Fallece Arnulf Rainer, mito del arte austriaco

Hoy se ha conocido la noticia del fallecimiento del mejor artista austriaco de la posguerra: Arnulf Reiner.

21 de Diciembre.- En estos días nos ha dejado el actor argentino Héctor Alterio, a la edad de noventa y seis años. Hasta hace muy pocas semanas, ha estado trabajando y era probablemente uno de los intérpretes más ancianos del mundo.

Hoy se ha sabido que una personalidad equivalente, un gigante del arte contemporáneo y, singularmente, del arte contemporáneo austriaco, nos dejó el día 18 de diciembre exactamente a la misma edad, a los noventa y seis.

Arnulf Rainer fue una de las personalidades del arte austriaco de posguerra. Incómodo y radical, se planteó preguntas que pocos se habían planteado y lo hizo de una manera implacable. Si tenía que buscar las respuestas fuera de las reglas del arte tradicional, las buscaba y si tenía que saltarse los límites establecidos, se los saltaba.

Rainer nació en 1929 en Baden. En 1945, a los quince años, huyó de la ocupación soviética hasta Carintia, a la zona británica y allí clavó sus inquietos ojos azules en el arte contemporáneo que era en aquella época, ante todo, una toma de postura ideológica contra el fascismo que se derrumbaba. Quedó fascinado por la obra de Francis Bacon la cual, aún hoy, no deja indiferente a quien la ve. Y las formas torturadas y la abstracción del inglés le mostraron una manera nueva de hacer. Poco tiempo más tarde, en 1948, Reiner se encontró con otra figura que resultaría importantísima para él tanto a nivel artístico como a nivel personal: Maria Lassnig. Su taller conjunto fue un punto de encuentro de los artistas austriacos que se sentían frente al amanecer de un mundo nuevo que había perdido la inocencia después de los desastres de la guerra.

Cuando terminó la escuela, le admitieron tanto en la Universidad de Artes Aplicadas como en la Escuela de Bellas Artes. Estuvo en los dos lugares y los abandonó los dos al poco tiempo, sintiendo que en aquellos templos del academicismo reinaban todavía la estética y los presupuestos artísticos del nazismo.

Rainer se orientó hacia lo que se llamó el realismo fantástico y en los cincuenta, junto a otros contemporáneos suyos, como, entre otros, Ernst Fuchs, Ari Brauer y Josef Mikl fundó el “grupo de los perros” del cual era el último superviviente.

A principios de los cincuenta, junto con Maria Lassnig, viajó a París que era, en aquel momento, la meca del arte contemporáneo mundial. Conoció al pope del surrealismo, André Breton y entró en contacto con Jason Pollock, de vuelta en Viena, en 1953, realizó su primera exposición en solitario, en la galería de Otto Mauer, uno de los templos del naciente arte contemporáneo austriaco, junto a la catedral de San Esteban.

Por falta de materiales, Rainer buscó soportes alternativos al lienzo tradicional. Pintó sobre cuadros de otros pero, singularmente, sobre su propio cuerpo. Pintó con los ojos cerrados, a cuatro manos con chimpancés, bajo el influjo de las drogas, y descubrió la forma de la cruz como símbolo, no como elemento sagrado. A pesar de esto, realizó proyectos destinados a espacios religiosos, aunque siempre separó estos de los proyectos que no tenían un contenido sacro.

A mediados de los cincuenta vivía en una Villa sin amueblar en Baja Austria. Allí empezó con su etapa de las “Reducciones”. Esto es, pinturas sobre imágenes de Jesucristo, máscaras mortuorias o imágenes de mujeres desnudas. El asunto no era tanto destruir la obra de otros como “completarla”.

Más tarde, a finales de los sesenta, empezó con sus Face Farces. Pintaba sobre fotos de su propio rostro, cambiando su expresión. Después, empezó a ser agresivo con estas imágenes de sí mismo, a pintarlas con los dedos, a agujerearlas. Como un medio de aumentar la expresividad.

En los setenta le llegó el éxito internacional. La Documenta de Kassel, la Bienal de Venecia y, en 1978, la consagración con el premio del Estado austriaco (Staatpreis, equivalente a la medalla de oro de las bellas artes). En los ochenta, retrospectivas en el Pompidou, el Gugenheim y el (desgraciadamente desaparecido) Kunstforum de Viena. En 2009, se abrió en Baden, sus ciudad natal, el Arnulf Reiner Museum y con ocasión de su noventa cumpleaños el Albertina le hizo un gran homenaje.

Rainer se retiró en un momento dado del tráfago del mercado del arte y de los pormenores prácticos y organizativos se ocupaban su pareja y su hija. Pasaba los inviernos en Tenerife y los veranos en su taller en Alta Austria. Trabajó hasta el final ya que el trabajo era lo que le daba sentido a su vida. Presumía de no jubilarse de la pintura y de no coger vacaciones.

Quizá este fuera el secreto de su longevidad.


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