
El artículo de hoy no se hubiera podido escribir sin la existencia de la Unión Europea. Que nos dure muchos años.
7 de diciembre.- Estos días atrás, el magnate de las telecomunicaciones Elon Musk declaraba que era necesario „abolir“ la Unión Europea, al objeto de que los Gobiernos de los diferentes países pudieran „representar mejor a sus pueblos“. Desde el punto de vista de Elon Musk y de las grandes transnacionales americanas, la mera existencia de la Unión es, obviamente, un problema. Aunque parezca lo contrario, es muchísimo más fácil negociar con veintisiete entidades diferentes que hacerlo con una sola entidad que las agrupe a todas. Su historia reciente ha demostrado que “juntos somos más”. Este es, por cierto, el interés de Donald Trump por alimentar a los partidos de extrema derecha europeos, lo mismo que lleva años haciendo Rusia, al objeto de minar en lo posible la confianza de los ciudadanos en una Unión que, por lo general, no nos ha traído a los europeos más que cosas buenas.
El que esto escribe es un ejemplo claro de esto. La facilidad de residir en otro país de la Unión, en donde puedo hacer mi vida sin ningún inconveniente práctico, es producto de la existencia de la Unión Europea y de los tratados que la sostienen y la hacen posible. La historia que traigo hoy a estas páginas de aire lo es también.
Como saben los lectores de Viena Directo, la navidad es el deporte nacional no solo de Austria, sino de Centroeuropa. Viena es un nodo de comunicaciones excepcional y, desde la Hauptbahnhof se pueden alcanzar muchas ciudades próximas, en países aledaños a esta pequeña república.
Ayer, junto con un risueño grupo de amigos, visité la ciudad checa de Brno. Fue una excursión pacífica, cómoda, ecológica y agradabilísima, que es, por sí misma, una propaganda eficacísima de lo que supone la Unión.
Para experimentar, decidimos hacer la ida en un autobús regional y la vuelta en el tren. En ambos casos, escogimos los sitios más caros. Ida y vuelta nos salieron por menos de veinticinco euros.
El autobús era de dos pisos y se podía tomar café gratis, que iba incluido en el precio del billete. Frente a las ventanillas y durante un par de horas desfilaron los mullidos campos de la llanura que llega hasta Kiev, hasta que llegamos a Brno, antiguo polo industrial de la monarquía austro-húngara, en la región de Moravia. La ciudad guarda muchos rastros de este pasado común, empezando por la propia estación de tren, que es del siglo XIX y muy parecida a lo que debió de ser la Hauptbahnhof (antigua Südbahnhof) allá a principios del siglo XX.
Las calles estaban animadísimas y llamaba mucho la atención que había muchos niños. El ambiente en general era festivo, pero la gente es, por lo general, más seria que en Austria. Aunque es cierto también que, en los sitios en donde entramos a consumir, fueron bastante amables e incluso, los más jóvenes, se atrevían con el inglés.
Visitamos el museo de Brno, que es, justo es decirlo, de cuando Vaclav Havel iba a la guardería. Los mismos vasos campaniformes de todos los sitios, los mismos esqueletos de todas partes y las mismas referencias a la historia local que nosotros no comprendíamos mucho, y mucha moqueta marrón y verde musgo.
A mí me dio por pensar que si, estando a ciento cincuenta kilómetros de Viena, había muchísimas cosas que me resultaban absolutamente ignotas (la mente eslava tiene una querencia por el surrealismo que no es fácil de comprender) qué pasaría si, un día de estos, nos tuviésemos que enfrentar a la tarea de entender lo que le pasa por la cabeza a una civilización extraterrestre o, mucho más cerca, la profunda incomprensión que debió de reinar entre los españoles polvorientos y roñosos que llegaron a América y la gente que ya estaba allí.
En los mercados de navidad de Brno reinaba, como ya digo, la animación. Había mucha gente con atuendos navideños (gorros, sobre todo) y también tengo que dejar constancia de una costumbre sumamente irritante, y es que hay a disposición del público asistente una campana que puede tocar el que quiera. Al principio, el tema de la campanita hace gracia y todo, pero a la media hora de campanazos te entran deseos de que los campaneros amateur se metan dicho artefacto sonoro por cualquier esfínter.
La vuelta fue en ferrocarril, con la ventaja de que en los trenes checos se puede pedir comida muy barata e incluso te dan una botellica de agua por defecto (!Aprende, Ryanair!).
En fin, que esperemos que ni Putin ni Trump se salgan con la suya y la Unión nos dure muchos años.
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