El ciclo de la vida

Alguien dijo que la muerte debía ser vienesa. Los austriacos están muy interesados en el último descanso. Hoy se ha presentado una nueva posibilidad, más ecológica.

21 de Octubre.- la mayoría de las personas humanas españolas de mi generación conocemos la vida de Mozart a través de la “pinícula” biográfica que hizo Milos Forman, Amadeus, que estaba basada a su vez en una obra de teatro de Peter Schaeffer.

A estas alturas, no es destripar nada del argumento decir que, al final, el pobre Amadeus, que era un pelín manirroto, se veía condenado a exprimir su talento y a escribir por encargo hasta el punto de que moría de agotamiento mientras escribía el requiem (el cual terminó, como yo conté un día aquí, su buen discípulo Süsmayr). Para reforzar esta idea de que Wolferl era más pobre que un roedor, se veía cómo echaban su cadáver a una fosa común (en el cementerio de Sankt Marx, que aún existe, por cierto).

Pues bien, a Mozart lo enterraron en una fosa común porque, en época del segundo emperador Pepe, al objeto de hacerlo todo más racional, se pusieron de moda los ataúdes reciclables (yo he visto uno en un museo). El mecanismo era sencillo. A primera vista, el féretro era como todos los demás. Se llevaba al difunto al camposanto y, cuando se despedía el duelo, el enterrador accionaba una palanca, el suelo del ataud se abría y el fallecido era puesto en una sala compartida a la espera de que se dé el aviso de la resurrección de la carne.

En cuanto se descuidó el emperador pepe dos el sistema cayó en desuso por una sencilla razón: era el mismo para ricos que para pobres. Y eso, a los ricos, les fastidiaba. Porque, entonces como hoy, la despedida de este valle de fábricas de tristeza se considera el último acto social de la persona. Los ricos querían despedirse con pompa y circunstancia, no fueran a confundirles, y el racional sistema del siglo de las luces no permitía diferenciarse.

Dentro de unas líneas, verá el lector por dónde voy.

HOY EN EL CEMENTERIO CENTRAL

En estos tiempos en los que, por fin, nos estamos dando cuenta de las perrerías que le estamos haciendo al planeta, los más avanzados han caído en la cuenta de lo contaminante que resulta irse de este mundo y ser sepultado de la manera tradicional o incinerado. Todos los años se producen toneladas de residuos en forma de productos sintéticos (tejidos, por ejemplo), metales y otras cosas.

Se han propuesto algunas soluciones, como por ejemplo hacer los ataúdes de cartón, pero hoy se ha presentado en Viena una novedad: los entierros biológicos, en unos ataúdes “vivientes” y biodegradables. Para ellos, se ha abierto una zona de enterramiento en el Cementerio Central de Viena.

En el caso de no querer ser incinerado -proceso que es muy contaminante, por no hablar de que es muy intensivo en energía- puede echarse a dormir la última siesta en un lecho de hongos, líquenes o lino. En esta nueva superficie del cementerio central hay, de momento, cuarenta y cinco sepulturas pero sitio hay de sobra para más, ya que el municipio de Viena ha dispuesto cuatromil metros cuadrados para este fin (y nunca mejor dicho lo del fin).

En cada sepultura hay espacio para dos ataúdes biológicos o para cuatro urnas biológicas que era lo que se permitía hasta ahora.

El entierro es exactamente como los tradicionales y los deudos se pueden despedir del finado con su correspondiente ceremonia.

Lo que no hay en esta nueva parte del cementerio central son lápidas. En su lugar, a la entrada están puestos los nombres de las personas que allí reposan y unas cajas en las que se pueden dejar notas escritas con pensamientos o recuerdos referentes a la persona fallecida.

En principio, todo va a tener el aspecto de un jardín y no habrá cemento nada más que en los carteles identificativos.

Cada año un 4,5% de los fallecidos es sepultado de forma biológica (hasta ahora en urnas) y cada vez hay más personas que demandan este servicio.

El féretro está hecho de un material biológico que se modela hasta tener la forma de un ataud normal. Cuando alcanza esa forma, se pone “en pausa”, descanso que se rompe en el caso de poner el ataud en la tierra expuesto (lógicamente) a la humedad. El material rodea al cuerpo y evita que las sustancias perjudiciales del cadáver se filtren.

Al final, como David el Gnomo, las personas quedan convertidas en plantas y en árboles y se integran en el ciclo de la vida.

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