El asesino «invisible» de Engelbert Dollfuss

Tal día como hoy en 1973 fue asesinado Carrero Blanco, hubo un tiempo en que también los políticos austriacos perecían en atentados.

20 de Diciembre.- Hace cincuenta años, a estas horas, estaba España con el alma en vilo. Por Madrid primero y por todo el país después, había corrido la noticia de que el presidente del Gobierno, el almirante Carrero Blanco, había sido asesinado mediante una bomba colocada por un comando de la banda terrorista ETA. El artefacto había estallado al paso de su coche, un Dodge Dart, cuando Carrero regresaba de oír misa y comulgar, cosa que hacía diariamente.

Desde entonces, se han hecho muchas cábalas a propósito del papel que hubiera desempeñado Carrero después de la muerte de Franco. Hoy en día, vista la perruna obediencia que el difunto le guardaba al generalísimo, los historiadores piensan que no se hubiera opuesto al ascenso al trono del Rey Juan Carlos, aunque quizá, durante el par de años que le quedaban de vida a Franco, le hubiera puesto algunos palos en las ruedas a la naciente (y muy tímida) apertura.

Afortunadamente, hace muchísimos años que los políticos austriacos mueren en su camita, de muerte natural, pero hubo un tiempo (convulso, terrible) en que esto no fue así.

La muerte violenta más famosa en la historia de la política austriaca, dejando aparte, claro, la del archiduque Franz Ferdinand en Sarajevo, fue la del canciller Engelbert Dollfuss, que fue el fundador de un estado protofascista austriaco, una especie de copia de Alí Babá del nazismo original, que fue borrado del mapa cuando el Reich alemán se merendó a la torturada primera república austriaca con todos sus miembros dentro, en marzo de 1938.

Dollfuss fue asesinado sin embargo mucho antes, en el marco de un golpe de Estado fallido orquestado desde Berlín. Fue el 25 de julio de 1934. Hitler le tenía ganas a Austria, y había organizado una operación para derrocar al Gobierno y llevar al poder a los nazis, entonces ilegales en Austria. Por hache o por be, el Gobierno fue advertido a tiempo. El presidente de la República, Miklas, salió de Viena y salvó su vida, pero Engelbert Dollfuss se quedó en la cancillería, lo que selló su destino.

En la fecha del atentado, 150 nazis, disfrazados como soldados y oficiales del ejército austriaco, se presentaron en la cancillería de la Ballhausplatz (el mismo edificio de ahora) y la asaltaron. Encontraron a Dollfuss en su despacho. Allí mismo, dos de los asaltantes le dieron sendos tiros y, creyéndole muerto, pusieron pies en polvorosa. Los empleados de la cancillería acostaron al canciller (que era muy bajito, apenas metro y medio) sobre un sofá, en donde se desangró poco más tarde, sin que nadie pudiera hacer nada por él.

Los perpetradores fueron dos: un desempleado (nazi convencido) llamado Otto Planetta (gran nombre, por cierto) y el durante mucho tiempo desconocido Rudolf Prochaska. El primero fue apresado rápidamente por la policía y, junto con otros siete cómplices, enviado al otro barrio tras un juicio militar por alta traición. Sus últimas palabras fueron “Heil Hitler!”.

Prochaska tuvo mejor suerte. Cuando, por fin, los nazis consiguieron hacerse con la República austriaca, el segundo asesino de Dollfuss se presentó a las autoridades y admitió haber participado en el magnicidio (si es que puede llamarse magnicidio al asesinato de un hombre de metro y medio de estatura, claro). El caso: entró en la Wehrmacht. Después de la guerra, fue catalogado por los aliados como “compañero de viaje” (Minderbelastet) -gran ojo, que tenían los aliados-, estudió química y falleció tranquilamente en 1973 (justo, se cierra el círculo, hace cincuenta años y poco antes del asesinato de Carrero).

Durante muchos años, hasta 2014, la identidad de este Prochaska fue mantenida en secreto. La única persona que la sabía, un funcionario del archivo del ejército austriaco, llamado Rudolf Kiszling, había jurado no revelar la identidad del segundo asesino de Dollfuss mientras viviera su viuda (la señora falleció en 1989). Por si acaso, le comunicó este dato al historiador Peter Broucek, el cual lo publicó en 2014.

Por cierto, el sofá de estilo Maria Teresa en el que murió Dollfuss es uno de los objetos históricos que guarda el Museo del Ejército de Viena.

 


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