Y mientras tanto, en Moscú…

Sentado en un café vienés se puede abrir una ventana a lo que está pasando en estos momentos a mil kilómetros, en Moscú.

19 de Septiembre.- Desde que empezó la guerra de Ucrania, con la invasión rusa, se ha hablado mucho (lógicamente) de las penas de los ucranianos pero, aplastada por el peso de la propaganda del Kremlin, esa sinfonía de masculinidad tóxica, llena de supuestos nazis y símbolos fálicos, la opinión de los rusos decentes ha quedado completamente oculta.

El viernes pasado quedé con mi amiga Yelena -nombre supuesto, naturalmente-. Los dos nos sentamos en un medio café medio bar del centro de Viena, a tomarnos algo y a contarnos nuestras vidas.

Yelena es rusa y, cosas de la vida, estuvimos a punto de irnos de vacaciones los dos a Moscú antes de la pandemia -aviso aquí de que ir a Moscú es uno de los sueños de mi vida, que no sé si cumpliré alguna vez-. Yelena y yo nos conocimos porque estuvimos trabajando en la misma empresa, hombro con hombro, durante un año y, como en dicha compañía, se sufría lo suyo, se forjó entre nosotros el tipo de vínculo de los que se ríen por no llorar.

Sentados mesa con mesa, Yelena y yo descubrimos que los rusos y los españoles tenemos más cosas en común de lo que podría parecer a primera vista y fue ella la que me abrió la puerta a una de las amistades literarias más hermosas de mi vida, cuando me recomendó que leyera El Maestro y Margarita, de Mihail Bulgakov. A ti te envidio, querido lector, si aún no lo has disfrutado.

Tiempo después, cuando estuve en Kiev, pasé a la casa museo de Bulgakov, la cual me encontré por pura casualidad, por cierto, y la bruja que nos atendió -como salida de una de las novelas del autor kievita- debió de quedarse patidifusa cuando notó mi emoción al ver los humildes enseres allí expuestos -Bulgákov era médico y allí tuvo su consulta.

VIVIR DENTRO DE UNA CAMPANA DE CRISTAL

Pero volviendo a nuestro tema, cuando quedé el viernes con Yelena, le pregunté cómo llevaba el asunto y, sobre todo, cómo era el ambiente dentro de Rusia -porque ella sigue teniendo amigos allí y habland con ellos con frecuencia.

En cuanto a la primera cuestión, ante sendos cócteles sin alcohol, Yelena me dijo que en Rusia todo el mundo hace como si no pasara nada, pero sabiendo, como es lógico, que pasa de todo. También me explicó que las sanciones, contra los pronósticos iniciales, se están notando solo relativamente. La economía ha bajado de ritmo, y la oferta de productos se ha reducido en variedad pero no necesariamente en cantidad. El bloqueo se nota en cosas como en que empiezan a faltar lentamente determinados insumos de la industria. Por ejemplo, la tinta para imprimir las fotos de los tetrabricks, que están blancos en los lineales.

Después, me explicó que, sobre todo entre los jóvenes, existe la sensación de que se ha cerrado tras de ellos la puerta de la libertad. Que la gente no se atreve a ser ella misma, ni a explicar sus opiniones, y que, como sucede en las dictaduras, hay un ambiente de paranoia. Que los que quisieron haberse ido de Rusia al ver cómo se cerraba la trampa sobre ellos, ahora se arrepienten y que Moscú, que no hace mucho era la capital de la experimentación en las artes, especialmente en el teatro, con figuras como Kiril Serebrennikov, se ha convertido en un lugar torvo, en donde se habla de “los valores tradicionales rusos” y de “la familia tradicional” y de zarandajas semejantes.

Yelena me contaba que ha perdido una parte de sus amigos, succionados por la propaganda emitida machaconamente por unos medios cautivos del Kremlin. Medios que han enseñado a los rusos a temer a los extranjeros y a creer en amenazas fantasma y en teorías conspiratorias.

Los dos hablamos de lo cutres, lo casposas, lo desesperantemente estúpidas que son las informaciones de Russia Today y otras maneras del Gobierno ruso de asfixiar la inteligencia y sembrar el mal.

Yelena también me explicó que echa mucho de menos poder ir a Moscú y recorrer aquellas inmensas avenidas y que se arrepiente de no haber aprovechado mientras pudo las preciosas oportunidades (sobre todo culturales) que la ciudad ofrecía, antes de que el fascismo putinesco y su carga de mediocridad la invadiesen.

Dentro de Rusia, me explicó, se piensa que, cuando Putin desaparezca (desaparición que todos los rusos dan por supuesta), quizá el inmenso país euroasiático se fragmente y no se consiga mantener una cohesión que es cada vez más difícil de mantener.

Como siempre, las víctimas de la gerontocracia del Kremlin son los jóvenes, a los que el tirano les está robando el futuro.

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