¿Bajar la edad penal en Austria?

Ante un problema, siempre hay dos soluciones: la fácil y la buena. La calidad del debate público se puede medir perfectamente utilizando esta frase.

 

A vueltas con la integración

9 de Marzo.- Hay una ocurrencia que se atribuye a Adolfo Suárez que describe muy bien los tiempos en los que vivimos. El difunto presidente, mascarón de proa de la transición, decía que ante todos los problemas hay dos soluciones posibles: la fácil y la buena (cito de memoria).

Se podría medir la calidad del debate público de una sociedad por el número de veces en que se inclina por la primera y desprecia la segunda o al revés.

La actualidad ofrece varios ejemplos al respecto: por ejemplo, ante el hecho innegable de que España es un país que tiene un problema de salud pública con los horarios (la gente no duerme lo que debería y todo el mundo anda desquiciado por una rutina laboral absolutamente insensata en todos los sectores de actividad), la solución fácil es berrear que “vivan las caenas” y pregonar que los españoles de españolidad más sólida alardean de su libertad de poder tomarse una cerveza a la hora que les salga de la entrepierna. La solución difícil y, por lo tanto, la buena, es hacer un esfuerzo que rompa la inercia, racionalizar los horarios (por ejemplo reduciendo las pausas eternas a la hora de comer o invirtiendo en un modelo productivo que deje más valor añadido que la hostelería extensiva) y convirtiendo España en un país en el que más gente viva mejor de lo que vive ahora.

En Austria también cuecen habas.

NIÑOS CRIMINALES

Estos días anda el país conmocionado por varios casos criminales en los que los presuntos responsables son menores de edad.

Se agrava la cuestión debido a que los delincuentes, en muchos casos, no son de padres austriacos y/o practican la religión islámica.

La solución buena, pero difícil, porque habría que invertir recursos y hacer un esfuerzo para diseñar políticas a largo plazo, sería tratar de analizar qué pasa en el entorno de esas personas que han cometido los delitos. Tratar de sacar consecuencias a propósito de su marco social o de sus razones para cometer los delitos que han cometido. Por supuesto, esto no implica ninguna tolerancia para los criminales ni para sus fechorías, pero sí utilizar un poquito (o más de un poquito) lo que Hercules Poirot llamaba las células grises.

Se trata, digámoslo así, de un trabajo de prevención.

La solución populista, la fácil y la que, por lo tanto, es menos eficaz a largo plazo, es la que, desgraciadamente, parece que quiere adoptar el Gobierno austriaco y la preconizada también por el votante cerril de extrema derecha. O sea, la de bajar la edad penal, en la actualidad fijada en los dieciséis años.

Hay muchas, pero muchas, razones que hablan en contra de hacer esto, aunque solo sea la de aceptar que un ser humano de, pongamos, doce años, es incapaz de calibrar las consecuencias de sus actos completamente -en esto, espero que estemos todos de acuerdo- y, por lo mismo, no es esperable que un castigo de privación de libertad, por muy largo que sea, vaya a actuar como elemento disuasorio.

Sin embargo, el rebajar la edad penal para poder encerrar en instituciones -llámense cárceles, llámense reformatorios- a niños, tiene para los cafres que las propugnan el elemento consolador de sentir que “han hecho algo” y ese “haber hecho algo” es algo que les consuela a un nivel inconsciente del miedo que sienten ante un fenómeno que no comprenden o que consideran absolutamente ajeno a su vida.

Y luego está el mero cálculo político, claro, que no es una cuestión nada descartable.

Los políticos profesionales que sobreviven en ese ecosistema feroz son, aunque no lo sepan, expertos en semiótica. Constantemente mandan a sus votantes o a quienes esperan que les voten, señales.

Siguiendo la teoría clásica de la comunicación, con sus discursos modelan un receptor y, constantemente, mediante un juego de prueba y error, van ajustando su discurso, con la esperanza de que encuentre una acogida favorable.

En este sentido, me parece muy representativa la figura de Claudia Plackholm, a la que se está modelando como arma secreta de los conservadores austriacos contra el populismo de extrema derecha.

Para mis lectores españoles, Claudia Plackholm es una especie de Isabel Díaz Ayuso austriaca (con las mismas entendederas y exactamente iguales arreos retóricos) y el mismo afán de notoriedad.

Como Díaz Ayuso, Claudia Plackholm juega siempre a la contra, al objeto de puntuar en un caladero electoral que canaliza su incomprensión del mundo utilizando la agresividad. Plackholm, como su colega española, siempre juega a la contra, y siempre tiene preparada una solución superficial y fácil (por tanto apta para ser consumida por mentes poco profundas) para problemas complejos.

Su última “travesura” ha sido mostrarse a favor de bajar la edad penal para poder encerrar a los niños en el caso de que cometan “delitos fuertes” como asesinatos, violaciones y demás.

No parece que conozca la frase de Suárez.

Parafraseando a Hari Seldon, “las soluciones fáciles son el recurso del incompetente”.


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