Los Soles del Sur estrenan «Rumores»

Los Soles del Sur estrenaron ayer la divertidísima comedia “Rumores” demostrando que la risa es un territorio en donde nadie les puede poner un pero.

26 de Noviembre.- La dificultad del cine musical consiste en que en él hay que hacer convivir dos planos de realidad. Y hacerlo aceptable para el espectador. Me explico: la realidad normal de todos los días es la conversación de los actores, lo que sucede en la película y luego está la „realidad“ de las canciones y los bailes. La dificultad estriba en que el público acepte que, en un momento dado, dos actores estén hablando y al segundo siguiente empiecen a dar unos pasos de baile y se pongan a cantar.

Cuando somos pequeños, esto no es ningún problema (de hecho, Disney ha construido un negocio de miles de millones sobre esta base) pero, conforme vamos creciendo, nos volvemos más resistentes a creer en los milagros y, por lo tanto, el director tiene que ser más astuto a la hora de hacernos entrar en el juego.

La nueva comedia que ayer estrenaron los Soles del Sur es un ejemplo perfecto de todo esto.

La primera escena, con dos personajes en escena, sirve para darnos la premisa de la trama y se desarrolla aún en un entorno más o menos realista (desquiciado, pero realista al fin y al cabo). Sin embargo, poco a poco, conforme avanzan los minutos hasta llegar a la conclusión (un tanto precipitada, por cierto, luego explicaré el porqué), “Rumores”, que así se llama la comedia, va avanzando hacia un territorio que solo tiene algunos puntos de contacto con la realidad, en el que los actores se entrecruzan en sucesivas vueltas de tuerca de una situación a otra, exprimiendo todas las posibilidades de la risa. Desde la comedia puramente física a la comedia payasa, pasando por la comedia seria, que es, sin duda, la más difícil de todas.

¿A qué me refiero con comedia seria? La comedia seria es la traducción a la risa de eso que se dice siempre de que “drama es cuando llora el público, no cuando lloran los actores”. O sea, escenas que los actores interpretan absolutamente en serio, pero que hacen tirarse por el suelo de risa al espectador. Quizá podría hablarse de humor “de situación”.

Ayer por la tarde, los Soles del Sur recorrieron todos estos caminos, y los recorrieron como lo que son: como una máquina bien engrasada, al estilo de las antiguas compañías de repertorio, en donde cada actor conoce al otro y en donde, es clave, todos se compensan y aprovechan las fortalezas de todos.

El asunto tiene todavía más mérito si se considera, además, que el texto de Neil Simon -o su adaptación a un hipotético Madrid de los ochenta- es una máquina endiablada por la velocidad que exige, una velocidad en donde fallar a la hora de recoger un pie de un compañero implica que el siguiente chiste se pierda y que una de esas vueltas de tuerca de las que yo hablaba antes no tenga el éxito que debería de tener.

No pasó, que yo sepa, en ningún momento y, si pasó, ni yo ni el resto del público asistente nos dimos cuenta.

Personalmente, yo no tengo más que admiración por todos los que se subieron ayer al teatro Arché, cuya memoria garantiza que jamás tendrán Alzheimer.

Más arriba, mencionaba la dificultad de hacer que nosotros, los espectadores, entrásemos sin enfadarnos en el territorio de la fantasía, pero esta dificultad, como a nadie se le escapa, lleva aparejada otra y es la de guiar al público, suavemente, a la puerta de salida del país de los sueños. O sea, cerrar la trama o, como hubiera dicho Umbral con una de sus elegantes metáforas, ponerle la cuerdecita a la morcilla para cerrarla.

Siendo sinceros, esta es la parte más complicada de defender del texto de Neil Simon, por una razón muy lógica: al seguir la premisa de empezar la trama con un terremoto y, de ahí, hacia arriba, llega un momento en el que la montaña rusa alcanza una velocidad que no se puede parar utilizando las reglas del realismo.

Neil Simon, entonces, se pone a porta gayola y lo fía todo a la complicidad que espera haber creado con el público, en una escena que, para funcionar como Dios manda, necesita de dos cosas que ayer se dieron en grado superlativo: por un lado, un actor sobresaliente (para no destripar la trama, no diré su nombre) y por otro, el mimo en la dirección para que el público solo vea, solo mire, solo piense, solo esté colgado, de lo que está diciendo ese actor.

(Por cierto, y en general, es un milagro ver cómo escuchan y reaccionan todos a lo que va sucediendo cuando el foco no está en ellos. Lo que da la medida de la calidad de un actor es lo que está haciendo cuando piensa que el público no se está fijando en él).

De nuevo: solo por esa escena final, que en otras manos podría haber terminado en catástrofe, hubiera merecido la pena ir a ver Rumores ayer, al teatro Arché. Pero es que hubo más cosas que hicieron que mereciese pagar el precio de la entrada. Sobre todo las risas. Muchas risas.

Aparte de la competencia actoral, y ya para terminar, me gustaría mencionar la labor de caracterización, peluquería y maquillaje, que es un refuerzo eficacísimo para darle credibilidad a los actores.

Como dijo ayer una de las personas que componen la compañía, los Soles del Sur cumplirán el año que viene quince años y han entrado en una etapa de robusta adolescencia. Yo diría, además, que tener una compañía de teatro en español así, en Viena, es un lujo en estos tiempos. Que sea por muchos años.


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