And I think it´s beautiful

imagen falsa creada con IA

En Austria hay un debate que es tan viejo como el mundo y es el de las cosas que tenemos que hacer los extranjeros cuando vivimos aquí.

17 de Diciembre.- Yo tengo dos cuentas de Instagram. Una, para mis proyectos fotográficos y la otra para mí mismo y mi mecanismo. O sea, una cuenta privada a la que tienen acceso solo mis familiares y demás seres queridos. En esta cuenta escribo, más que nada, pensamientos que tengo y no con mucha continuidad. La cuenta que uso más es la de mis proyectos fotográficos y claro, el algoritmo “lee” mis intereses y no tiene que estrujarse mucho los chips para ofrecerme contenidos que sabe que me van a interesar (vidas de grandes fotógrafos y cosas así). Como la cuenta personal la utilizo menos, el algoritmo tiene menos datos para ofrecerme recomendaciones, de manera que va “al bulto”. O sea, a cosas de las que se supone que basta ser español para que me interesen. Hay varias cuentas por ahí que tienen mucha aceptación y que están construidas sobre la base siguiente “en Inglaterra dicen “oh, my God” pero en España decimos “mala puñalá le den al payo”, and I think this is beautiful”. Píldoras así. La primera vez, hace gracia pero, si te pones a rascar un poco y a darle una vuelta a lo que podríamos llamar el fondo ideológico de esa manera de ver el mundo, te das cuenta de que es muy reaccionario. Parece que no, porque estás en Instagram y blablablá, pero es la versión moderna de esas pegatinas que se ponían en los coches cuando yo era chico. No se me olvidará la frase porque yo acababa de aprender a leer y no la entendía, aquello de “Ser español es un orgullo, pero madrileño (o toledano, o extremeño, o de Valdeajosporros) un título”. O sea, el franquismo redivivo.

Se trata de definir, en un país tan heterogéneo como es España, qué cosa sea ser español y es un indicio, a mi juicio, de dos cosas: primero, de que no debe de ser demasiado fácil definir qué diantres es ser español y, segundo, que alguien está bastante intranquilo porque ser español ya no es como cuando Paco Martínez Soria llenaba los cines. O sea, que el compañero de universidad de mi sobrina, de ascendencia china, es tan español como ella y, probablemente, por su herencia cultural, no se sentiría identificado con esas maneras tan carcas (y tan ordinarias en el fondo) de ser español.

¿Y a qué viene todo esto?

Cada seis meses, la oficina austriaca de integración realiza una encuesta para saber cómo es la convivencia entre los austriacos pata negra y los extranjeros que vivimos en Esta Bendita República.

El resultado más llamativo de la última oleada de este barómetro que se publicará mañana es que un noventa por ciento de los austriacos piensa que los extranjeros que vivimos aquí tenemos que adaptarnos a la “cultura” austriaca. Parece de sentido común, naturalmente. Sin embargo, no está demasiado claro qué cosa sea eso de la cultura austriaca. Recordarán quizá los lectores de Viena Directo que el anterior Gobierno de esta república gastó bastante dinero público en definir qué era eso de la cultura mayoritaria austriaca y que al final, básicamente por la imposibilidad de delimitar un territorio común y de llegar a una solución satisfactoria, el debate se dejó morir poco a poco. Bueno, casi. Se llegó a que ser austriaco era compartir una serie de valores que básicamente se reflejan en la carta de los derechos del hombre. Para ese viaje no se necesitaban alforjas, dado que la fe en los derechos humanos la comparten desde Tarifa a Rejkavic.

¿Qué es la cultura austriaca famosa a la que los inmigrantes tenemos que adaptarnos? ¿Es ser católico? ¿Y los protestantes? ¿O la gente que no es creyente? ¿O las personas de religión musulmana? ¿Se quedarán sin carné de austrianidad?

El barómetro también divide entre los refugiados ucranianos, a los que llama “desplazados por la guerra” y los “refugiados” a secas (flüchtlinge). Los austriacos perciben a los ucranianos como a gente más cercana “a su cultura” (de nuevo, a lo que eso quiera decir) y en gran mayoría sostienen que la convivencia con los ucranianos es buena o muy buena. En tanto que valoran negativamente a los pobres “fluchtlinge” asociados con la imagen que la extrema derecha da cotidianamente de esa pobre gente. Igual pasa con la valoración que los austriacos encuestados (1000 en una encuesta representativa) dan de la convivencia entre “austriacos” y “musulmanes” (como si las dos categorías no pudieran cruzarse y, de hecho, no se cruzan). Tengo que reconocer que a mí esta última valoración negativa me duele quizá lo mismo que si la encuesta dijera que los austriacos piensan que los españoles estamos hechos de la piel del diablo. Vivo rodeado de personas de religión musulmana. Son amigos míos, compañeros de trabajo, clientes en muchos casos. Y la verdad es que, no solo no tengo el mínimo problema con ellos, sino que, además, no soy capaz, por más que me empeñe, de diferenciar su cultura de la mía. Ni que decir tiene que, dejando aparte que no comen chorizo y morcilla (y no todos) no soy capaz de diferenciar su cultura de la de un austriaco que, por ejemplo, sea vegetariano.

En tiempos de mudanza y de tribulación, como son estos, la gente añora consensos pasados (aunque sean falsos). Este de la “cultura” es un debate que tiene un tufo muy fastidiado, a poco que se rasque. Porque en muchos casos, donde pone “cultura” antaño se ponía “raza”.


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