¿Qué es ir a la escuela correctamente vestido?

La extrema derecha del ayuntamiento vienés quiere prohibir una prenda de las escuelas.

8 de Mayo.- Cada vez que voy a España, inconscientemente, tengo la misma impresión. Me bajo del avión, recojo mi maleta y, al salir de la zona segura del aeropuerto y enfrentarme a la multitud de personas ansiosas que esperan a sus seres queridos, siempre pienso:

-¿Qué hace todo el mundo en chándal?

La extrañeza dura unos segundos, hasta que mi cerebro, algo aletargado por las tres horas de avión, se da cuenta de que no está en Austria, en donde el chándal, como ahora veremos, es sinónimo para mucha gente de una serie de cosas. Una vez esta certeza se abre paso a través de mi conciencia, dejo de fijarme ya que en España el chándal es tan transversal como, por ejemplo, los tatuajes o los piercings.

UNA PRENDA CON HISTORIA

El chándal, o sea, el traje de hacer deporte, nació en Italia en la década de los veinte. Sus padres fueron dos hermanos, de apellido Michahelles, que quisieron crear una vestimenta que fuera cómoda, saludable, resistente y que pudiera llevarse en todas las situaciones de la vida. Por supuesto, el chándal fue (y sigue siendo) un “statement” ideológico. Los Michahelles quisieron crear una prenda proletaria que se opusiera a la encorsetada moda burguesa, con todos los códigos que esta lleva asociados y de los cuales hemos podido ver una muestra en la ceremonia de coronación del rey de Inglaterra. El chándal fue, por cierto, una prenda pionera de la moda unisex. Entre el que lleva David Beckham y su mujer Victoria (sobre todo cuando trabajaba de cantante) no hay diferencia.

La etimología de la palabra no deja de ser curiosa. Viene del francés “chandail” y esta de “Marchand d´ail” o sea “vendedor de ajos” por el jersey que llevaban los comercializadores del producto más conocido de Las Pedroñeras.

CHÁNDALES Y COLEGIOS

Cuando yo era un crío, el chándal era una prenda exclusiva de la clase de gimnasia. El resto del tiempo, llevábamos otras cosas. En el colegio, uniforme. En el instituto, vaqueros. Ir al colegio en chándal fuera de los jueves hubiera sido como ir en pijama.

En Austria, el chándal es la vestimenta de la clase baja y, llevado por la calle, es hábito casi exclusivo del lumpen. De la gente que habla alemán con acento. Los hijos de los refugiados de la antigua guerra yugoslava lo utilizan para ser reconocidos por sus pares. También los turcos y muchos sirios y afganos. A pesar de esto, no son chándales baratos, y no se sabe qué hubieran pensado los hermanos Michahelles si se hubieran enterado del precio de algunos. Algunas tribus urbanas gustan incluso de los chándales con gigantescos logotipos estampados por doquier.

En el imaginario del lector del Kronen Zeitung, un grupo de zagales en chándal es el símbolo de la peligrosidad. En ciertas personas -en muchas personas- el chándal fuera del ámbito doméstico denuncia al económicamente débil y, por lo tanto, excita la aporofobia.

Dicho todo lo anterior, no se sorprenderá el lector si le digo que la extrema derecha del ayuntamiento de Viena va a registrar una moción para que se prohíba el chándal en los colegios públicos de la ciudad (fuera, espero, de la práctica deportiva). Sus argumentos son que el colegio debe de ser un lugar de “cultura del esfuerzo” (como en el siglo XIX se asocia la ropa incómoda, la que constriñe y encorseta el cuerpo con una cierta actitud intelectual). No hay que ir muy lejos para darse cuenta también de que esa constricción del cuerpo es una metáfora también de la autoridad. Una especie de dictadura indirecta que obliga a los chavales y a las chavalas a mantenerse en una cierta posición, a que no se olviden nunca de quién manda en su vida.

La extrema derecha austriaca también argumenta que “la escuela debe ser una preparación para el entorno laboral del futuro”. En estos momentos, una de las cosas que están menos claras es cómo será el entorno laboral del futuro. La media de edad de la empresa en donde yo trabajo debe de ser de unos treinta y cinco o cuarenta años. Jubilada la generación de jefes antiguos, la rutina indumentaria se ha relajado irremediablemente (sin perjuicio, por supuesto, del rendimiento laboral). En general, y si no hay que ver a clientes, la vestimenta es cómoda. De la cabeza a los pies. Somos los que tenemos una edad los que seguimos manteniendo el pabellón de una ropa considerada formal. Aunque cada vez, tengo que decirlo, con menos convicción.

Así las cosas, en veinte años, es más que probable que en todas las oficinas de Austria los códigos sean otros y que lo que yo llevo hoy (unos vaqueros, una camisa, una americana y unos zapatos de la marca Birkenstock) signifique, si no ir endomingado, sí ir un poco “demasiado vestido”. Si nuestros abuelos de los años sesenta vieran una oficina actual probablemente tendrían la sensación de que vamos en chándal.

En realidad, la moción para prohibir el chándal en las escuelas vienesas es una sutil manera de perpetuar el estereotipo, tan caro a la extrema derecha y al Kronen Zeitung, del extranjero bestial, no del todo civilizado y que, en todo caso, no se adapta porque no le sale…del chándal.

 


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