Aprender a encender la luz

En este artículo se habla de tres cosas utilísimas para cualquier migrante. Sobre todo, la última.

24 de Noviembre.- En esta vida yo he aprendido tres cosas sin las que no puedo pasar: la primera, los idiomas. Especialmente el inglés, que fue el primero.

Lo que, en origen, fue una decisión dictada por un afán de cotilleo voraz (yo quería saber qué estaban diciendo las personas a las que no entendía) me hizo saber que había otros mundos más allá de mi pueblo y me permitió disfrutar de cosas que mis paisanos se perdían, y tener esa sensación que se experimenta un día de mucho calor cuando uno bebe directamente del chorro de una fuente de agua fresca.

La segunda cosa fue aprender a escribir a máquina sin mirar el teclado. Gracias a eso, puedo escribir prácticamente a la misma velocidad a la que pienso, lo cual, por ejemplo, me salvó la vida durante los tenebrosos tiempos de la pandemia.

Por último, pero no menos importante, el teatro. El otro día lo comentaba con una amiga: no hay día en que no aplique las enseñanzas de aquellos años en los que mi principal ocupación y la que más me apasionaba, era subirme a un escenario a “hacer de” personas que no eran yo.

Todo el mundo, absolutamente todo el mundo, debería hacer teatro durante su periodo de formación. No tiene más que ventajas. La principal de todas, aprender a desconfiar de la seriedad del mundo. Los cómicos (y quien lo fue una vez, lo es para siempre) aprendemos que todos somos lo que somos mientras la obra se está representando y que, cuando la función se acaba, nos vaciamos del papel y somos todos más o menos igual de importantes. La vida le ha dado a Elon Musk el papel de millonario psicópata, lo mismo que a mí, dependiendo de la obra que esté representando en cada momento, me ha repartido los de caballero de mediana edad que escribe artículos, oficinista que desarrolla un trabajo burocrático, tío que se complace en ser un poco estrafalario para divertir a su sobrina o emigrante que habla raro y que tiene que convencer al médico de la seguridad social de que le mire más a fondo porque le duele algo.

Es esta experiencia fehaciente de que todos somos lo que somos, pero solo en cada momento y dependiendo del contexto, lo que ha provocado siempre la desconfianza de los poderosos, a los que no les gusta que nadie les recuerde que, en el fondo, no somos nadie y el que interpreta a Agamenón podría ser mañana el que interprete a su porquero, porque todo en esta vida es movedizo y circunstancial.

Pasando a asuntos más prácticos, cuando uno hace teatro aprende a escuchar y a reaccionar a lo que ha escuchado. Parece una tontería, pero no lo es en ningún caso, sobre todo dada la cantidad de gente que no sabe hacerlo. Cuando uno esta en un escenario, depende de lo que el otro actor le está dando tanto como de sí mismo. Aprende que, si el público se aburre, hace ruidillos, inquieto y que si está concentrado en lo que pasa, un estornudo suena como un trueno.

Aprende a ponerse en ridículo y a sobrevivir sin mayores rasguños porque, como decía la gran Mary Carrillo, en un teatro, en el fondo, nunca pasa nada. Porque si hoy sale mal una representación, el recuerdo del traspiés se borra con la de mañana.

Aprende uno a utilizar la voz para producir reacciones en los otros. Para seducir, para hacer reír o, simplemente, para mentir disfrazando la mentira de la neutralidad de las cosas que se dicen sin darles mayor importancia.

Aprende uno a “encender la luz” a voluntad. Nada más útil. Es una cosa un poco difícil de explicar, pero que yo ilustraré con un ejemplo de la vida real.

Ayer por la tarde, en el Instituto Cervantes, estuve conversando con Elia Barceló, gran escritora con gran experiencia teatral. En un momento de la charla, alguien del público le hizo una pregunta y ella, para ilustrar su respuesta, se levantó de la silla, cogió un libro de los suyos, se acercó a la boca del escenario (espacio figurado que, en este caso, marcan unos focos) se plantó firmemente en el suelo y empezó a leer. En tres segundos, en aquel salón lleno de gente no se oía el vuelo de una mosca. Leyó página y media con voz experta y, al final, el público rompió a aplaudir, asombrado y contento.

Luego, Elia se volvió a sentar y, en perfecto control del espacio y de la situación, siguió conversando con la persona que le había hecho la pregunta.

Solo se aprende a hacer eso cuando uno se ha subido a un escenario. Y Elia Barceló lo ha hecho repetidamente.

Aunque a veces uno se sienta como el entrañable Victor Quintanar, el noble pero tronado marido de Ana Ozores, la Regenta, lo cierto es que lo mejor de la vida de uno, lo más puro, lo más noble, lo más inteligente, reside en aquellas tardes de ensayos y en aquellas representaciones en las que dar bien una réplica o proporcionarle a un compañero una buena réplica, valía la vida entera.


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