Cómo saber de quién es un Kindle

Una de las cosas más chulas de la vida es hacer el bien, y contar con los medios para hacerlo. Un cuento de navidad en enero.

20 de Enero.- Di que el otro día quedé yo con mis amigos Javier y Daniel, residentes en esta capital y personas ambas muy inteligentes.

Nos echamos unas risas, como es habitual entre gente que se conoce de hace mucho tiempo y a las que uno quiere con un amor entrañable. Porque ya lo decía Antonio Gala, que la mejor definición de la amistad es decir que es amor sin sexo.

El caso: los tres caballeros nos separamos en el punto en el que confluían nuestros medios de transporte respectivos. Nos abrazamos y alargamos la despedida después de esa manera que a los austriacos tanto les encorajina, pero que entre nosotros, los celtíberos, es la señal más evidente de que uno está pasándoselo muy bien y no quiere que se rompa la noche.

Yo cogí el metro y me fui a la estación en donde cojo el tren que me lleva a mi domicilio habitual. A las ocho y diez entró el tren en la estación. Yo me senté en el vagón y me puse a trastear con el móvil y a escuchar mi podcast favorito, “Mañana más”, con mi admirado Toño Pérez, ese hombre que consigue con facilidad lo que a mí me cuesta tanto: ser gracioso sin interrupción.

A mi lado se sentaron dos muchachos jóvenes. Iban charlando y riéndose, de lo cual deduje que eran amigos.

Uno de ellos se bajó en la antepenúltima estación y otro en la penúltima. A esto que, cuando todavía estaban abiertas las puertas del tren, me doy cuenta de que el muchacho que se acababa de bajar, se había dejado el libro electrónico. Al levantarse, se le había deslizado del bolsillo del abrigo. Me levanté y traté de localizarle, pero el chico había desaparecido en la noche invernal. Y yo con el libro electrónico en la mano. Lo abrí y vi que era un Kindle de Amazon.

Vaya. No sabía qué hacer. Al llegar a casa, trasteando, descubrí en la configuración del aparato lo que, a la postre, fue una suerte para el dueño del artilugio y es que los Kindle, a diferencia de lo que ocurre con mi Tolino, hay que registrarlos en Amazon. La empresa crea una cuenta de e-mail para poder subirse fácilmente libros al dispositivo.

El chaval había tenido el buen sentido de abrir la famosa cuenta con su nombre y apellidos. Había un cabo del que tirar.

Para alguien que, como yo, ha echado los dientes haciendo investigaciones por internet, este asunto era pan comido. Por suerte también el nombre del chico no era frecuente. Una sencilla búsqueda en Google arrojó dos resultados relevantes: una cuenta de LinkedIn y una ficha futbolística, de la federación austriaca. Los datos encajaban, las fotos también. Había dado con la persona. El siguiente paso era comunicarle que tenía su libro electrónico.

Parecía fácil, pero no lo era. Yo no tengo cuenta de LinkedIn, ni tampoco me interesa, la verdad. Pero la cosa era la cosa. Me hice una con una cuenta de e-mail magufa. Problema: para poder mandar mensajes de LinkedIn a desconocidos tienes que ser usuario de pago. Qué joroña. Por suerte, se podía ver la empresa en donde trabajaba el muchacho.

Otra sencilla búsqueda, me llevó a la web de la empresa ¡Bendita legislación europea que obliga a que todas las páginas web tengan un formulario de contacto! Encontré una dirección de e-mail general, pero supuse que la cosa sería más efectiva si el mensaje se lo mandaba directamente a él. Deduje que, como pasa en la mayoría de las empresas (de nuevo ¡Bendita eficacia germana!) su dirección de e-mail sería de la forma nombre.apellido(algarroba)dominio de la empresa. Así pues, le mandé un mensaje diciéndole que creía que había encontrado su libro electrónico y que, si este era el caso, que me dijera dos de los títulos almacenados en el aparato para estar seguro de que se lo devolvía a la persona correcta y no a cualquier piernas.

Cuando ya empezaba a perder la esperanza (quizá me había equivocado de persona o, peor, el mensaje había terminado en la bandeja del correo no deseado) el chaval me contestó. De verdad, me hubiera gustado ver por un agujerito la cara que puso cuando leyó mi mensaje.

Cuando nos encontramos ayer en el punto convenido, el chico no salía de su asombro. Después de darme las gracias por haberle devuelto el libro (lo de menos es el aparato, lo de más son los libros), atónito e incrédulo me preguntó cómo diablos había conseguido dar con él tan rápidamente.

El lector ya tiene la respuesta.


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