
En estas fechas es bueno recordar una diferencia abismal entre los españoles y los austriacos (por una vez, a nuestro favor).
11 de Diciembre.- En estas fechas menudean las reuniones de amigos y conocidos. La navidad es la excusa perfecta para quedar y tomarse unas copitas. Uno no es ajeno a esta costumbre y, aprovechando que el Danubio pasa por Kloster Neuburg, me gustaría reflexionar a propósito de una diferencia que, aunque sutil, creo que nos separa a españoles y austriacos.
Esta reflexión me vino a causa de la muerte de Concha Velasco.
Desde el fallecimiento de la celebérima artista, he estado escuchando muchas entrevistas antiguas suyas (qué maravilla, ese archivo de la Humanidad en el que se ha convertido YouTube) y me he dado cuenta de que una de las claves del éxito de Concha Velasco, aparte, naturalmente, de que era una intérprete completísima y superlativa, es que tenía una gran base “social”. O sea: Concha Velasco era, por encima de todo, una persona con una simpatía proverbial a la que se le daba fenomenal manejar (en el buen sentido) a la gente.
Y este carisma venía, a mi juicio, de dos factores: en primer lugar, de una capacidad sobresaliente para leer rápidamente en las personas y en su estado de ánimo. Coinciden muchos amigos de la difunta en que era una superdotada a la hora de tender puentes emocionales con personas desconocidas o fuera de su círculo íntimo. Y la otra, y es a lo que voy, es que Concha Velasco era una insuperable contadora de anécdotas divertidísimas.
Las conversaciones entre españoles son mucho más ajetreadas que las conversaciones entre austriacos, lo hemos dicho muchas veces. Nos pisamos, nos interrumpimos, hablamos a la vez con otro que esté a nuestro lado, bifurcando así el río de la conversación. Esta manera de ser hace que, aunque sea de manera inconsciente, estemos todo el rato compitiendo por la atención de los otros. En este ecosistema ferozmente competitivo (competición benigna, pero competición) una de las mejores maneras de destacar es contar historias bien. Contar una anécdota como Dios manda es todo un arte en el que los españoles sobresalimos.
Oye, a cada cual, lo suyo.
En casos extremos, parece incluso que estamos viviendo pensando en cómo lo vamos a contar después.
Es un poco lo que me decía a mí una amiga una vez con la intención de ofenderme pero, en realidad, dedicándome el piropo que más podía gustarme:
-A ti, Paco, no es que te pasen cosas más divertidas que a los demás, es que las cuentas muy bien.
He aquí algunos de mis “truquis” personales.
Una buena anécdota, para estar bien contada, tiene que estar pulida, que no sobre ni falte nada. Tiene que estar concentrada. Tiene un planteamiento, un nudo y un desenlace. Hay que contarla con un tono de voz determinado, que no presagie la sorpresa final que toda buena anécdota necesita para mantener la tensión (y la atención del auditorio) hasta el final. Hay que contarla ante diferentes auditorios para ir calibrando cómo funciona cada efecto. Y, sobre todo, un buen ingrediente, casi diría que primordial, de una buena anécdota española es que tiene que ser la conversión de una pequeña desgracia en algo desternillante. Porque, en un retorcido juego de efectos, el buen contador de anécdotas se hace perdonar de alguna manera la atención que su público le dispensa presentándose como una persona muy desgraciadita.
Yo, lo admito sin vergüenza, soy un coleccionista acérrimo de anécdotas de famosos y, sobre todo, de historias contadas por famosos graciosos. Aquí algunos de mis famosos favoritos: aparte de Concha Velasco, otra persona que contaba las historias como si Dios hubiera bajado a la tierra a contar chascarrillos, era Maria Dolores Pradera. Es famosa la anécdota del taxista que siempre contaba la Pradera (hay muchas entrevistas en las que la cuenta). Otro que contaba historias para morirse de risa era Antonio Gala (la historia de por qué Antonio Gala no tuvo nunca el carné de conducir es tan maravillosa y él la contaba tan “antoniogalescamente” que merece pasar a una antología).
Las personas que me leen no pueden saberlo, como es obvio, pero en mi familia contamos las cosas que nos pasan divinamente. Nos morimos de risa los unos con los otros. La campeona mundial de contar historias para morirse de risa es mi abuela Alejandrina (algunas historias de estas las he contado yo en este espacio alguna vez, en relación sobre todo con mi abuelo que, como todo el mundo sabe, era vidente y Guardia Civil). Mi hermano es también graciosísimo. Para que mis lectores se hagan una idea, pongo un ejemplito: por razones de trabajo, mi hermano tuvo que viajar a Corea (la buena) y, al volver, me llamó por teléfono para explicarme lo que le había parecido aquel país lejano. Solo con escucharle contar sus aventuras con un wáter ultrasofisticado y electrónico, que te limpiaba los bajos con un chorrito de agua, a mí me entró tal ataque de risa que iba en un metro (Spittelau, U-4, no se me olvidará) y me tuve que bajar porque la gente ya me miraba de las carcajadas y los llantos. Y no sigo enumerando familiares, porque en mi familia tenemos mucha gracia.
(De nada).
Todo esta técnica sofisticada, perfeccionada en siglos de interrumpirnos los unos a los otros, está mucho más ausente de las reuniones austriacas. Aunque yo alguna vez he encontrado a gente (¡Pobres desubicados!) con gran habilidad para contar historias divertidas. Son un poco como los David Alaba de aquí. Aunque, como les pasa a los futbolistas de estas tierras, su carrera no acaba de cuajar.
Schade.

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