
Llega la Oktoberfest famosa y llega con ella la ingesta. Los austriacos y el alcohol: la historia interminable.

25 de Septiembre.- Este no es el primer artículo que dedico a este tema y probablemente no será el último. Viene a cuento de la famosa Oktoberfest y de su sucursal vienesa.
Empezaré con lo que creo que es el sentimiento común que tenemos todos los españoles que hemos hablado alguna vez del tema: los austriacos beben mucho alcohol. No, mejor. LOS AUSTRIACOS BEBEN ALCOHOL EN CANTIDADES INDUSTRIALES, a mansalva, a cascoporro, a calzón quitao, sin conocimiento. Así, en general.
La última estadística es de 2019 y en ella se dice que, por cabeza, cada austriaco bebe casi doce litros de alcohol puro al año.
Considerando que yo no bebo apenas nada, eso significa que hay un tipo por ahí que se ha pimplado 24 litracos o más de alcohol el año pasado (o sea, los suyos y los míos). Con este dato, se comprenderá que los austriacos, o sea, las personas que viven aquí, estén entre los ciudadanos de este planeta que más alcohol beben.
Todos los que habitamos esta hermosa tierra y que, de alguna manera, hemos conseguido salir más o menos ilesos de esto, sabemos hasta qué punto es difícil despegarse de esta pegajosa manía nacional.
Llegas a una casa a, pongamos, las diez de la mañana, y te plantan tan alegremente un Martini con vodka (afortunadamente yo encontré una maceta, pobre planta), si te ofrecen vino y dices que no bebes, te preguntan si estás malo (es una excusa que yo he usado con frecuencia, la de poner cara de circunstancias y decir que tengo la tripa fatal), existe una tolerancia prácticamente total hacia el consumo de alcohol en los ámbitos más variados y, en la cultura popular, el alcohol es una especie de remedio universal. Si tienes una digestión pesada, aguardiente. Si tienes dolores, aguardiente. Si has tenido un día malo en el trabajo, vinito que te crió. Si has hecho bien tu trabajo, vinito también, que me lo he ganado.
Todos, pero todos, todos, todos, los que vivimos en Austria conocemos a gente que son alcohólicos pero que se escandalizarían si les llegasen siquiera a sugerir esa posibilidad (ese “yo bebo lo normal” o ese “los hombres bebemos, si no, no seríamos hombres” o ya, de perdidos, ese “de algo hay que morir” y eso con suerte, si se habla del tema, que no es siempre el caso). En la mayoría de los casos son personas a las que, como nadie ha visto totalmente sobrias, no se sabe que son alcohólicos. Muchos de ellos cumplen (aunque sea de aquella manera) con sus trabajos y, cada cierto tiempo, “repostan”. Eso, o se emborrachan todas las noches antes de irse a la cama “para dormir mejor” (o sea, para dormir la mona).

Cuando uno dice en cualquier reunión social con austriacos presentes que la dosis óptima de alcohol es cero.o sea, ninguna, que si el alcohol fuera erradicado de la faz de la tierra no pasaría absolutamente nada (al revés, todos ganaríamos mucho) le miran a uno como si fuera un marciano.
La Organización Mundial de la Salud cifra en 12 gramos de alcohol diarios lo que una mujer podría beber con relativa seguridad (el equivalente a una caña española) un hombre, según parece podría beber 24 gramos de alcohol (o sea, el doble). Esto no significa que estas dosis sean totalmente seguras. Cualquier ingesta de alcohol, por pequeña que sea, lleva aparejados riesgos. Máxime si se combina el alcohol y el tabaco. Aumentan exponencialmente las probabilidades de tener cáncer y problemas cardiovasculares (incluyendo afecciones cerebrovasculares).
Por supuesto, también aumentan las posibilidades de accidentes laborales o de tráfico.
Naturalmente, detrás del alcohol hay una industria que mueve muchísimo dinero. La misma industria que se opone con uñas y dientes a que no se ponga en las botellas de vino las advertencias que ya hay en las cajetillas de tabaco. O que se suba la edad legal para beber. En mi opinión es un escándalo que la chavalería a la que no le ha crecido todavía el vello púbico pueda beber vino y cerveza sin tasa “porque son bebidas suaves”. Supuestamente.
En Austria, la publicidad de alcohol es omnipresente y burla la legislación de manera indirecta e imaginativa. El otro día, por ejemplo, estaba yo en la cocina de mi casa y tenía la tele puesta, y estaban retransmitiendo la inauguración de la Oktoberfest de Munich (también tenemos una sucursal ahora en Viena, estos días). Era un no parar de gente pimplando. Me imaginaba yo si en vez de hablar constantemente de las cervezotas que se iba a beber toda aquella gente, fuera Andreas Gabalier y dijera:
-Hoy me voy a fumar tres cajetillas de cigarrillos, como un señor. Y que se mueran los feos.
O bien:
-Jaté, Hannelore, el purazo que te vas a fumar.
-Sí, Brunhilde, qué maravilla que tengamos esta tradición de fumarnos purazos hasta caernos redondas una vez al año.
Por último, para que se vea hasta qué punto tomamos como cotidiano lo que no debería serlo, me gustaría pedirles a las personas que me leen que hagan un experimento más general. Piensen en cualquier serie de Netflix que no sea Peppa Pig o pónganse a ver cualquier película al azar en la tele. Cuenten cuánto tiempo pasa desde los títulos de crédito hasta que sale la primera persona bebiendo alcohol. La gente ya no fuma en las películas, pero estamos tan acostumbrados a la bebida que ya no nos escandaliza.

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