hay mucha tela que cortar

Hoy ha sido en Austria el día del orgullo, pero no hay que olvidar nunca que la Regenbogenparade es, ante todo, una manifestación. Y en las manifestaciones se reivindican cosas.

11 de Junio.- Como hacía dos años que no sucedía, debido al coronavirus, una muchedumbre festiva, acalorada y jubilosa, ha marchado hoy por la Ringstrasse de Viena.

La Regenbogenparade o, como se la llama normalmente, el desfile del orgullo gay (aunque abarque mucho más) se ha celebrado hoy con una asistencia multitudinaria, que la policía cifra en un cuarto de millón de personas.

La Regenbogenparade es hoy un evento transversal, como lo demuestran las numerosas adhesiones de todas las áreas de la sociedad austriaca.

A pesar de la música, de las carrozas y de la gente más o menos vestida (más menos que más) no hay que olvidar nunca que el desfile del orgullo es, ante todo y sobre todo, una manifestación.

Y que en las manifestaciones se reivindican cosas.

Las que se reivindican en la manifestación de hoy, sobra decirlo, no solo afectan al colectivo LGTBIQ+, sino a todas las personas en general. Porque lo que se reivindica en el desfile es, ante todo y sobre todo, el derecho de todas las personas a ser como Dios las hizo y a poder expresarse así, libremente, siempre que no le hagan daño a nadie.

El orgullo sigue siendo necesario porque dentro de la propia Unión Europea, dentro de la propia Austria, las libertades que el orgullo representa no solo siguen siendo reversibles, sino que están bajo un acoso constante, como demuestran los casos funestos de Hungría o de Polonia o España.

No hablemos de otros lugares del planeta, lejos de la benéfica influencia de la bandera azul con las estrellas.

Lugares en donde ser homosexual (no digamos transexual) se paga muchas veces con la vida o con el calvario contínuo de vivir con miedo.

En nuestras sociedades, el peligrosísimo auge de las extremas derechas está normalizando, sin prisa pero sin pausa, cosas que parecían superadas, como la vinculación de la reivindicación de la convivencia con un supuesto “adoctrinamiento”.

Esa gente, frecuentemente vinculada al fundamentalismo religioso, también trata de asociar insistentemente la divulgación de otras realidades distintas de las propuestas por el heteropatriarcado con una supuesta “sexualización de la infancia”.

A todas luces, se trata de una estrategia para convertir al colectivo LGTBIQ+ en una presencia supuestamente amenazadora, cuando en realidad, como han demostrado hoy los doscientos cincuentamil manifestantes de la Ringstrasse, es exactamente lo contrario.

Ojalá, en todos los ámbitos de la vida, reinase el santo cachondeo que ha reinado hoy. Y ojalá ningún niño tuviera que crecer con miedo.

Nunca. En ningún país.

Según los porcentajes que manejan los estudios científicos más serios, entre un 5 y un 10% de la población pertenece al colectivo LGTBIQ+.

Eso, en Austria representa, sobre poco más o menos, una multitud de entre 450.000 y 900.000 personas.

Como digo todos los años por estas fechas, en casi un millón de personas están representadas todas las clases sociales, todos los niveles adquisitivos, todas las inteligencias, todos los cuerpos (todas las “cuerpas”), todas las gorduras y todas las flaquezas, todas las bellezas y, por qué no, todas las imperfecciones.

Si de algo tiene que servir el desfile del orgullo (a mí me gusta más traducir “pride” por “dignidad”, pero bueno) tiene que ser exactamente para eso, para que se barran todos los estereotipos.

Por último, me gustaría destacar que hoy es el orgullo (en Austria, en España es mucho más tarde) pero que quedan otros trescientos sesenta y cuatro días en el año (trescientos sesenta y tres, si descontamos la final de Eurovisión) para luchar contra la homofobia, la bifobia y la transfobia, para que, mediante la normalización de lo que es, sencillamente, normal, el colectivo LGTBIQ+ deje también de verse obligado a llevar cierta mentalidad que podríamos llamar “insular” y que no es más que el fruto del aislamiento al que muchas veces la sociedad condena a ciertas realidades.

No me queda más que desearles a todas las personas que leen Viena Directo, sin excepción, heterosexuales, homosexuales, bisexuales, transexuales, intersexuales o queers, un orgullo felicísimo, lleno de marcha y de alegría, pero también de reflexión.

Chicos, a la tarea. Que hay mucha tela que cortar.

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