
El sábado será un día muy importante para Charles Windsor, pero no irá a la fiesta ningún primo de Austria.
3 de Mayo.- Este sábado, será un día especial para el ciudadano británico Charles Windsor. Después de muchos años de espera, siempre con contratos eventuales de esto y de lo otro, le van a hacer fijo en el trabajo. La noticia le llega con un ascenso. De príncipe pasa a ser rey. Dos años lleva de interino y muchos más haciendo unas chapuzas que solo le daban para vivir con sus padres sin poder emanciparse ni nada. Ha sido un camino duro y ha tenido que tener mucha paciencia, porque su antecesora en el puesto pasaba por ser una señora con una salud de hierro y, lo que era peor, sin ninguna intención de saborear las mieles de la jubilación. Tan es así que se murió (la pobre) al pie del cañón y con las botas puestas.
Como el asunto merece celebrarse, Charles ha invitado a la fiesta a su familia, repartida por muchos países de Europa. Todos irán a acompañarle. Por la especial naturaleza de su trabajo, Charles no firmará un papel, sino que tendrá que pasar por un farragoso ritual que incluye el que un hombre con un traje largo le ponga un sombrero muy raro que pesa un quintal. Dicho sombrero se llama corona (más concretamente «la corona de San Eduardo») y es muy caro. Tan caro que solo hay unos pocos en todo el mundo, porque está hecho de oro y lleva muchas piedras brillantes y pulidas que, como son escasas, valen un dineral.
Dirán los lectores que ya son ganas de maltratar a las cervicales poniéndose un gorro semejante, pero es que esos son los sacrificios que alguna gente tiene que hacer para poder ganarse el pan. Así de malo está el trabajo hoy en día, que hay gente que hasta los setenta y tres no tiene uno fijo. Cachis en la mar.
Debido a liosos avatares familiares que sería interminable contar aquí, los primos de Charles vienen de muchas partes de Europa, sobre todo de Alemania, porque Charles, aunque se llama Windsor, desciende de una familia alemana. Más alemana que la chukrut, los Sachsen Coburg Gotha (o Sajonia Coburgo Gotha, en castellano).
PRIMOS DE TODAS PARTES MENOS DE AUSTRIA
Habrá sin embargo un país del que no vendrán primos de Charles: de Austria. Y será porque, a pesar de que en el First Dates de la monarquía siempre estaban organizando citas. Entre los Habsburgo y los Windsor nunca hubo química.
De hecho, una antepasada de Charles, la reina Victoria, se encontró por lo menos dos veces con una austriaca, la emperatriz Elisabeth (Sissi) y se cayeron, con perdón, como el culo.
La primera vez que se vieron, fue en el verano de 1873. La emperatriz Elisabeth era una apasionada amazona y quería montar en Inglaterra. Claro, ya que se dio el viaje, le diría su marido:
-Nena, si haces el viaje y no te pasas a ver a la señora Victoria, menuda “campaná”.
Ni la emperatriz Elisabeth quería ni la señora Victoria tampoco, pero hicieron de tripas corazón y se encontraron a tomar el “tía” a las cinco.
La reina Victoria era una señora mayor, poco amiga de los lujos (bueno, para ser reina, no era muy amante de ellos). Para aquellas alturas, estaba ya un poco teniente y también estaba bastante gorda. Vivía para honrar la memoria de su Albert, que había tenido el mal gusto de dejarla viuda en 1861 y para hacerle la vida imposible a sus hijos. Veía a Elisabeth (con razón) como una vaga que solo vivía para ella misma, o sea, para hacer deporte y lucir trapos. Además, como la emperatriz Elisabeth hablaba bajito, la reina Victoria no se enteraba de nada. O sea, que aquel primer encuentro (y esto, dentro del chiste, es rigurosamente histórico) transcurrió glacial.
(Por cierto: de toda la vida un «Prince Albert» es un piercing que algunos hombres llevan en lo que viene siendo…Vamos, «en la uretra»; cuenta la leyenda que el marido de la reina Victoria tenía uno de estos para ayudar a que le colgaran más los genitales y no marcar paquete con los pantalones estrechos; también se especula con que tuviera la llamada enfermedad de Peyronie, por la cual el pito se curva hacia arriba, y el piercing le servía de contrapeso; también pudiera ser que para darse gustito él -y a la reina- mientras fabricaban herederos a la corona inglesa. Ninguna de estas teorías, por cierto, ha sido comprobada).
“Por mí que no quede” debió de decir Elisabeth, y se volvió a encontrar con la reina Victoria tres años más tarde. Lo contó una sobrina de la austriaca, Maria Louise von Larisch-Wallersee -como se ve, no iba sin apellidos la muchacha-. La emperatriz austriaca compareció ante la reina Victoria con un modelito francés de la Rue de la Paix y un sombrerito coqueto, a juego. La reina Victoria, que estaba rellenita, iba vestida de ama de casa de la burguesía. Se trataron cortesmente, pero fuera de eso, ha trascendido que, en privado, Elisabeth se cachondeaba de la reina Victoria. Cosa que, aunque seas emperatriz, está fea. Las cosas, como son. Y claro, así no pudo haber nunca ni una amistad entre ellas ni posibilidad de emparentar. Las separaba, además, la religión. La reina Victoria y toda la familia Windsor, era anglicana (para colmo, la reina inglesa era la “papisa” de su religión, como sucede ahora con Charles). Elisabeth venía de la catoliquísima Baviera. Aunque esto no fue ningún impedimento para que una sobrina de la reina Victoria, también Victoria de nombre pero Eugenia también, se casase con el decimotercero de los Alfonsos españoles, motivo por el cual Felipe, rey de España y Charles, rey de Inglaterra, pueden llamarse “cousin” entre sí.


Deja una respuesta