
El Partido Popular austriaco ha puesto a Herbert Kickl en un aprieto para que demuestre si es un buen líder o no.
11 de Febrero.-Una de las características más definitivas de nuestra especie es la capacidad que tenemos seres humanos de colaborar los unos con los otros. Hasta el punto de que lo que podríamos llamar nuestra “huella cognitiva” está marcadísima por esta capacidad. La evolución ha perfeccionado nuestra máquina de pensar con este objetivo.
Sin colaboración, no existirían las realizaciones más estupendas de la especie humana, empezando por las pirámides de Egipto y terminando por el CERN. Por eso resulta muy curiosa la mentira, porque es una mentira, del hombre (o la mujer) hecho/a a sí mismo. El selfmade-lo-que-sea es un mito inventado para justificar otra mentira anestésica y tranquilizadora: la de la meritocracia. Esto es, esa noción de que uno llega tan lejos en la vida como se merece tomando sus actos como base.
LA CAPACIDAD DE COLABORAR ES UN SIGNO DE LA PRESENCIA DE INTELIGENCIA (DE TODAS LAS INTELIGENCIAS)
Nuestros mecanismos de colaboración son muy sofisticados y por eso la capacidad de establecer redes de colaboración es uno de los productos más refinados de la inteligencia humana. Trabajar en equipo exige crear consensos. Y los consensos exigen crear redes de intereses mutuos. Trabajar en equipo exige generosidad. La capacidad de renunciar a parte de los propios objetivos, que es tanto como decir a parte del propio ego, para hacer una concesión ante el otro. Trabajar en equipo consiste en darse cuenta de que si se cede en una unidad de los objetivos propios se pueden conseguir tres del objetivo común.
Podría seguir durante varios artículos hablando sobre este tema, pero estoy convencido de que el lector sabe a qué me refiero.
Va de suyo que la Humanidad ha evolucionado no mediante los relámpagos genialoides de individuos puntuales presentes en cada generación (Hitler, Elon Musk…) sino por la capacidad de otros más inteligentes (aunque quizá menos espectaculares) de poner a trabajar al enjambre hacia un objetivo común. En otras palabras: los liderazgos piramidales, más tarde o más temprano se agotan.
Hitler no ganó la guerra porque no se dejó aconsejar por las mentes más agudas de su época. No veía la necesidad. Pensaba que estaba tocado por la mano de Dios y no confiaba en nadie más que en sí mismo. En cambio, Churchill y Roosevelt tomaron la decisión contraria, y ganaron la segunda guerra mundial.
Y es que, queridos lectores, todo se reduce a una manera de gestionar el talento. O los talentos: el meramente analítico y el talento emocional y psicológico.
HERBERT KICKL, A PESAR DE SU MESIANISMO, ES UNA PORQUERÍA COMO LÍDER
Es bastante probable que, por no entender todo lo anterior, Herbert Kickl haya desperdiciado la oportunidad de convertirse en el próximo canciller de Austria.
Y me atrevo a afirmar algo más: es incluso probable que, aunque, desgraciadamente, el presidente Van der Bellen se encuentre en el aprieto de investir a Herbert Kickl con la segunda dignidad más importante del país, el político ultra no va a durar mucho en el cargo. Porque, como les sucede a todas las personas de su cuerda, es incapaz de trabajar en equipo.
Como Hitler, como Trump, como Musk, cada uno con su abolladura y cada uno con su enfermedad mental particular, Herbert Kickl vive en un mundo hecho de maximalismos, en el que hacer concesiones representa una debilidad (quizá porque, en el fondo, si rebuscásemos un poco en el perfil psicológico de Herbert Kickl, probablemente nos encontraríamos con una persona no solamente muy insegura, sino también muy infeliz y ferozmente reprimida e incapaz de gestionar sus emociones de una manera sana).
EL PAPEL
Hoy ha trascendido que el Partido Popular austriaco ha puesto delante de las narices del FPÖ un pliego de condiciones “innegociables”. Se trata de una maniobra sumamente inteligente, creo yo, y un intento de que sea el FPÖ, o sea, Herbert Kickl, el que rompa la negociación. El papel pone a Herbert Kickl en una posición extremadamente difícil y contradictoria.
Sin entrar en detalles, en documento el ÖVP exige que el Gobierno austriaco actúe como una unidad de consenso de cara al exterior. En particular en la Unión Europea y que se limiten las injerencias extranjeras en la política austriaca (sin nombrarla, se alude a la Federación Rusa).
También se exige que no fluya dinero ni a medios ni a grupos extremistas y se proclama, entre otras cosas, que la colaboración con servicios secretos extranjeros es “la más alta prioridad”.
Si Herbert Kickl acepta el contenido del papel, los populares le tendrán cogido por el carné de padre (o, por lo menos, creerán que lo tendrán cogido por el carné de padre). Herbert Kickl será canciller, pero habrá pagado el precio de “descafeinarse”. Y no solo eso, habrá quedado en ridículo frente a sus colegas ultras de la Unión Europea, ante los que aseguraba el sábado que “su movimiento es imparable”.
Si rompe la baraja, el país irá a nuevas elecciones. La decencia habrá ganado una batalla, pero Kickl podrá abandonar la mesa de negociación sediento de venganza y prometiendo volver.


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