50.000 hombres que tienen miedo

Los españoles tenemos bastante imagen de nosotros mismos, pero en España pasan con toda naturalidad cosas chulísimas que en Austria serían imposibles.

13 de Febrero.- Los españoles, en general, tenemos bastante mala imagen de nosotros mismos como sociedad. Yo creo que esto es porque, todavía, es solo una minoría la que ha tenido la oportunidad de vivir en algún país extranjero el tiempo suficiente como para poder apreciar lo avanzados que estamos en algunas cosas.

Por ejemplo: el sábado pasado, fue la entrega de los premios Goya. La gala fue presentada por Ana Belén y por dos directores de cine, los Javis, que son pareja y, lo que es más importante, a quienes todo el mundo percibe como pareja con toda la naturalidad del mundo.

Es más: en el escenario se produjo (repito) con toda la naturalidad del mundo, una conversación que sería imposible en Austria.

No por el contenido, insisto, sino por la naturalidad con la que se produjo.

Este año se conmemora el veinticinco aniversario del estreno de “Todo sobre mi Madre”, la película de Almodóvar. Para la ocasión, se reunió una parte de las actrices que protagonizaron la película (todas menos Rosa María Sardá que, desgraciadamente, ya ha muerto).

Cuando Almodóvar subió al escenario, uno de los Javis, recordando su propia salida del armario, le dijo “Pedro, yo también fui heterosexual quince segundos”.

La broma, dicha relajadamente, fue tomada por todo el auditorio con la lógica guasa pero, no me canso de repetirlo, con una naturalidad que es un patrimonio (por suerte) de la sociedad española.

En la misma gala de los Goya, cuando Juan Antonio Bayona ganó la ristra de premios que ganó, su novio estaba sentado a su lado y se besaron varias veces a lo largo de la noche.

Otro ejemplo: cuando las jugadoras de la selección femenina de fútbol ganaron el mundial, a nadie le sorprendió que varias de ellas fueran homosexuales y, con toda la naturalidad del mundo, celebraran sus triunfos con sus novias.

La sociedad española está, en esto, a años luz de la sociedad austriaca, y yo creo que es una cosa de la que los españoles no nos enorgullecemos lo bastante.

Es un poco como lo que nos pasa a los que hemos crecido en familias felices en las que todo el mundo se lleva bien, que no apreciamos muchas veces lo que tenemos, porque nos parece que es normal y está muy extendida la suerte que nosotros tenemos.

Por supuesto, hay reductos en donde sigue oliendo a rancio. Uno de ellos es el fútbol. Masculino, claro.

No hace mucho, se cumplió el aniversario de la “primera” muerte de Chanquete, en Verano Azul.

Pensé en escribir un artículo sobre la cuestión pero, como no había manera de encontrar una relación con Austria, lo dejé pasar. El caso: buscando hilos de los que tirar, miré la hemeroteca de El País y me topé con un artículo supermarciano. Año 1982: una revista brasileña había publicado que un jugador del Fútbol Club Barcelona era homosexual. Al parecer, el jugador en cuestión había afirmado en una conversación que, en algún momento de su vida, se había acostado con chicos en plan experimento y una publicación sensacionalista había aprovechado la cuestión para hacer una historia de lo que no era posible más que escribir un par de líneas.

El artículo en cuestión era una defensa “de la hombría” (sic) del jugador, incluidas declaraciones de su novia.

Desgraciadamente, hoy estamos más o menos igual y en el fútbol masculino sigue reinando la más cerrada homofobia y el culto más casposo a la masculinidad tóxica (hola, Rubiales). Todo esto viene a cuento de que hoy se estrena en Amazon Prime un documental “El último tabú” exactamente sobre esto, sobre la homosexualidad en el mundo del fútbol, que la hay. En cada partido, señores, la estadística hay dice que hay, por lo menos, dos gays dándole patadas a la pelota. Y nadie sabe quién son.

En España, no solo no hay ni un solo jugador de fútbol gay que haya salido del armario, sino que todo lo que rodea al fútbol masculino sigue siendo de un atraso que da asco (hola, Rubiales, otra vez, hola Carlos Herrera). El fútbol se juega en todos los países del mundo, pues bien: a día de hoy solo hay siete jugadores en el mundo abiertamente gays. Uno de ellos, por cierto, juega en Austria. Se llama Oliver Egger y juega en el FC Gratkorn (sí: lo sé, yo tampoco había oido hablar de este equipo).

Siete jugadores de casi medio millón de jugadores profesionales en 190 países del mundo. Por lo menos cincuentamil personas viviendo con miedo de ser descubiertas. Pobres.

 

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