Profesión de fe en Europa

Hoy en Madrid los ultraderechistas europeos se han reunido en Madrid. Kickl no ha estado, pero eso no ha impedido que se pronuncie.

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8 de Febrero.- Recordará sin duda el lector que, tras el fracaso de las negociaciones entre el Partido Popular, el Partido Socialdemäocrata y los Neos, el Bundespresidente de Esta Pequeña República, sobreponiéndose a la natural repugnancia que, en cualquier persona decente, provoca la patulea de malas personas que constituye la cúpula del FPÖ, encargó a Herbert Kickl la formación de un nuevo gobierno.

Era urgente, se dijo en aquel momento, hace ya varias semanas, que Austria contase con un ejecutivo funcionante lo más rápido posible, dado que había un tremebundo agujero en las cuentas públicas que había que reparar, evitando así que la Unión Europea iniciase un expediente sancionador que hubiera constituido un baldón en la, hasta ahora, intachable reputación internacional de Austria.

Las condiciones fundamentales para este encargo fueron dos: la primera, que la extrema derecha respetase la libertad de los medios de comunicación, lo cual es lo mismo que pedirle al hermano lobo que no tenga una atracción fatal por las ovejitas de los pastores, y segunda, que la extrema derecha se asegurase de demostrar que Austria seguiría siendo, como hasta ahora “un socio fiable” dentro del club de la Unión Europea.

Herbert Kickl, líder de la extrema derecha, calló y muchas personas ingenuas sacaron la consecuencia de que otorgaba.

Sin embargo, el tiempo nos ha dado la razón a los que pensábamos que era mucho pedirle al olmo que diera peras.

Esta semana, las negociaciones con el Partido Popular austriaco han derrapado y el parto de la coalición está resultando ser más difícil de lo que todo el mundo suponía al principio. El Partido Popular austriaco, como un ratoncito blanco hipnotizado por una cobra, ha parecido darse cuenta de pronto de que todas las cosas que Herbert Kickl decía no eran bravatas de esas que, en los ambientes de masculinidad tóxica, se eructan entre cervezotas, sino que iban perfectamente en serio.

Incrédulo, como un aristócrata prerrevolucionario frente a los sans coulottes, los conservadores descubrieron que los ultras querían el Ministerio de Finanzas y el del Interior. El primero, por el dinero, y el segundo por tener en las manos lo servicios secretos y la policía. Sin ninguna de las dos palancas es posible el objetivo primordial de los ultras: convertir Austria en un sistema autoritario a la húngara.

De momento, no sabemos si las negociaciones se ranudarán pronto, pero Herbert Kickl ha podido darnos algunos indicios reveladores a propósito de por dónde van los tiros.

Y esos indicios tienen que ver con el supuesto “europeismo” de los ultras.

Como sabrá el lector, este fin de semana se ha celebrado en un hotel de Madrid la cumbre de los ultras europeos, para celebrar que se han agrupado en una fracción del Parlamento de Bruselas que se llama “Patriotas por Europa” o algo así.

Herbert Kickl no ha viajado a Madrid. Le ha representado uno de los personajes más grasientos del FPÖ, Harald Vilimsky.

Kickl ha mando al aquelarre un mensaje grabado en vídeo en el que se ha felicitado que los ultras europeos hayan firmado una alianza con el Likud israelí (el partido de otro pájaro de cuenta, el presidente Netanyahu).

 

Kickl ha bramado contra “los centralistas” y contra las ideologías de izquierdas y ha dicho que su “movimiento” (el de los ultras europeos) ya es imposible de parar y que este 2025 será un año fundamental para imponer (Dios lo evite) su ideología.

Los dosmil orcos que abarrotaban el salón del hotel de Madrid en el que se estaba celebrando la reunión, han aplaudido enfervorecidos.

En Viena, el secretario general de los populares austriacos, Hattmannsdorfer, muy escandalizado, ha pedido a los ultras que hagan una declaración de fe en el europeismo y que se acojan a la línea del Partido Popular austriaco.

No es probable que la hagan.

Las palabras de Kickl pueden significar dos cosas: una, que las negociaciones estén ya encarriladas y que Kickl se sienta tan seguro que piense que puede hacer lo que quiera. O también, que las negociaciones se hayan perdido totalmente y que Kickl, un hombre en campaña electoral continua, ya está pensando en las próximas elecciones.


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