El invierno de nuestro descontento

La noticia, hoy, es que, a pesar de la machacona insistencia, no todo iba según los planes ¿Cómo se ve desde Austria esta nueva evolución? ¿Qué va a pasar ahora?

21 de Septiembre.- La noticia del día es que, a pesar de la machacona insistencia, las cosas en Ucrania no están sucediendo conforme al plan de Vladímir Putin.

Para nosotros eso no es nuevo, naturalmente.

Aunque no será demasiado fácil saber el plan original del estado mayor ruso, lo que puede colegirse es que se pretendía una guerra relámpago (a ello apunta incluso el famoso nombre de “operación especial”) que durase una semana. La rápida reacción de las democracias en los primeros momentos de la guerra, hicieron que el objetivo primero del Kremlin se volviera imposible y la guerra de Ucrania se transformase en un conflicto de desgaste en el que el ejército ucraniano -la parte presuntamente débil- ha conseguido recuperar muchísimo terreno.

Ante esta realidad incontestable, la Federación Rusa ha iniciado dos movimientos con un mismo objetivo: en primer lugar, el anuncio, mediante los gobiernos títere de las regiones conquistadas a Ucrania, de sendos pseudoreferendums, con los que se pretende apuntalar la legitimidad de una anexión y convertir los territorios ucranianos en territorio ruso, lo cual justificaría una guerra (que sería, de hecho, la tercera guerra mundial) en el caso de que las tropas ucranianas intentaran recuperar el terreno en manos de los rusos.

En segundo lugar, con la movilización, de momento parcial, el Kremlin intenta, por un lado, enviar tropas frescas al conflicto y por otro lado, y mucho más importante, atar a las que ya tiene.

Hasta el momento, al no ser lo que sucede en Ucrania una guerra, sino una “operación especial”, si un señor decidía que dejaba el fusil y se piraba a su casa de Nivni Novgorod, con la ley en la mano lo único que se le podía hacer era despedirle, como a cualquier soldado profesional. En una guerra, pirarse a Nivni Novgorod significa desertar y, por lo tanto, que te apliquen la jurisdicción militar.

QUÉ PUEDE PASAR AHORA

Visto desde Austria, el asunto tiene dos vertientes fundamentales: una buena y una mala. Empezamos por la mala: hay que pensar en Putin como en un maltratador. Por ejemplo, Prikopil, el que fue carcelero de Natascha Kampusch. En el mundo gravemente distorsionado del maltratador, la víctima “le obliga” a hacer determinadas cosas (en la mente del maltratador solo existe la mente del premio y del castigo). En esa clave hay que leer la alocución, de apenas un minuto, por la que Vladímir Putin se ha dirigido a la nación. Él no quiere -al fin y al cabo, la guerra de Ucrania tiene mucho de guerra civil- pero los ucranianos “descarriados” le obligan. Incluso, a destruir al objeto teóricamente “amado”.

Por otro lado, el maltratador es una persona con una autoestima frágil. Por eso, porque su inseguridad, por el miedo a que se rían de él, desarrolla un ansia desmedida de poder y de control (lo que en términos técnicos se llama hipercompensación y en términos vulgares “dime de qué presumes y te diré de qué careces”).

El maltratador necesita sentirse seguro y empieza a volverse peligroso cuando siente que esa posición seguridad está amenazada.

Como en este caso.

A partir de ahí, nos adentramos en el terreno de lo imprevisible. De lo peligrosamente imprevisible.

Basándonos en casos anteriores (Hitler, por ejemplo) es probable que, llegado el caso, Vladímir Putin vea la derrota en Ucrania como una traición de su propio pueblo (la Volk), una unidad que “no está madura” para vencer y prevalecer sobre el resto de los pueblos teóricamente “inferiores” o “poco viriles”. Si eso es así, es probable que vuelva su venganza, como hizo Hitler en los últimos momentos, sobre su propio pueblo.

Esta reacción del maltratador sería, bajo mi punto de vista, la que tendría más posibilidades de suceder si el maltratador/Putin se sintiera traicionado, por ejemplo, a causa de una revuelta palaciega o un intento de golpe de Estado en la cúpula de poder de la Federación Rusa.

Otra posibilidad, y con ella ha amagado hoy Vladímir Putin, es que sienta la derrota (o la puesta en peligro de esa posición de poder sin la cual su prestigio de macho está en entredicho) como una traición de las democracias al pueblo ruso. En ese caso, su venganza se volverá hacia esas democracias. Esto sucederá, eso sí, dependiendo de si consigue mantener el respaldo de los grupos de poder que le sostienen.

El entorno de Vladímir Putin es sumamente vidrioso y es difícil penetrar entre las capas de propaganda, pero no está claro que esto esté siendo así. De hecho, hay algunas voces, relacionadas sobre todo con el ala más nacionalista y radical del Gobierno, que le acusan de estar siendo “demasiado blando” y que quizá querrían un líder más duro, quizá un giro militar.

Ninguna de las dos cosas sería buena ni para los ucranianos en primer lugar, ni para los europeos en segundo.

Rusia es un gigante económico con pies de barro, pero tiene un arsenal nuclear heredado de la Unión Soviética que aún puede caer en malas manos. En peores manos aún, me refiero.

Por último, como ha resaltado hoy el ministro de exteriores austriaco, la movilización parcial (y las que vendrán) son un clarísimo indicio de que Putin está nervioso y de que se ve en una posición de debilidad.

Schallenberg, que hoy está en Nueva York, en la asamblea general de la ONU, ha dicho lo que todos sabemos, que las acusaciones de Vladímir Putin a occidente son absurdas, que no hay neonazis en Ucrania -o no más que en otros sitios- y que la actuación de las democracias occidentales ha sido provocada por el propio Putin, que ha roto un statu quo que a él le beneficiaba.

El problema no es ese: el problema es que, por lo que parece, el propio Vladímir Putin que, al principio, debía de saber perfectamente que todas esas acusaciones son falsas, ha perdido el sentido de la realidad y, como Hitler en su momento, ha empezado a creerse la delirante propaganda que alimenta su máquina de guerra.

Naturalmente, en todo esto hay una incógnita. Una incógnita que, después de llevar meses leyendo libros de historia reciente de Rusia, para tratar de hacerme una idea y trasladarla a estas páginas electrónicas, yo no soy todavía capaz de despejar. Y esa incógnita es qué va a hacer el pueblo ruso.

De momento, se esperan olas masivas de deserciones, de personas que no van a querer ir voluntariamente al matadero de Ucrania. Es poco probable una revuelta masiva. Y no sabemos qué pasará en lo que todo el mundo llama ya, citando a Shakespeare, “el invierno de nuestro descontento” (the winter of our discontent).

Sea lo que sea que pase, el conflicto, hoy, es más peligroso y más amplio de lo que era ayer y nos estamos adentrando en una etapa nueva.

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