Caídos en el Valle

Escribir es abrir los ojos, ver las cosas y contarlas. Así era el Valle de los Caídos (hoy Cuelgamuros) cuando Franco aún estaba enterrado allí.

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NOTA: Este artículo se escribió cuando Franco aún estaba enterrado en Cuelgamuros y el sitio aún se llamaba Valle de los Caídos.

En un coche alquilado, blanco, llegan a las puertas del Valle de los Caídos el escritor y su compañía, la cual le sirve de chófer por carecer el plumillas de los permisos necesarios. Paran el vehículo frente a una garita. Son las once de la mañana de un día soleado y radiante. Se dirige a ellos un guardia :

Buenos días ¿Vienen ustedes a visitar el Valle?

Sí, señor.

-La entrada son nueve euros –¿Neun Euros? Dice la persona al volante, que sabe español y se escandaliza por la clavada. Saca el plumillas la tela y el guardián le tiende dos boletos rojos en los que pone Santa Cruz del Valle de los Caídos, Tarifa Básica -¿Cómo será la Premium?-.

El guardián, algo apocado, como si tuviese que pedir disculpas por algún secreto sombrío, se extiende en más explicaciones:

A las once es la misa, que es “en gregoriano” –sic- si se da prisa, todavía llega.

(Quien conduce dice en alemán “¿A las once?” pues ya son las once y diez, no sé qué vamos a ver).

Sonríe el plumillas, da las gracias y el coche blanco emprende el camino a través del pinar fragante. El escritor se sorprende de la pervivencia en la memoria de los recuerdos de la primera infancia. Estuvo en el Valle cuando era un niño muy pequeño, pero se acuerda perfectamente del trayecto, de la carretera gris pensada para grandes afluencias de turistas (afluencias que, afortunadamente, no parecen producirse muy a menudo), del olor de los pinos, del silencio serrano.

Después de tomar el desvío necesario llegan el español y su acompañante a un aparcamiento semivacío al pie de la explanada de la basílica. Dos locales, que quizá fueron pensados originalmente para albergar tiendas de recuerdos, exhiben sus puertas y escaparates cegados. En la cima del monte, la Cruz.

Empieza a sentir el escritor una vaga incomodidad. Incomodidad que no le ha asaltado, por ejemplo, al visitar los vestigios de otros regímenes totalitarios, por ejemplo, la criminal dictadura hitleriana. En la explanada frente a la basílica, un grupo de adolescentes franceses tontea, se ríe y merienda y el escritor se pregunta qué pensarán, qué les habrán explicado y cómo interpretarán ellos la plaza, la explanada, la gran escultura de la Piedad recientemente restaurada (una piedad en la que la Virgen tiene unos ojos hundidos y ciegos de actriz del cine mudo). El panorama de la sierra es, por lo demás, imponente. En las rendijas del enlosado de granito crecen malas hierbas.

-¿Entramos?

Entra el escritor por la puerta coronada por un arco de medio punto. Se encuentra con un control de seguridad que incluye un escáner aeroportuario y un arco detector de metales instalados desde que un grupo terrorista (los GRAPO) intentaron volar la basílica. Se saca todos los chismes de los bolsillos.

-¿Las monedas también?

-No hace falta.

Los funcionarios de seguridad los cuales, probablemente, no están adscritos a la Basílica, son muy amables y no parecen haberse contagiado (aún) del ambiente tétrico que reina en el recinto.

El lugar es francamente desolado y árido, y el escritor no encuentra ningún detalle amable en el que apoyar los ojos. Piensa el escritor que es normal: ningún régimen totalitario, salvo quizá los emperadores romanos, ha producido nunca un arte realmente valioso.

A mano izquierda, queda una tienda de recuerdos y luego empieza un largo túnel, parecido al de Minas Tirith en El Señor de los Anillos (probablemente, los diseñadores del film buscaron aquí algo de inspiración).

Cuando los ojos se acostumbran a la penumbra, se distinguen dos ángeles con espadas y un enorme enrejado de pretensiones herrerianas. Se perciben también los cánticos de la misa, al fondo, como si se tratase de un ritual de nigromantes celebrado en las entrañas de la tierra. El escritor empieza a sentir un enorme desconsuelo e, instintivamente, se pone la mano derecha sobre el corazón. Su compañía va y viene observando las “obras de arte” que intentan aliviar la vaciedad de lo que, por lo demás, tiene todo el aspecto de un túnel ferroviario fuera de servicio.

La basílica está decorada con lo que parecen (y probablemente sean) imitaciones de arte antiguo –gótico y renacentista- por lo demás casi totalmente carentes de otro valor que el precio de las materias primas empleadas en su realización. En general, responden a una cierta idea de kitsch religioso que el escritor no tiene más remedio que asociar al Opus Dei y otras organizaciones afines. Una categoría en la que caben los bargueños de fórmica, los sillones frailunos y los cristales biselados que eran presencias infaltables de las consultas de todos los médicos de pago de su infancia.

Avanzan el escritor y su acompañante hacia donde intuyen que se celebra el culto –les llegan los ecos de los cantos- a esto que ¡Cataplás! Se apagan todas las luces de improviso y al escritor casi le da una embolia. Se tranquiliza cuando se da cuenta de que es un golpe de teatro que los monjes se permiten en el momento de la transustanciación.

Se hace de nuevo la luz y el escritor y su compañía centroeuropea llegan ante una escalerilla que conduce a los bancos de la Iglesia. Guarda su pie un tipo que, francamente maleducado –y nunca mejor dicho- les espeta:

-¿A qué vienen ustedes?

Toma la palabra el escritor, moderadamente acojonado:

-A sentarnos, digoooo a ver la misa.

Conseguido el salvoconducto, se sientan el escritor y su compañía. Mi paz os dejo, la paz os doy, daos fraternalmente la paz. En el altar, pequeño lío de sotanas que se dan la mano. En algunos casos, dado lo estrecho del espacio y la superpoblación de curas (más de diez) la integridad de algunos páteres corre gran peligro –particularmente uno cojito, el hombre, que casi se parte la crisma al intentar darle la paz a otro que no tenía a mano-. En la bancada, el pueblo de Dios, de número más reducido que el de clérigos, también se da las manos. La paz sea contigo. El escritor y su compañía intercambian deseos de concordia con dos señores circunspectos, ninguno de los cuales cumple ya los cincuenta, y esperan a que se acabe la música (la parte austriaca de la visita, por cierto, anda escandalizada de que se prive a un coro de niños de sus clases para participar en la liturgia: en clase, aprendiendo las raíces cuadradas, es donde debían de estar los críos y no cantando tontadas. No sirve de nada convencerle de la necesidad, inscrita en el decreto fundacional del Valle, de rogarle a Dios por España, a la que por lo visto le hace mucha falta que rueguen por ella. En Centroeuropa son más de enseñarle a los críos cosas útiles).

Trminada la misa, se permite visitar las tumbas de Franco y de Jose Antonio, situadas en el eje que, prolongado, llega hasta El Escorial (monumento que, por cierto, gozó de gran predicamento entre el facherío hispánico).

El escritor le enseña a su compañía la tumba de Franco y queda en suspenso unos segundos, sumido en sus pensamientos. El tipo malencarado de antes piensa que la pausa obedece a que el escritor está tomando una foto clandestina (la pertinaz prohibición no es más que un acicate para violarla, pero bueno). No es el caso. A gritos, el fulano le increpa:

-¡Caballero! Nada de fotos.

El escritor, que debido a su vida en Centroeuropa ya no está acostumbrado a según qué cosas, se apoca y pide disculpas por algo que no había pensado hacer. Huye en cuanto puede, mientras el fulano malhumorado se distrae ordenando los restos del ritual allí celebrado y que, según sospecha el escritor, no contribuirá nada a la reconciliación nacional.

La luz del sol devuelve al alma del escritor algo de sosiego.

Mientras está sentado en un poyete, comiéndose una manzana, no puede evitar pensar en lo que él haría con “el monumento” si tuviera poder suficiente para decidir su destino. Lo mejor hubiera sido que nadie hubiera estropeado un trozo tan bonito de la sierra con semejante construcción pero, ya puestos ¿No estaría bien convertir algunas partes en un museo? (de verdad) O sea, enseñar fotos de la construcción del sitio, de los presos que trabajaron en ella, crear un centro de documentación para que los historiadores pudieran arrojar algo de luz sobre este trozo de la historia y para que los visitantes pudieran aprender el parentesco (y las diferencias) entre el nazismo y esa amalgama confusa que fue el franquismo.

Austria, como siempre, da la clave:

Todo muy “impresivo” pero la iglesia estaba llena de manchas de humedad.

 

 


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