El Gobierno austriaco deroga una ley que estaba sin estrenar

El Gobierno austriaco ha abolido hoy, definitivamente, la ley de la vacunación obligatoria. Examinemos la cuestión más profundamente.

23 de Junio.- El Gobierno austriaco, de manera un tanto sorprendente, ha decidido hoy deshacerse de un peso muerto: la vacunación obligatoria.

Es una medida esta que, oficialmente, viene motivada por el cambio de la situación epidemiológica del país pero que, en mucha medida, obedece al intento del Partido Popular austriaco, al mando de Nehammer, de reagrupar sus algo maltrechas y desgastadas fuerzas de aquí al otoño caliente que se avecina.

Debía tomarse ahora, antes de que el Parlamento cierre por vacaciones, para así dejar paso a los meses del verano antes de las elecciones en Tirol y de las presidenciales que se celebrarán, previsiblemente, en octubre.

El remedio, peor que la enfermedad

Recordarán los lectores de Viena Directo que, cuando se aprobaron para su uso las primeras vacunas contra la CoVid, cundió un suspiro de alivio.

Aquellos que habíamos contenido la respiración esperando el que es, definitivamente, uno de los milagros de la ciencia moderna (un milagro que ha salvado millones de vidas y que, además, servirá para la elaboración de vacunas más novedosas y seguras contra otras enfermedades) pensamos que la gente correría en masa a vacunarse.

Fue así al principio, pero pronto la áspera sociedad de los antivacunas, los conspiranoicos y demás gente ágrafa e insolidaria, empezó a boicotear lo que es, sin duda, uno de los logros de nuestro tiempo.

Detectadas estas reticencias por la parte menos presentable del arco parlamentario, las vacunas también empezaron a utilizarse como arma política.

Como todo el mundo sabe, ante la bajada alarmante de los índices de vacunación (fruto, en gran parte, del poco entusiasmo del Gobierno en convencer a la población) y, yo creo que de buena fe, considerando que esta era la única manera de controlar la pandemia, el Gobierno austriaco promulgó una ley de vacunación obligatoria.

La experiencia posterior ha demostrado que, probablemente, fue peor el remedio que la enfermedad.

Vivir con la CoVid

La ley, primero, llevó a Austria a los titulares de la prensa internacional y dentro del país no hizo más que exacerbar los sentimientos de los dos bandos. Por un lado, el de aquellos que creíamos (y creemos) que las vacunas son un instrumento idóneo para proteger a la población vulnerable, que son seguras y que funcionan. Por otro, los partidarios de la superstición y de confusas teorías de diverso género.

La ley austriaca de vacunación obligatoria tuvo diversas réplicas en otros países, por ejemplo Italia, que se han ido desactivando con el tiempo.

Hoy, parece que la opinión común entre los científicos es que las nuevas variantes, debido precisamente a la inmunidad base que tenemos los vacunados y aquellas personas que se han infectado a pelo, convierte las nuevas variantes del coronavirus que pudieran aparecer en cepas menos mortíferas.

Esperemos que así sea.

Aunque uno, personalmente, no sabe si esta relativa tranquilidad no se deberá también a la resignación que les produce no haber podido penetrar en las endurecidas inteligencias de nuestros vecinos menos avispados.

El caso es que las fricciones y la torsión que ha sufrido el cuerpo social austriaco han sido de gran calibre.

En algunos casos, la lucha ha sido como las que se describen en la Biblia. Esposos que han dejado de compartir sábanas y manteles (“!Bruja antivacunas!” “!Crédulo!”) amigos que se han dejado de dirigir la palabra y compañeros de trabajo que han tenido que soportar lo mejor posible a sus colegas cenutrios, con la misma resignación que soportamos todos a nuestros conciudadanos que se montan en el metro haciendo gala de un odio sarraceno por el agua y el jabón.

Incluso los antivacunas consiguieron formar un partido (MFG). Veremos ahora qué hacen ahora que se han quedado sin motivos para luchar (probablemente Herbert Kickl también se haya alegrado por esto de que el Gobierno haya terminado con la vacunación obligatoria, porque en muchos lugares los antivacunas crecieron a costa de la extrema derecha de la que, en realidad, son un esqueje).

La incógnita es, ahora, cuánto tiempo tardarán en cerrarse las heridas abiertas y hasta qué punto el electorado le perdonará a los Gobernantes la sensación, incómoda, del “mucho ruido y pocas nueces”.

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