
El papa Francisco ha tomado hoy una decisión muy coherente con lo que viene siendo la línea de su pontificado. Para muchos, sin embargo, llega tarde.
Para Fredl y Pepperl, in memoriam
18 de Diciembre.- Cuando yo llegué a Austria, conocí a Fredl y a Pepperl. O sea, “Alfredito” y “Pepillo”. Ya han fallecido los dos.
Cuando yo les conocí, formaban un matrimonio que había durado más de cincuenta años. Vivían en un pequeño apartamento, un bajo, de un barrio trabajador. Una vez, me invitaron a cenar a su casa. Ahora maldigo mi mala suerte por no haber sabido más alemán entonces. Supe, en cualquier caso, que se habían conocido cuando Fredl había vuelto de la campaña de la Unión Soviética, en la Segunda Guerra Mundial. Y que habían tratado en persona a Zarah Leander (se acordaban de verla cantar borracha como una cuba en uno de esos clubes a los que solo entrabas si te conocía el portero, porque entonces la homosexualidad en Austria era delito, como lo es hoy en Rusia, y te podían enchironar).
Al cumplir los diez lustros de relación, Fredl y Pepperl, católicos los dos, intentaron que un cura los casase. Encontraron a un padre decente que se saltó la entonces taxativa prohibición (eran aún los tiempos del funesto Juan Pablo II, al que Dios tenga donde se merece). Como no podía haber boda, se hizo un paripé. El cura celebró una misa de acción de gracias por una “amistad” de tantos años. Los “amigos” entre ellos, y el Cristo del altar que, desde su omnisciencia, los había visto tantos años encamarse y pelearse y reconciliarse y preocuparse de si llegaban a fin de mes, se guiñaron los ojos, y se sonrieron, y el resto de los asistentes a la ceremonia igual.
Terminada la “no boda”, salieron a la calle y les tiraron arroz (ellos ya eran dos abuelos, y para los dos aquella misa había sido, quizá, el momento más importante de su vida en común, porque les ponía a bien con Dios, que es una cosa que mucha gente echa de menos cuando se acerca la hora de la muerte).
Después, tan pichis, llevando sendos ramos de flores, se dieron un garbeo por el centro de Viena montados en Fiaker. Hubo convite zarzuelero en un salón restaurante y, como en el tango de Gardel, el mundo siguió andando y no se quebró ningún pilar de la naturaleza.
Hace unos años, alguien me convenció de que entrevistara a un sacerdote muy fundamentalista que decía misa aquí (no sé si seguirá zascandileando enredando por estas calles y plazas).Se produjo la entrevista el día del orgullo gay, precisamente, en un bar. El buen hombre se presentó vestido de clergyman. De camino al bar en el que conversamos, se cruzó con una beata que venía fuera de sí. Unchained, total. La muy bruja le explicó al páter que había estado mandando gays y lesbianas al infierno. Todavía me parece oírla “Padre, padre, se ufanaba la muy villana, yo les decía “Os váis a condenaaaaar””.
El cura le sonreía complacido, como si aquella “mequetrefa” fuera la oveja más cándida de su rebaño.
Ya sentados (es una pena, he perdido la grabación) le conté a aquel…Bueno, a aquel, la historia de amor de Fredl y de Pepperl, y le pregunté, con todo el respeto, qué hubiera hecho él. La respuesta me la ahorro, porque demostraba lo que yo ya había sospechado.
Hoy, el papa Francisco ha aprobado un documento en el que admite la posibilidad de que los curas bendigan (fuera de las ceremonias y tal, pero que bendigan) a parejas del mismo sexo. La cuestión no debe de confundirse con el matrimonio -vínculo que pronto, al paso que vamos, será minoritario, así que dejará de haber confusión- pero permitirá que mucha gente buena e inofensiva, como Fredl y Pepperl, no se vayan a la tumba pensando que una relación sostenida contra viento y marea durante cincuenta años, es vista por la instancia en la que se criaron como algo sucio e inmoral.
Allá donde estén ahora, seguro que los dos estarán felices de saberlo. Si es que estas cosas, en el más allá, importan todavía.
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