Un triste estado de cosas

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El Gobierno acomete hoy un segundo intento para algo que, a la primera, ya salió mal.

 

10 de Septiembre.- Hoy el Gobierno austriaco ha aprobado un proyecto de ley que constituye un segundo intento de prohibir que las niñas menores de catorce años lleven la cabeza cubierta en las escuelas.

El primer intento, en tiempos de la coalición derecha-extrema derecha de Kurz y Strache, se saldó con un fracaso del Gobierno. Una ley parecida a la de hoy fue declarada inconstitucional -como probablemente será declarada esta- y tuvo que ser retirada.

Esta vez, el actual Gobierno austriaco piensa que tendrá más éxito.

El presente proyecto de ley puede contemplarse, por lo menos, desde dos ángulos.

En primer lugar, en lo que podríamos llamar su “contenido intrínseco”. O sea, en lo que tiene de ataque (consciente, como explicaré más tarde) a una cierta manera de entender la religión musulmana.

Yo pienso que, salvo como objeto de estudio del tipo “historia de las religiones” o “religiones comparadas”, a la religión no se le ha perdido nada en las escuelas.A ninguna religión. Ni a ningún símbolo religioso.

Si por mí fuera, no debería haber ni cruces, ni santos, ni fotos el papa, ni medias lunas, ni mandalas, ni nada de nada.

Ahora bien: si la constitución dice que Austria es un estado laico y que todas las religiones están en pie de igualdad, o sea, si celebramos la navidad, si los críos son visitados por San Nicolás o no tienen clase durante la semana santa, si pueden llevar cruces o medallitas de San Cristobal, o las monjas dar clases con hábito y los curas con sotana, si los críos judíos pueden llevar kipa y, en el caso de los judíos ortodoxos, ir vestidos de su manera peculiar y sus niños tener los dos tirabuzones rituales, entonces el Estado no tiene ninguna autoridad moral para decir que van a permitir todos los símbolos religiosos menos el pañuelo por la cabeza. Repito: por mucho que a mí no me parezca bien.

Por esa, entre otras aplastantes razones, fue la ley declarada inconstitucional la última vez. Y probablemente vuelva a pasar.

En segundo lugar, se puede ver este proyecto de ley como una boya de señales. Y este es su aspecto más problemático, en mi opinión por lo que tiene de síntoma de hacia dónde van las cosas.

Los partidos conservadores tradicionales están tratando, a la desesperada, de llevar a su terreno al votante de extrema derecha. Para ello utilizan cosas como esta, para demostrar que tienen “mano dura” con la población musulmana. Con ello solo demuestran una cosa: que han comprado absolutamente el asqueroso discurso ultra, que presenta a los musulmanes como unas personas bestiales cuyo comportamiento es supuestamente incompatible con la “cultura” europea. En los titulares de cierta prensa se habla incluso de “un musulmán” como de una categoría genérica o, casi, una especie zoológica separada del resto. Como se diría “una jirafa” o “un ornitorrinco”.

 

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Estos intentos de los conservadores, por supuesto, están condenados al fracaso por una razón tan sencilla como terrible: las animaladas de la extrema derecha hace ya mucho tiempo que han dejado de ser algo marginal y se han convertido en mainstream, en algo que la mayoría de la población de Austria asume en mayor o menor grado.

Aunque es cierto que, como sucedía con el nazismo, la ideología ultra es sobre todo imperante entre la gente con niveles educativos más bajos y con niveles de vida más humildes, lo cierto es que el distorsionado mundo ultra ha llegado para quedarse, después de una larga fase de implantación que ha abarcado los últimos veinte años. Y ese éxito representa una amenaza para la democracia tal cual la conocemos. Porque llegará un momento en el que dejen de funcionar los cortafuegos y los cordones sanitarios, y esa gente indeseable, con la complicidad de gente como usted y como yo, tendrán las manos libres para modelar el mundo e imponer su visión de la realidad. Una visión asquerosa, autoritaria, fascista en suma, como ya está sucediendo en los Estados Unidos de Donald Trump. Una visión del mundo que odia y desprecia todo lo que hace que la vida merezca la pena ser vivida. La convivencia entre las diferentes religiones y visiones del mundo, la ciencia y la investigación entendidas como maneras de resolver los problemas de la Humanidad, en suma, la paz.

Por eso, aunque uno no esté para nada de acuerdo con que la religión entre en las escuelas, ninguna religión, el proyecto de ley del Gobierno le parece una cosa triste, porque representa un intento de parlamentar con un estado de cosas que es cada día más amargo y que, digámoslo ya, no puede tener buen fin.


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