Puesto de pizza y kebap en Viena

El dueño del Peppino

Puesto de pizza y kebap en Viena

El dueño del Peppino está decidido a implantar en su local una drástica restricción. Las leyes, sin embargo, se lo van a poner difícil.

5 de Enero.- Una de las consecuencias funestas que han tenido las redes sociales es que, antiguamente, a las personas que no tenían dos dedos de frente solo las sufrían sus familias.

Dado que esta limitación intelectual suele ser producto del entorno o tener una base genética, las personas imbéciles, por lo general, vivían felices, al estar casi siempre rodeados de sus pares, mientras que los que no lo eran tenían también más oportunidades de hacerse la ilusión de vivir en un mundo libre de tontos. Si una persona normal no tenía contacto con una persona sin dos dedos de frente, no había conflicto.

Sin embargo, desde que se popularizó, primero, el libro de las caras y luego todas las demás, los tontos no cesan de fustigarnos con sus ocurrencias. No es extraño. Las redes sociales se basan en la opinión (por lo demás errónea, como es fácilmente demostrable) de que todo el mundo tiene que tener algo que decir sobre cualquier cosa y de que todas las opiniones, por idiotas que sean, merecen el mismo respeto. Sobre estos cimientos, se ha creado un ecosistema ideal para que los cenutrios nos aflijan.

Hoy, un ejemplo.

En Carintia existe un restaurante italiano, el Restaurant Peppino.

El propietario se llama Stefan Lercher y ha cobrado cierta popularidad con el sobrenombre de Wut Wirt o “tabernero iracundo”. Di que el pasado diciembre (ya se sabe que alcohol y tontería están estrechamente unidos) delante de unas copas de vino, decidió que, a partir del próximo 19 de enero, después de las vacaciones de navidad, su negocio sufriría una transformación. Reduciría el número de mesas (a ocho, para ser exactos) y vedaría la entrada de determinados clientes: concretamente los árabes, los ecologistas y los veganos.

-Pero Stefan, le debió decir alguien sensato cerca de él, eso no se puede hacer.

– ¿Que no? ¡Sujétame el cubata! -dijo el otro, sin duda con la voz algo pastosa debido a la ingesta y, tal cual, escribió un mensaje en las redes sociales del restaurante notificando, urbi et orbi, su decisión.

Desde que se anunció esta, nuestro amigo el tabernero sonado ha contestado a todo el que se lo haya querido preguntar que tan drástica medida, por lo menos en lo tocante a los clientes árabes, se debe a un trauma horroroso que, supuestamente, sufrió. Por lo visto, unos clientes de oriente medio entraron en su local con una criatura que llevaba muy sucios los zapatos de la calle. Una camarera del Peppino les conminó a que sacaran al crío y le limpiaran los zapatos, y se produjo un dantesco enfrentamiento después del cual, sin duda, la sufrida camarera ha precisado terapia psicológica (modo ironía off).

Resulta notable, por cierto, que todas estas personas, incapaces de aceptar que son unos racistas asquerosos, lo fían todo a un supuesto “trauma” a partir del cual se supone que tuvieron su caída de Damasco.

A Lercher le han recordado que existen ciertos principios jurídicos que prohíben la discriminación. A él le ha dado lo mismo. Está decidido a que en su casa se haga lo que él dice, que para eso él es el dueño del Peppino.

Parece sin embargo que Lercher podría encontrar pronto la horma de su zapato. Alexander Pollak, experto en derechos humanos y portavoz de SOS Mitmensch, ha denunciado al tabernero iracundo, ya que las leyes austriacas prohíben que se evite el acceso a cualquier servicio público por razón de etnia, procedencia, religión, o cosas similares.

Por supuesto, cualquier propietario de local tiene la potestad de evitar el acceso a su negocio a personas que se estén portando inadecuadamente o de expulsarles en el caso de que estén dentro y el mal comportamiento sea sobrevenido pero anunciar que no le va a poner pizzas “peppinescas” a personas de países árabes es una discriminación prohibida por las leyes y que, de producirse, conlleva una sanción administrativa.

 


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