Concha Velasco para austriacos

Acaba de morir Concha Velasco y su muerte es un testimonio, una vez más, de la distancia entre austriacos y españoles en según qué ocasiones.

2 de Diciembre.- Me llega por whatsapp la noticia de que ha muerto Concha Velasco. Hace muchos años que todo el mundo la llamaba, como a las más grandes, “la” Velasco. Inmediatamente, lo digo por casa. Se produce el mismo diálogo de tantas veces:

-Ay, qué pena.

-Qué pena por qué.

-!Que se ha muerto la Velasco!

-¿Quién?

-!Quién va a ser, Concha Velasco!

Y entonces uno se da cuenta de que también la distancia es eso, el tener que explicarle a alguien que no ha crecido con ella la importancia para nuestras vidas de Concha Velasco, una personalidad de fama benéfica y transversal, con sus luces (todas) y sus sombras (la mayoría concentradas al final).

Esto es lo que hubiera dicho si la persona que tenía que escucharlo hubiera tenido la paciencia necesaria para oírme.

Concha fue una persona con la que hemos crecido todos, que fue probablemente la artista más completa del siglo veinte español. Una persona con una capacidad de trabajo infrecuente y una autodisciplina y una responsabilidad que solo se adquieren cuando uno ha sido un auténtico esforzado del escenario desde la niñez. Porque Concha Velasco empezó a trabajar (como una burra, además) cuando era una niña pequeña. Más joven de lo que mi sobrina es ahora.

Es famosa la anécdota de que, cuando se murió su madre, Concha Velasco estaba haciendo un programa en directo en Televisión Española, Viva el Espectáculo, en donde cantaba, bailaba y hacía entrevistas. Ante su pérdida, le ofrecieron suspender y Concha Velasco se negó y, estupenda, guapísima, con aquellas piernas interminables que le quitaron el hipo a toda España, hizo el programa y luego se fue al velatorio y, al día siguiente, deshecha en lágrimas, al entierro.

La Velasco era guapa, era simpática, tenía desparpajo, pero muy pocas actrices hubieran podido hacer de Teresa de Jesús.

La otra tarde, precisamente, mientras Elia Barceló, en los pasillos del Cervantes, estaba sentada en el suelo firmando los últimos libros apoyada en una mesita, en una postura que me la recordaba, le decía yo a su hija, Nina, que recuperase aquella serie en la que la Velasco se ganó el artículo. Doña Concha no solo interpretaba a la santa de Ávila, es que fue ella.

Era una actriz sincera de la escuela, por ejemplo, de Carmen Maura, tan parecida a ella en tantos aspectos, en la que se daba un binomio perfecto de humanidad e inteligencia. Por eso, porque sabía que un papel arrollador como Santa Teresa puede ser el dulce tiro de gracia de la carrera de un actor, a los quince días de que España viera morir a Santa Teresa con una audiencia millonaria, se enfundó un maillot de lentejuelas y cantó “El águila de fuego” para recordarnos a todos que no estaba ella (solamente) para hábitos.

Concha Velasco también tuvo un ojo regular con los hombres y eso solo la hacía más humana. Durante mucho tiempo, despampanante ella, asimétrico él, fue la novia de Jose Luis Sáenz de Heredia, el director de «Raza». Le dejó por Juan Diego (que era muchísimo más guapete, dónde va a parar) y por las ideas de izquierda. Sáenz de Heredia, primo de Jose Antonio Primo de Rivera, se lo tomó regulinchis, las cosas como son, pero Concha demostró que se podía rezar sin beatería y, al mismo tiempo, apostar por la igualdad y la fraternidad y por el pan para todos.

En eso también nos dio una lección.

Fue una gran cantante no porque tuviera una voz melodiosa, sino porque tenía el talento de ser ella misma en todo lo que tocaba. Era auténtica al cien por cien y no hay nada que todos apreciemos más que la autenticidad en los que nos hablan, en los que nos cantan, en los que nos miran a través de una cámara de televisión.

Cuando yo trabajaba en la tele, corrían por los pasillos las historias de su falta de dinero crónica, de las malas noches y peores días que le daba Paco Marsó, que se portó con ella como un chulángano (ahora que están muertos los dos, se puede decir, ateniéndose a la realidad histórica).

Concha Velasco lo contó todo más tarde, incluso contó quién había sido el padre de su primer hijo, que ella quiso tener de soltera, aprovechando una liberalidad que reinaba en su profesión y que permitía (y permite aún) que muchas mujeres hagan lo que les sale de la peineta sin tener que dar más explicaciones. No fue la primera. Amparo Rivelles (entonces Amparito) también tuvo una hija porque quiso, y nunca jamás reveló el nombre del padre.

Si alguien de Viena hubiera tenido interés, le hubiera contado que Concha Velasco cantó la chica yeyé (que todos hemos coreado en la fase “cantos regionales” que tiene cualquier borrachera que se respete), que hizo “Yo me bajo en la próxima, ¿Y usted?”, que luego fue presentadora de televisión, mala de culebrón (Herederos), musa de Antonio Gala (durante años, con “Carmen,carmen” llenaba los teatros a reventar y le hacía la competencia a otra monstrua, Lina Morgan).

Si alguien de Austria me hubiera preguntado por qué tenemos la sensación de que hoy se ha muerto alguien de la familia, a lo mejor le hubiera podido enseñar algún capítulo de “Gran Hotel” en donde interpretó, si no recuerdo mal, a un ama de llaves. Los matices se perdían con el (puñetero) doblaje alemán.

Por todo y por tantas cosas que se quedan fuera de este artículo: muchas gracias, Concha.

 


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