Para qué sirven las ayudas a los extranjeros

El otro día, en una cena, una persona me preguntó que por qué tenía él que pagar por los extranjeros que vivimos en Austria. Esta es la respuesta.

 

8 de Julio.- Estos artículos que escribo todos los días se nutren frecuentemente de las cosas que observo en mi vida diaria. Considero que las personas austriacas con las que me encuentro son una muestra, escogida al azar, de la población de este país y, por lo tanto, representativa de lo que podríamos llamar su “sustrato sociológico”.

Empezaré este artículo, pues, con una observación personal.

Hace un par de semanas estaba invitado a una cena. Alrededor de la mesa estábamos siete personas (tres parejas, más una persona suelta). Todas las personas congregadas eran, como yo soy, de mediana edad. Todas pertenecíamos a esa clase media que puede permitirse gastarse cien euros en un capricho.

Salió el tema de Suiza y entonces yo dije que yo, como extranjero, no viviría nunca en ese país famoso por el chocolate, la pasta y el reloj de cuco. Me preguntaron por qué y yo contesté, honradamente, mi opinión. Suiza es una sociedad envejecida (ni de lejos tan rica como parece) que vive en la paradoja de necesitar a los extranjeros pero, al mismo tiempo, odiarlos con toda su alma.

Uno de los circunstantes, de obvias simpatías ultras, dijo entonces que a él le parecía muy bien la actitud de los suizos, que por qué tenía Austria que pagar por los inmigrantes (se refería, en su mundo de fantasía, a la pasta que se supone que todos los extranjeros recibimos en nuestra cuenta todos los meses y que provoca que las mujeres austriacas, rubias y de ojos azules, tengan que tener colgados de sus pechos vacíos a criaturas hambrientas).

También yo le contesté lo que pienso honradamente:

-Austria tiene que invertir en nosotros, los migrantes, por dos razones. Principalmente, porque nos necesita como fuerza de trabajo y después porque todos los subsidios son una inversión. Amortiguar la desigualdad social no solo hace al país más justo, sino sobre todo más estable. Los contribuyentes compramos la paz social en forma de subvenciones. Cada euro que se invierte en un extranjero vuelve al sistema multiplicado.

El ultra empezó a rezongar pero antes de que pudiera decir otra idiotez, el anfitrión llevó la conversación hacia otro tema.

Hoy he leido una estadística que, creo yo, me da completamente la razón y que es un indicio de un peligro que corre Austria. En EPR cada año 100.000 jóvenes abandonan el sistema educativo después de haber completado la escolaridad obligatoria. Lo que llama la atención y es una señal de alarma muy seria es que entre el grupo de jóvenes que provienen de familias con un historial de inmigración la tasa es tres veces mayor que entre los jóvenes “autóctonos” y que en las zonas rurales -casi toda Austria- esta diferencia es todavía mayor.

Esto se explica por muchas razones pero la principal es que en Austria el nivel educativo se hereda. La observación propia confirma en este caso la estadística. En Austria, si tus padres no tienen estudios, tú tampoco los tendrás y serás, por lo tanto, un votante ultra. La mayoría de los chicos inmigrantes crecen, además, en hogares económicamente modestos -esto es, necesitados de subsidios-; estudiar es caro. Es, en realidad, una inversión. Durante el tiempo que dura tu estancia en el sistema educativo te estás privando de unos ingresos que podrías obtener trabajando, con la esperanza de ganar más en el futuro cuando empieces a trabajar (no sé si me sigue usted, querido lector, querida lectora).

Los chavales de economías modestas se tienen que poner a trabajar pronto, sencillamente porque sus familias necesitan el dinero. También porque la cultura es vista en las clases modestas como “cosa de ricos”. En la infancia tampoco son chavales estimulados intelectualmente, porque no hay libros en esas casas ni nadie que les lea. En muchos casos, la niñera es el móvil, porque los padres tienen que trabajar.

Otro factor fundamental, y en el que también son claves los subsidios, la inversión estatal de la que abominaba nuestro amigo el ultra, es la integración. En la ciudad los chavales están mucho más integrados que en las áreas rurales. Estar en un entorno estable, integrado en la sociedad también se ha demostrado que actúa como un seguro contra el abandono de la escuela.

Por último, está el propio sistema educativo. Especialmente el público -en las escuelas privadas los padres pagan para que los maestros se molesten en sacar del atolladero a los chavales-clientes, y también para que detecten los problemas a tiempo de solucionarlos-.

Nuestro sistema educativo es, en esencia, el mismo del siglo XIX. Está hecho para decantar a las personas por ciertas aptitudes -la memoria, la capacidad de cálculo, la habilidad para absorber información y conectar conceptos-. Las escuelas van seleccionando a los chavales por niveles, de manera que los que tienen algún problema para encajar en estos perfiles tan definidos, terminan siendo expulsados del sistema.

Para evitar este desperdicio es clave que el Estado, o sea, todos nosotros, invierta en mantener un sistema educativo que sea igual de bueno para todos. O sea, para que los pobres tengan las mismas oportunidades de recibir una buena educación que los pudientes.

Los gobernantes que destrozan la educación pública, que la vacían de contenido y que la dejan languidecer hasta morir, están sembrando inestabilidad social futura, a base de aumentar la desigualdad.

Por todo lo anterior, y por muchas cosas más, es muy importante la función del Estado para amortiguar en lo posible las desigualdades. Para eso sirven las subvenciones.


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