
Los austriacos están muy poco contentos con su democracia pero piensan que la democracia es el sistema menos malo de todos. Oye, algo es algo.

29 de Noviembre.- Todos los años, un instituto de investigaciones sociológicas (SORA, tristemente famoso por los problemas que tienen sus directivos para saber a quién le mandan los e-mails) hace una medición de cuán contentos están los austriacos con la democracia.
La encuesta, cuyos resultados se han publicado hoy, se desarrolló entre el 30 de septiembre y el 12 de octubre, mitad online y mitad mediante entrevistas telefónicas, y se preguntó a 2081 personas qué les parecía el funcionamiento del sistema político en Esta Pequeña República.
Los resultados resultan, como siempre, interesantes y llamativos, y demuestran que la risa va por barrios. Aunque mejor sería decir que la risa va por bancos. Pero no los de sentarse, sino de los otros, en donde se guarda el parné. Lógicamente, los que tienen más dinero en la cuenta están más contentos de cómo funcionan las cosas, en tanto que los más pobretes quisieran que las cosas funcionaran mejor.
En cualquier caso: de un año a esta parte -la encuesta se viene haciendo desde 2018- ha habido una ligera subida de la felicidad de la gente. Sin embargo, el sistema político en Austria sigue suspendiendo. En 2022 solamente un 34% del personal estaba feliz con el funcionamiento de las instituciones, en tanto que este año la alegría ha subido un poquitín y andamos por el 39%. Lejos del aprobado de todas maneras.
Como apuntábamos más arriba, según se baja por la escalera de la renta el contento baja. Solo hay un 29 % de personas pobres que estén contentos con el funcionamiento de la cosa pública, el porcentaje más bajo desde 2018, lo cual da una idea de que la gente llega a fin de mes peor que entonces. Hace cinco años era un 49% el porcentaje de los que se declaraban contentos.
Paradójicamente (o no) las personas de este tramo de renta son las que menos votan. En las últimas elecciones generales, NO votaron un 41 de los encuestados de este grupo, en tanto que entre los pudientes solo un 17% dejó de depositar su sufragio en la urna.

Los autores del estudio quisieron hacerse una idea de quiénes eran las personas que pertenecían a este tramo bajo de renta y encontraron que son aquellos trabajadores que se dedican a los cuidados de personas dependientes, la limpieza y la entrega de paquetes. Muchas de estas personas se encuentran en peligro de exclusión social por la pobreza.
Los más pobres son también los que menos representados se sienten en las instituciones. Solo un dieciséis por ciento de las personas en circunstancias más humildes se siente bien representado en el Parlamento (de ahí por ejemplo, la insistencia de la extrema derecha en recalcar que ellos representan “al hombre de la calle” pensando en hincarle el diente a este goloso caladero de votos).
La clase media se siente razonablemente bien representada (un 47%) en tanto que los ricos piensan que los políticos son majísimos. Un sesenta y uno por ciento de los que tienen el riñón bien cubierto se siente feliz con la labor de las instituciones.
Podría parecer un panorama desolador, pero lo cierto es que los austriacos rechazan totalmente una dictadura. Solo hay un 11% de personas que quisieran a un Putin al frente de las instituciones en los próximos cinco años (y ya son muchos, bitte sehr).

Un 21% de las personas estarían a favor de un Gobierno de técnicos (las “mejores cabezas”) que dirigiera los destinos de Esta Pequeña República dejándose de Parlamentos y de cosas. Un 52% estaría a favor de un modelo de democracia directa como en Suiza (aunque, piensa el que esto escribe, es poco probable que estuvieran a favor del tostón de votar todo el rato para cualquier minucia).
Un ochenta por ciento de los encuestados piensa que la democracia es la mejor forma de gobierno (o la menos mala, si se mira la encuesta con un poco de perspectiva).
Es un alivio.
Por cierto, hoy hace cincuenta años exactos de la despenalización del aborto en Austria. Toda una hazaña en un país que, entonces, era todavía monolíticamente católico.

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