
La momia conocida como Ötzi no deja de producir nuevos conocimientos sobre nuestros tatarabuelos de la edad de piedra.
17 de Agosto.- Una de las reliquias más conocidas del catolicismo es la llamada “sábana santa” o Sindone. Se trata de una tira de lienzo que representa a un hombre alto, fornido, con melena y barbas, que se tapa con la mano el pajarito de forma muy púdica. De frente y de espaldas. Los creyentes, piensan que se trata del sudario legítimo en el que estuvo envuelto el predicador judío al que nosotros llamamos Jesús. Con más probabilidad que menos (el Carbono 14, como el algodón, no engaña) se trata de una falsificación del siglo XV, un protonegativo fotográfico obtenido con una cámara oscura, con el que sus “descubridores” ganaron unos cuartos.
Una característica de la Sindone es que, a pesar de que se ha demostrado por todos los medios posibles que fue fabricada más de milenio y medio después de la muerte de Jesús, se ha montado a su alrededor una “ciencia”, la “sindonología” (no es broma) que trata de desentrañar sus misterios. Los sindonólogos celebran anualmente congresos y, equipados con una fe inextinguible y una imaginación no menos fogosa, en todas las ediciones encuentran algo nuevo. Que si la cara del César de los dos talentos que le pusieron al difunto en los ojos para que no los abriera, que si rastros de radiación emitida por el cuerpo, que si tal y que si cual.
Al ser el área de estudio de la sindonología tan restringida, pues algo tendrán que hacer, las criaturas.

En 1991, se encontró en el valle de Ötz, en Tirol del Sur, un cadáver momificado. Pronto se supo que Ötzi, como se le bautizó, no era un muerto moderno, sino que se había pasado varios miles de años amojamadito en su glaciar, después de que una noche fatídica un fulano mal encarado lo matase por la espalda a causa de quién sabe qué pleitos.
Desde entonces, Ötzi ha sido una mina de oro para los antropólogos forenses y para los prehistoriadores. No se ha llegado a fundar una ciencia, la “Ötzilogía” pero casi casi (en cualquier caso, sería una ciencia con más fundamento que las patrañas de la sindonología). Desde hace más de trés décadas se ha sabido que Ötzy llevaba tatuajes, en qué había consistido su última cena, que tenía los dientes hechos un asco y las arterias como si comiera en McDonald´s todos los días, las heridas a las que sucumbió y, por supuesto, gracias al análisis del ADN -fascinante área del conocimiento humano- jugosos pormenores a propósito de sus ancestros.
El último análisis competo del ADN del amojamado Ötzi fue en 2012 y hace poco, utilizando técnicas más modernas, se ha hecho otro. Se ha sabido ahora que la reconstrucción de cómo era Ötzi en vida que está en el museo que le está dedicado, y que lo presenta (with pardon) con el mismo aspecto que un indigente de los que sestean por Mariahilferstrasse, podría no corresponder con la realidad.
De acuerdo con su genoma, con bastante probabilidad, Ötzi fue más bien calvo. Como mucho, pelo en la coronilla, lo cual explicaría por qué en la momia no se han encontrado rastros de la magia de su melena. También que era menos blanquito de lo que se pensaba, ya que sus genes son más semejantes a los pastores procedentes de Anatolia que colonizaron Europa hace varios milenios que a los habitantes de las estepas de Europa del este. Antes, los científicos pensaban que el bronceado de Öty venía de haber estado sepultado en el hielo, pero parece ser que podría haberse tratado de su color de piel original.
De la observación a simple vista se sabe que Ötzi era más bien recortadito (1,60 de estatura, unos diez centímetros más alto que Dani de Vito, que mide 1,47) y que estaba “mazao” y fibroso, porque solo pesaba unos 50 kg.

Deja una respuesta