
Rumanía no ajunta a Austria. El cabreo del Gobierno de Bucarest es mayúsculo ¿Justificadamente? Vamos a verlo.
9 de Diciembre.- Según todos los indicios, el Gobierno austriaco se ha dado en las últimas horas un tiro en el pie.
Como suele suceder, intentando arreglar un problema, se ha creado otro.
Veamos.
Ayer, festivo en Austria y en muchos países católicos de Europa, se votaba en Bruselas la entrada en el espacio Schengen de dos países (de la Europa pobre, añado): Bulgaria y Rumanía.
Este tipo de decisiones que, además, afectan a la columna vertebral de los valores europeos (libre circulación de personas y de mercancías) se toman por unanimidad. Esto quiere decir que, con que haya un país que ejerza su derecho a veto, la decisión no entra en vigor.
En este caso, el Gobierno austriaco y el Gobierno de los países bajos, vetaron que Rumanía y Bulgaria entrasen en el espacio Schengen.
Con ese veto, se perdían, para los aspirantes, años de trabajo diplomático y, sobre todo, psicológicamente, se perdía la sensación de ser miembros de pleno derecho del club europeo, justo en este momento, con la guerra de Ucrania, en que Rusia no deja de mover en la Europa pobre sus redes de desinformación, tratando desesperadamente de traer a su órbita a los antiguos países que formaban la órbita de la URSS.
¿Cuáles son las razones de este veto?
Las oficiales son que Austria tiene en su frontera este un gran problema con los refugiados. Este año ya se han batido las marcas de solicitudes de asilo de 2015. En muchos lugares de Burgenland, las capacidades están desbordadas o a punto de estarlo y el erario público austriaco sufre, naturalmente, con esta carga.
El Gobierno austriaco se queja de no recibir de la Unión (particularmente de otros socios, como Hungría) una ayuda que considera necesaria.
Las razones que no se dicen son de política interior. El Partido Popular austriaco tiembla en estos momentos ante el fantasma de la extrema derecha. Un fantasma mucho más sólido de lo que suelen ser los espíritus.
Se considera (o alguien considera) que es necesario mostrar eso que se llama “mano dura”.
Lo malo es que las reacciones no se han hecho esperar y las olas que ha levantado la decisión austriaca han sido más fuertes de lo que el ejecutivo de Viena se había planteado.
El Gobierno de Bucarest, herido en su amor propio, ha llamado a consultas al embajador austriaco y ha retirado de Viena al jefe de su legación diplomática.
Se ha llamado al boicot de empresas y bancos austriacos en Rumanía (no es ninguna bagatela, por cierto, porque Austria es el segundo inversor extranjero más potente), y también se pretende hacer pagar a los turistas austriacos.
El Ministro de Asuntos Exteriores austriaco (y ex canciller) dice que lo que el Austria ha querido señalizar es que es necesario abrir un proceso de diálogo sobre la cuestión de la inmigración y del reparto de refugiados en Europa.
La parte Verde de la coalición, como resultaba previsible y es hasta cierto punto lógico, se ha distanciado de la decisión y el Presidente Van der Bellen, que está en Eslovenia de visita oficial, ha declarado que él está de acuerdo con que existe un problema en la frontera austriaca pero que la conexión con la entrada de Bulgaria y de Rumanía en el espacio Schengen él, por lo menos, no la termina de ver.
O sea, que en estos momentos, jugar con la solidaridad europea es jugar con fuego.
Según parece, el Gobierno de Viena ha estado torpe en esta cuestión. Parece ser que hay varios documentos sobre inmigración en marcha y que habría bastado esperar un poquito.
Los políticos “normales” rumanos se quejan de que la decisión de Austria va a fortalecer a la extrema derecha rumana.
Exactamente lo que Putin quiere.

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