Zonas de influencia

Hoy vamos a hablar de una serie de cosas que no hay en Austria y de una cosa que sí que hay.

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8 de Septiembre.- El mundo cambia, la sociedad se mueve y, lo mismo que desaparecen ciertos oficios, aparecen otros que no siempre es fácil nombrar. Por ejemplo: cuando yo era más joven, la gente solía salir en la televisión porque tenía un trabajo cuyos pormenores se consideraba que serían interesantes para el público. Estaba, claro, la figura de la starlette, o sea, la aspirante a estrella. Pero incluso estas, hacían cosas. De manera que todas las personas eran presentadas dando su nombre y diciendo una profesión presuntamente seria.

Con el cambio de siglo, aumentaron las horas de emisión de las televisiones y, por lo tanto, también aumentó el número de horas que había que llenar con gente contando historias.

La telerrealidad produjo un número considerable de figuras que se hacían conocidas a base de estar encerradas en sitios y luego prolongaban su estatus de caras familiares para el público a fuerza de vender su vida en cómodos plazos. De ese banco de peces chicos, a veces salían peces más grandes que ascendían a “colaborador” (o sea, a persona que hablaba de cualquier cosa sin importancia a tanto el minuto). Así, el “colaborador” se convirtió en uno de los estratos más bajos de la cadena trófica de los oficios televisivos. Sin embargo, aún quedaba gente que salía en los medios sin que tuviera silla fija en un plató, generalmente porque su vida servía de materia prima para las conversaciones (no sé si el lector me sigue).

Como hay profesionales que reciclan también esos contenidos en forma de piezas escritas, surgió el problema de cómo llamar a esta otra gente que pulula por las pantallas de la televisión lineal. Se llegó a esto: si la persona sin oficio ni beneficio es rica y/o viene de una familia con posibles, se le llama “socialité”. El engendro viene del inglés “socialite” (o sea, ni más ni menos que persona que está en la vida social) pero como nuestros periodistas no suelen ser gente muy culta y la cosa terminaba como egalité y fraternité, pues le cascaron una tilde y andando. Así, Victoria Federica, sobrina del Rey nuestro Señor o Carmen Lomana, son socialités. No hace falta explicar por qué.

Si la persona conocida era de extracción proletaria, asignarle una categoría era más peliagudo. Devanándose los sesos, los redactores encontraron la solución de llamarlas “la televisiva” o “el televisivo”. O sea, la persona que sale en televisión. Esta heterogénea gallofa estaba formada por hijos e hijas del estrato más bajo de las socialités, cantantes famosos en los ochenta, presentadores en vía muerta y otra gente de cuando las olimpiadas del noventa y dos.

 

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Por si todo esto fuera poco, entre la socialité y “la televisiva” surgió hace un lustro otra gradación. Y es la de la gente que se dedica a salir por las redes sociales y asoma su jeta por el móvil mientras está uno haciendo de vientre. A esta gente se la llama “influencer”. Otro anglicismo.

Los influencers se llaman así porque su nombre, que viene de la jerga del marketing, implica que “influyen” en la decisión de sus seguidores de adquirir determinados bienes o servicios. Eso era al principio, claro. Ahora, cualquiera con un poco de salero y suficiente morro puede llamarse a sí mismo o ser llamado influencer y aunque recomiende comprar una escobilla para el váter nadie le hace caso.

Una de estas influencers se llama María Pombo, la cual ha dado mucho que hablar esta semana por aconsejarle a su audiencia que “supere” que haya gente a la que, como le pasa a ella, no le gusta leer. Pombo, probablemente, da este consejo por su propio interés ya que, si todo el mundo leyera libros con frecuencia, las personas como ella terminarían en el paro más negro.

He contado todo lo anterior para que el lector tenga una idea exacta del lugar que Maria Pombo ocupa en el mundo y de lo importante que son sus opiniones.

Si Maria Pombo se llamase “Pomben” y, pongamos por caso, viviera en Sankt Pollten, no tendría nada que temer. Según las últimas encuestas disponibles de hábitos de lectura en Austria (2022/2023) solo un 27% de los austriacos lee en su casa por placer. Casi un 60% lee de vez en cuando y un 13% vota al FPÖ. De lo cual se deduce que no lee nunca o lee solo Mein Kampf, que para el caso es lo mismo.

En Austria, como en España, la gente lee menos de lo que sería deseable. Por eso la comprensión lectora de las personas que viven en Austria ha descendido mucho en la última década, con unas consecuencias que resultan muy amenazantes para los que sí que leemos.

En primer lugar, solo leyendo se adquiere un vocabulario complejo. El que habla con cuatro palabras y tiene, por lo tanto, una mierda de vocabulario, tan solo puede producir una mierda de pensamientos. En segundo lugar, leer reduce considerablemente la ansiedad y mejora la salud mental. Leer es como el sexo, o sea. Un buen libro es solo comparable a retozar con la persona amada. A veces, es incluso mejor si cabe.

Las personas que leemos somos, en general, personas más agradables y más tranquilas y mucho más sanas. Sobre todo, de cabeza. Maria Pombo sostiene que no somos mejores, pero yo creo que eso es porque ella no sabe lo que se pierde.

 


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