No te preocupes, llevo un libro

El artículo de hoy no van a entenderlo todos los lectores, pero si mañana vienen al Instituto Cervantes de Viena, igual lo comprenden un poquito más.

24 de Noviembre.- En el verano de 1980 se celebraron los juegos olímpicos de Moscú. Uno de mis primeros recuerdos es la sintonía de la serie de dibujos animados que televisión española puso por aquella época, y cuyo protagonista era el osito Misha (Miguelito).

En aquel verano, también aprendí a leer.

Me enseñó mi madre.

Yo digo siempre que fue con el Pronto, y que por eso he salido así de dicharachero, pero mi madre no hubiera cometido semejante temeridad.

Mientras, de fondo, alguien cantaba que de un país lejano llegó una carta para mí, en aquel cuarto de estar que recuerdo todavía hasta el mínimo detalle, y mientras, por la ventana, entraban los ruidos domésticos del cacharreo de las vecinas, mi madre me enseñaba a descifrar “ma me mi mo mú” en una cartilla como Dios manda. Sílabas que formaban luego mi “mi mamá me ama” y más tarde “mi mamá me mima”. Y después, acompañadas de otras, el infinito.

A partir de ahí, las letras se extendieron por mi vida y ya nada fue igual.

Pronto descubrí que leyendo nunca se está solo, que la lectura consuela de los sinsabores de la vida, llena los vacíos de la monotonía y proporciona el mayor patrimonio que un hombre puede tener: un archivo de arquetipos construido a partir de las experiencias de otros, un inmenso manual de instrucciones de la especie humana.

No todo fue bueno, sin embargo, porque el niño que fui descubrió, primero con la intuición y después con cierta amargura que, cuantos más libros acumulaba en la lista de los que había leido, se agrandaba más el foso que le separaba de muchos de sus contemporáneos. Un foso que, en su caso, estaba hecho de perplejidad.

Para mí era impensable, sencillamente inimaginable, que ninguna persona en sus cabales pudiera renunciar a las voces que a mí me hablaban desde los libros, con las que yo mantenía diálogos que eran para mí más importantes que dormir o que comer.

Voces de personas vivas o muertas, de una realidad incontestable, pero también ficticias (reales de otra manera) pero en todo caso personas a las que un niño pobre, nacido en una familia obrera de una ciudad del extrarradio de Madrid, no tenía, a priori, ninguna posibilidad de conocer en persona.

Más tarde, comprendí que una persona que ha leído lo mismo que tú o que tiene la misma relación con los libros que tú tienes, es un compañero de viaje ideal, al que no le tienes que explicar las cosas.

Una persona que te entenderá si, cuando te manda un whatsapp diciendo que llega tarde, tú le respondes “no te preocupes, llevo un libro”.

Una persona que te comprenderá si le dices: “anoche estaba leyendo este libro tan interesante y sabía que tenía que madrugar, pero me dije !Qué coño! Ya dormiré cuando esté muerto”.

Una persona que respetará tu silencio, cuando te vea tirado de cualquier manera, boca abajo, en una cama de hotel, leyendo sin darte cuenta de que todavía llevas el zapato derecho colgando del pie, que se alegrará por ti cuando te escuche reirte a carcajadas con un libro en la mano, que no te saludará cuando te vea leyendo por la calle, incapaz de renunciar a saber qué pasa en la página siguiente. Y que, por lo mismo, se ahorrará vaticinarte una desgracia el día en el que se te acabe la suerte y un conductor todavía más despistado que tú se te lleve por delante.

un hombre leyendo

El niño de barrio obrero que yo fui ya peina canas y es un señor de mediana edad.

Tiene más experiencia y la vida le ha hecho algunos regalos muy especiales.

Ha leído este fin de semana una novela fantástica y, gracias al Instituto Cervantes de Viena, y a la Feria del Libro de Viena y gracias a un reguero de libros que conduce a aquel primer “ma me mi mo mu”, ha estado sentado hoy con su autora y va a tener la inmensa suerte de preguntarle mañana lo que quiera a propósito de ese libro y de otros.

El niño de barrio obrero que fui, y que aún soy de alguna manera, no puede creerse la suerte que ha tenido hoy. Y la que va a tener de aquí al sábado.

El programa del Instituto Cervantes de Viena con todas las actividades de la Buchwien, está en este link

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