
Feliz año nuevo a todos los lectores de Viena Directo después de escuchar el mejor concierto de Año Nuevo en muchos años.
1 de enero.- Prosit Neujahr! O sea, feliz año nuevo para todos los lectores de Viena Directo, tanto para los que residen en Austria como para los que están por esos mundos. En 150 países hemos tenido la inmensa suerte de escuchar el concierto de año nuevo más bonito en muchos años.
En el momento en el que estoy empezando a escribir este artículo, el público ruge de alegría, puesto en pie, después de que el director Yannick Nézet-Séguin haya dirigido desde el patio de butacas una marcha Radetzky alegre y feliz en un concierto que ha estado lleno de afirmaciones y de recuerdos a propósito de lo que representa ser europeo. Es muy probable que el realizador de la ORF se esté acordando ahora de la mamá del director, que ha desencorsetado el concierto más planificado y menos improvisado de la televisión mundial. Sobre los créditos de la ORF, los vítores de los presentes en la sala, los bravos y, por qué no, la emoción.
Gustav Mahler decía que le gustaría que el fin del mundo le pillase en Viena, porque aquí todo pasa cincuenta años después. Pues cuando el mundo es recorrido por una nauseabunda ola reaccionaria, cuando el trumpismo y el fanatismo religioso ponen sus patazas sucias sobre todo lo que merece la pena de la vida, los filarmónicos se han despertado y han tomado una serie de decisiones históricas. En primer lugar, la elección del director que lo tiene todo para que Donald Trump no haya querido ver el concierto: un canadiense, abiertamente homosexual, que ha dirigido a la orquesta ataviado no con el tradicional chaqué, sino con un traje que coronaba un broche de forma aproximadamente oval y, desafiando las convenciones de género, con las uñas pintadas de un elegante color gris.
Luego, el repertorio, junto al tradicional ramillete de escogidas melodías decimonónicas de la familia Strauss y continuadores, una pieza de una compositora afroamericana, que llevaba por título el Vals del Arcoíris.
Y finalmente, el saludo, tradicional, del director al mundo y que, a estos efectos, cuenta probablemente más que la bendición urbi et orbi que el papa lanza desde la Plaza de San Pedro del Vaticano.
Nézet-Séguin ha comenzado en francés, en su lengua materna, y ha deseado a todos (urbi et orbi) paz, consigo mismos, con los que tienen alrededor y paz entre las naciones (escucha, Donald) luego, ha continuado en inglés, deseando amabilidad, porque solo a través de la amabilidad, ha dicho, llega la paz y, por último, ha deseado que todos aceptemos nuestras diferencias y que las celebremos, lo cual, viniendo de quien venía y dicho en donde era dicho, con los representantes de la diplomacia acreditada en Viena en el patio de butacas, incluyendo, supongo, los representantes de los Estados Unidos, era la expresión de un deseo que todas las personas decentes comparten.
Asimismo, por todas estas cosas, y en un mundo convulso, las afirmaciones del director han sido una reafirmación de los valores de la Unión Europea, de la democracia liberal que nos asiste y nos ampara.
Musicalmente ¿Qué decir que no se haya dicho ya?
La filarmónica de Viena, como dice ahora la juventud, “ha servido coño”. Es una de las agrupaciones con más calidad del mundo, sus intérpretes (cada vez hay más “intérpretas”) le proporcionan un sonido distinguible y distinguido, identificable entre todas sus hermanas, las grandes orquestas del planeta.
Los viejos instrumentos, a veces tan baqueteados, el suelo de tablas del Musikverein, que data probablemente de cuando Beethoven jugaba a las canicas, el rigor y la inexpresividad de sus músicos, que buscan sin duda un parecido con Clint Eastwood (hoy nos reíamos en casa) hacen que represente lo mejor del alma austriaca, lo más entrañable de este pueblo que tanto ha aportado a la cultura de la Humanidad.
En fin, aunque al final el canadiense se haya desmandado un poco y el realizador de la ORF haya estado a punto de morir de un parraque (ha habido un momento en el que el director, perdido entre el público, era inencontrable por las cámaras y el realizador se ha visto forzado a pinchar un plano general) no hay, no ha habido y no habrá mejor manera de empezar el año nuevo que escuchar los acordes del Danubio Azul, que es sin duda el himno de la parte de la Humanidad que sabe apreciar los placeres de esta vida.

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