Así será Viena en 2089 (si no hacemos nada)

En Viena, el cambio climático está provocando que las temperaturas medias suban entre 2 y 3 veces más rápido que en otras partes de Europa.

26 de Junio.- El día 26 de Junio de 2089, Ainara Bernal llegó con su nieta mayor, Miranda Hopkins, al aeropuerto de Viena-Schwechat. Tenía 81 años. Iba a cumplir los 82 en Agosto. Era una anciana pequeña y compacta, con el pelo teñido de azul y unas gafas grandes tras las cuales había unos ojos dulces y atentos.

Venía a Austria a recoger un premio, el que daba la asociación de psicólogas austriacas. Estaba un poco nerviosa. Aún no había decidido si daría el discurso de agradecimiento en alemán (idioma que tenía bastante oxidado) o en inglés, que hablaba con fluidez.

Se acordó de Cave, su compañero de tantos años, inglés de Brighton, al que había conocido durante su beca Erasmus, y al que había tenido que dejar en Madrid, fuera de combate debido a un inoportuno ataque de ciática.

El viaje hasta Austria había sido cómodo, en un silencioso avión eléctrico de la compañía Península, el Chavela Blanca. Miranda estaba escandalizada. Habían tenido que pagar casi cincuenta euros por un sandwich de carne sintética y por una botellita de Eurocola sin azúcar.

-Menudo robo. Por un sandwich de saltamontes. Esto en España no pasa.

Ainara, como psicóloga, con años de experiencia en el tratamiento de casos de estrés postraumático provocado por el cambio climático, había aprendido a no impacientarse por cosas tan pequeñas. Guió a su nieta a través de la terminal -un moderno edificio convenientemente protegido del calor achicharrante- y la condujo hasta la línea de la recuperación de equipajes.

En las paredes, gigantescas pantallas digitales hacían propaganda del aceite de oliva de la Wachau. Uno de los más puros de Europa.

Reinventarse, o morir” pensó Ainara, y recordó que, hasta 2062, los últimos nostálgios habían peregrinado a ver florecer los árboles de albaricoques, que se mantenían vivos artificialmente en grandes invernaderos.

Mientras esperaba la maleta, Ainara recordó su adolescencia.

Su tío Paco, que había escrito el último artículo de Viena Directo pocos días antes de apagarse a los noventa y nueve, en 2074, mientras tarareaba un viejo éxito, el Aserejé, había sido uno de los que había aprovechado los inicios de los Estados Unidos de Europa para mudarse a Austria. Le había visitado con frecuencia, sobre todo a partir de haber empezado la Universidad.

Viena era, entonces, una ciudad muy distinta.

Los efectos del cambio climático se habían empezado a notar con fuerza a principios del siglo XXI. De los 20 años más cálidos desde que se tenían registro, 14 habían sido entre 2000 y 2019. Fue entonces precisamente cuando los primeros pioneros empezaron a levantar la voz y a decir que aquellas olas de calor no eran normales. Les trataron de locos, claro. Greta Thurnberg fue satanizada, sufrió amenazas y su nombre, sobre todo en los años anteriores a la primera guerra de Ucrania, fue la bestia negra de los negacionistas.

Más que el propio cambio climático en sí mismo, el problema fueron, desde el principio, los negacionistas, que trataban de convencer a la gente de que lo que todo el mundo tenía delante de las narices, no existía y que saboteaban todos los intentos de mitigar sus consecuencias.

Pero sí que existía, desgraciadamente. Vaya si existía.

Los modelos climáticos elaborados en aquel momento se habían equivocado poco. Si los científicos habían vaticinado un aumento de las temperaturas medias de entre 4 y 6 grados para finales del siglo XXI, la realidad había sido de 5,2.

En aquellos momentos, Viena tenía el mismo clima que Madrid en 2010 y mientras tanto, Madrid…Madrid se había convertido en parte del Sáhara.

Miranda recuperó el trolley rosa chicle de su abuela y luego una bolsa de deporte en la que llevaba cuatro cosas necesarias. Era de la marca Chenoa.

Un robot algo más sofisticado que los que había en el aeropuerto de Barajas se les acercó para ofrecerles un taxi. Las mujeres lo rechazaron. Ainara prefería tratar con personas. Se encontraba más cómoda y, aunque sabía que su esfuerzo era inútil, no quería quitarle trabajo a nadie. El robot las dejó marchar no sin antes emitir un mensaje publicitario en alemán.

Por el rabillo del ojo, Ainara observó inquieta a los policías con metralletas que custodiaban el aeropuerto en previsión de ataques terroristas.

Los llamados guerreros del agua, personas a las que las sequías habían expulsado de sus países, más por desesperación que por otra cosa, cometían atentados periódicamente. Había que estar preparados.

La anciana psicóloga trató de ahuyentar aquellos malos augurios.

-Nena -dijo- ponte los chismes esos para ver por dónde se va a la parada de taxis, que creo que la han cambiado de sitio.

Los chismes” eran unas oculi glasses, modelo elegance, que Miranda había recibido por su cumpleaños y que eran lo más avanzado en realidad aumentada que se podía conseguir en Madrid.

Al instante, Miranda empezó a ver unas figuras saltarinas que fueron guiándola hasta la parada de taxis.

-Abuela ¿Compramos agua?-hay alerta por calor.Tienes que beber.

Ya en el exterior, las mujeres localizaron a un taxista vestido de lila. Se trataba de una persona transexual de género no binario.

Ainara se dirigó a esta persona en inglés, utilizando los pronombres correctos, lo cual complació mucho a la persona transexual, la cual cargó las maletas en el vehículo eléctrico y las llevó al centro.

Ainara miró el campo alrededor de Viena con tristeza. La bajada de las precipitaciones (de un 17% sobre lo normal en el año 2000) y la ausencia casi total de nieve en invierno, había convertido lo que antes eran extensas praderas de hierba en un páramo bastante duro y correoso. Algo triste. De cuando en cuando, junto a la carretera, había grandes torres condensadoras que trataban de extraer humedad de la atmósfera.

Miranda, por suerte para ella, no había conocido los veranos de antaño, cuando te podías sentar en un heuriger al fresco bajo los tilos. El cambio climático también había acabado con ellos.

Para colmo, la bajada de las nevadas también había provocado que bajasen la reflexión del calor a la atmósfera y la subida de las temperaturas medias se había agravado.

Esto había producido que los glaciares, antaño uno de los orgullos de los austriacos, hubieran desaparecido casi completamente. La catástrofe había sido tremenda. No solo para la economía y para los deportes (los austriacos, antaño, habían estado justamente orgullosos de sus esquiadores) sino también para la identidad nacional, privada de uno de sus referentes.

(Todas las cifras de este artículo, están extraidas de datos ya existentes del Gobierno austriaco, la Unión Europea y la ONU).

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