
Para la temporada 23/24 se ha puesto de moda regular la vestimenta de los estudiantes. No vaya a ser.
20 de Septiembre.- Para esta temporada 2023-2024 se llevan mucho los reglamentos sobre la vestimenta en las escuelas.
Parece como si a todo el mundo, de repente, le hubiera entrado una preocupación enorme por ver cómo van vestidos los adolescentes (especialmente “las adolescentas”) cuando van a aprender aquello de los catetos y de la hipotenusa. La última “víctima” de esta pasión ordenancista (pasión que, repito, afecta más a unas que a otros) ha sido una chiquilla que iba a una escuela católica de Carintia. De pago. La escuela, naturalmente.
El hecho es que el primer día después de las vacaciones la muchacha volvió a su casa con una nota en la que la dirección prescribía una serie de requisitos muy estrictos en lo tocante a la vestimenta. Quedaban prohibidos los pantalones de chándal (fuera de las horas de deporte), los pantalones cortos tipo “hotpants”, los leggins, las camisetas que dejen al descubierto el ombligo, lo mismo que los tops de tirantes (se supone que los tops palabra de honor tampoco están bien vistos en ese colegio). Para faldas y pantalones, lo más que se permite es que lleguen a un palmo por encima de la rodilla.
Por supuesto, en esta escuela han tomado la precaución de decir que estas reglas draconianas son válidas para chicos y chicas, y no como aquella que pretendía salvar a las alumnas de las garras de la furiosa sexualidad masculina y a ellos también, o sea, de su pasión irrefrenable por desflorar doncellas.
El caso: al llegar la muchacha de la que hablaba hace dos párrafos con la nota, la madre montó en cólera y en un grupo de guasap del colegio (¡Ay, esos grupos!) llamó a la rebelión diciendo -probablemente con razón- que semejante atentado contra la libertad indumentaria era “fascistoide”.
En el colegio no se tomaron demasiado bien el adjetivo, de manera que, con todo el dolor de sus muy cristianos corazones, rescindieron el contrato “por falta de confianza” y pusieron a la cría de patitas en la rúe, con lo cual ha tenido que buscarse otro colegio. Ya lo ha encontrado, por cierto.
Desde la dirección de la escuela lamentan, dándose golpes de pecho, que la cría haya tenido que pagar por la conducta de la madre (¡Qué hubiera sido de nosotros si, como en tiempos veterotestamentarios, Dios Padre hubiera decidido castigar a toda la Humanidad porque unos bestias sin cultura clavaron a su hijo a un madero!) pero enfatizan que nadie más se ha quejado y que para aprobar el reglamento se han seguido las normas. O sea, que distintas instancias de la comunidad educativa (toda ella muy santa, muy pura, muy casta y muy todo) se han reunido y han acordado cómo deben ir vestidas las personas jóvenes para no despertar ni entre sus miembros ni entre los adultos la llama voraz de la concupiscencia.
La semana pasada en el distrito de Korneuburg, otra escuela se sumó a esta moda que inauguró una de Salzburgo. En esta fueron menos sutiles que en el caso que nos ocupa. Los docentes mandaron a los chicos a casa con un dibujito en el que estaba representada la mitad una chica y la mitad un chico. Las prohibiciones para la chica eran que no enseñase el canalillo (sic) en tanto que a los chicos les impedían que llevasen gorra o que no llevasen camisetas con lemas discriminatorios o soeces. Por supuesto, de machismo nada.

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