Al siglo XXI se le indigesta Karl May

Uno de los autores más populares de la literatura juvenil en habla alemana, Karl May, es víctima de la corrección política ¿Para bien? ¿Para mal? Cada uno tiene su respuesta.

26 de Agosto.- Durante gran parte del siglo XIX, los cuadros de El Greco estuvieron guardados en los sótanos del Museo del Prado.

La razón es bien simple: a todo el mundo cuya opinión tenía un cierto peso en aquel momento, le parecían malísimos. Como eran viejos, sin embargo, no se atrevían a tirarlos y los guardaron en el sótano.

A finales del diecinueve y principios del veinte, los cambios del gusto hicieron que la obra de El Greco experimentara un nuevo descubrimiento. De manera que, lo mismo que los cuadros se habían descolgado, se volvieron a colgar y no pasó nada.

La literatura (lo mismo la de alta cuna que la de baja cama) pasa también por esos vaivenes.

Cada época tiene sus gustos y cada época defiende unos ciertos valores. Así pues, escritores que gozaron en vida de un gran reconocimiento y de ventas millonarias, son condenados al olvido apenas un poco más tarde.

Cuando yo era chico, por ejemplo, todo el que quería estar en la pomada leía a Francisco Umbral, y había exégetas de las opiniones del malhumorado maestro por todas partes. Hoy en día la obra de Umbral es difícilmente legible, sumamente indigesta y, en cuanto a la valoración de la mujer, terriblemente problemática. De manera que Umbral se ha convertido en pasto de estudiosos y degustadores de carne de momia literaria.

Antes, este proceso que se daba por sobreentendido y a nadie culto escandalizaba. Hoy, es todo lo contrario. Los que defienden la inmutabilidad de los permisos de entrada al Parnaso se escandalizan cuando alguien dice que alguna de sus vacas sagradas es un zurullo pinchado en un palo, en tanto que los defenestradores de antiguallas se sienten en la obligación de hacer bandera de su gusto literario y se ponen francamente pesados (o francamente paletos).

EL CASO DE KARL MAY

Karl May fue un escritor alemán nacido en 1842 y muerto apenas unos días antes de que zarpara el Titanic, en marzo de 1912.

Durante toda su vida fue un piernas, siempre con un pie en la criminalidad y hubiera estado destinado a ser apenas un puntito de ese inmenso tapiz que es la Historia si de su pluma no hubieran salido dos personajes (entre otros). El indio Winnetou y el “payo” Old Shatterhand.

Las aventuras de Winnetou hicieron las delicias de todos los jóvenes de la Belle Epoque (era una literatura de entretenimiento, tiros, buenos y malos). La sofisticación y la calidad literaria eran la que podía esperarse y, al no haber visto Karl May ni el forro de América del Norte, pues eran una acumulación de clichés, aptos para lectores de formación media baja (entre ellos, por ejemplo, Adolf Hitler).

En su época, Karl May se forró y, pasado el tiempo, después de la segunda guerra mundial, sus libros volvieron a experimentar nuevo auge. Los comunistas de la exyugoslavia y los capitalistas de una oscura productora alemana, encontraron en ellos material sin implicaciones políticas (o eso creían ellos).

Para hacer de indio, contrataron a un galán francés (Pierre Brice) y para hacer del “payo” americano a Lex Barker, el primer marido de Tita Cervera.

Las estepas yugoslavas hicieron las veces de las estepas de Arizona y los chavales que nacieron a partir de 1960 se convirtieron en “fanes” y “fanas” de Winnetou y de ese monumento a la amistad interracial que era su vínculo con Old Shatterhand.

Incluso hubo frases que pasaron al acervo común y que puede usted soltar de broma delante de personas de una cierta edad si usted quiere tener un momento cómplice con ellas.

Aquello de “Los indios no saben lo que es el miedo” (Indianner kennen keinen Schmertz).

Estos días, sin embargo, se ha sabido que Karl May va camino de quedar arrumbado en el armario de los trastos viejos de la literatura. La pluscuamperfecta y superseria editorial Ravensburger, ha decidido retirar de su catálogo varios de los libros de Karl May, por racistas, por sexistas y por vejestorios, básicamente.

Ha sido un misil dirigido a la línea de flotación de la nostalgia de muchos, que no entienden qué tienen de malo los libros de marras y piensan que las aventuras de Winnetou son una víctima más de la corrección política.

La ARD, que es una de las teles grandes alemanas y que es la que tiene los derechos de emisión de las películas, ha anunciado también que condenará al bueno de Pierre Brice y sus aventuras al rincón más oscuro de su videoteca.

La tele pública austriaca es más prudente: si tuvieran los derechos de emisión de las pelis de Winnetou las emitirían, pero como no los tienen, no hay lugar para preguntas.

La pregunta es la de siempre: ¿Hasta qué punto el entretenimiento, incluso cuando tiene tan pocas pretensiones como los libros de Karl May, es inofensivo? ¿Hasta qué punto estamos en condiciones de poder juzgar los productos de una época distinta de la nuestra -lo cual nos pone en la incómoda posición de saber que, algún día, seremos nosotros los juzgados, utilizando unas reglas que no sabemos si nos serán favorables o no-?

Cada época y cada persona, tiene su respuesta.

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