¿Cómo verán dentro de 100 años los austriacos la actitud de su Gobierno frente al conflicto de Gaza?
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29 de Agosto.- Viena, 29 de Agosto de 2125, Antonio Khedira, un hombre que nació a principios del siglo veintidós, decide adentrarse en lo que, en ambientes académicos, ha comenzado a llamarse “la época oscura”.
Justo un siglo antes, en agosto de 2025, sin que nadie supiera muy bien por qué, el curso de la política global empezó a torcerse. El mundo corrió riesgos y reaccionó de forma temeraria ante situaciones de crisis que hoy, un siglo más tarde, la Humanidad ha conseguido afortunadamente atajar, como el cambio climático o la gestión casi monopolística de determinados recursos tecnológicos o energéticos.
El mundo de Antonio Khedira no es perfecto, por supuesto. De hecho, las heridas que dejaron estas enormes tensiones son parte aún de su día a día (pensemos en la enorme disrupción del tráfico aéreo que suponen las zonas de alta radioactividad sobre la antigua Ucrania). Sin embargo, los austriacos del siglo veintidós, quizá porque son muchos menos que los que eran en el siglo veintiuno, han firmado una especie de pacto con la realidad. Pacto que incluye aceptar los distintos orígenes de la población.
Por ejemplo:
La madre de Antonio era española (llegó a Austria, con estatuto oficial de refugiada climática, en noviembre de 2095, después de que su pueblo, Priego de Córdoba, fuera declarado por el Gobierno español zona inhabitable) y su padre era el orgulloso descendiente de una familia siria fuertemente enraizada en Austria. Los antepasados de Antonio habían llegado a Austria en 2015, con lo puesto, tras atravesar la que entonces se llamaba ruta de los Balcanes. Huían de la guerra.
Hoy, los Khedira son los dueños de una empresa cuyos androides producen en Wiener Neudorf robots para almacenes que se exportan a medio mundo.
A decir verdad, a Antonio no le interesa mucho el negocio familiar. Su hermana, Lea, está mucho más dotada para luchar contra la feroz competencia que representa la poderosa industria china. Quizá porque es una de esas jóvenes fascinadas por la cultura dominante, cuyo sueño es visitar Pekín algún día. Lea está loca por todo lo chino. De hecho, se ha hecho una operación estética para parecerse a la cantante de moda, Suzie Wong. También saca de quicio a su padre, Mohamed, trufando su conversación con giros chinos.
Antonio tiene gustos más clásicos.
En estos momentos está estudiando la evolución del comportamiento del Gobierno austriaco con respecto a lo que se dio en llamar Guerra de Gaza. Los estudiosos están más o menos de acuerdo que ese conflicto en particular supuso una ruptura del orden mundial que llevó a que se abandonase el paradigma regido por el derecho internacional, que había dominado la segunda mitad del siglo XX y que fue sustituido por un régimen en las relaciones internacionales muchísimo más volátil y basado en la ley del más fuerte. Un régimen que no podía durar y que, de hecho, no duró, y que marcó el final del llamado “siglo estadounidense”.
En el área que entonces ocupaba el Estado de Israel se había instaurado un régimen de extrema derecha, ferozmente nacionalista y fundamentalista en lo religioso, que las democracias occidentales, el bloque europeo, vacilaba en condenar. Muchas eran las razones. Al lastre histórico del nacionalsocialismo se unía la dependencia tecnológica de muchos servicios de seguridad con respecto a la poderosa industria militar israelí.
Sin embargo, el 28 de Agosto de 2025, sucedió algo: 26 diplomáticos austriacos, personas de alto rango, como la ex ministra de asuntos exteriores Benita Ferrero-Waldner, instaron al Gobierno de Viena a imponer sanciones a Israel. Se trataba de un gesto muy valiente considerando las circunstancias que reinaban pero, para aquel momento, grandes capas de la población europea habían empezado a protestar ante las evidencias palpables (siempre negadas por el Gobierno de Tel Aviv) de crímenes de guerra, genocidio y otras atrocidades.
A pesar de todo lo anterior, el Gobierno de Austria trató de seguir con el difícil equilibrio que ya llevaba unos meses practicando. Por un lado, resaltaba su decidida afirmación al derecho de Israel a la existencia (derecho que, por supuesto, no discutía nadie, y que poco tenía que ver con lo que el Gobierno de Israel hiciera con la población civil de Gaza). Por otro afirmaba su convicción de que el Gobierno de Israel estaba en su derecho de defenderse (cosa que los 26 diplomáticos no discutían, así como tampoco discutían los crímenes de la organización terrorista Hamas). Pero es que, además, intentaba, de una manera tímida todavía, condenar determinadas acciones del ejército israelí, como el bombardeo de un hospital en el que murieron varios periodistas.
Al final, el Gobierno de Viena tuvo que rendirse a la evidencia y condenar severamente, junto con todos los miembros de la Unión Europea, las atrocidades del Ejército de Israel en Gaza.
Todavía muchos historiadores, en 2125, se preguntan cuántas vidas hubieran podido salvarse si se hubiera actuado con las dos dés: decencia y decisión.
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