
Después de la invasión de Venezuela, acaecida hoy, el mundo se adentra en una época de incertidumbre con pocos (pero horribles) precedentes.
3 de enero.- Hoy, a las siete de la mañana, hora europea, el ejército de los Estados Unidos ha atacado Venezuela.
El gobernante autoritario que, hasta ahora, regía los destinos del país, Nicolás Maduro, ha sido depuesto, detenido y llevado a los Estados Unidos (a un barco de guerra, el Iwo Jima) y el presidente Trump ha declarado, en su grandilocuente estilo habitual, que caerá sobre Maduro “todo el peso de la ley”.
A nadie se le oculta que, bajo todos los pretextos, el ataque estadounidense tiene solamente un único objetivo: que las petroleras estadounidenses se aseguren el control de los pozos venezolanos.
Lo más probable es que se instale en Caracas un gobierno títere, dependiente de los Estados Unidos, para asegurar que el país norteamericano mantenga su influencia sobre lo que considera “su patio trasero”.
Más allá del derrocamiento del dictador venezolano y de su régimen, los hechos que hoy han sucedido son enormemente preocupantes porque, por primera vez, los Estados Unidos no han acudido a las instituciones internacionales para buscar una apariencia de legitimidad.
A pesar de lo criminal del régimen venezolano, la intervención estadounidense es exactamente igual y tiene los mismos motivos que la invasión rusa de Ucrania. El Kremlin codiciaba (codicia) los abundantes recursos de Ucrania; la Casa Blanca (Mar-a-Lago) codicia los recursos de Venezuela, en forma de petróleo y de gas.
La invasión de Venezuela es, más allá de las implicaciones a nivel local venezolano, una malísima noticia para el mundo. Por lo que tiene de ruptura del orden internacional que, hasta ahora, estaba vigente.
Es evidnete que hoy ha sido Venezuela, pero mañana puede ser cualquier otro país del mundo, cualquier otro trozo del planeta. Por ejemplo Groenlandia, territorio que está bajo el control de un país de la Unión Europea y que el Gobierno de los Estados Unidos dice “necesitar” por razones de “seguridad nacional” (esto es, por la riqueza minera de la isla ártica).
Las consecuencias para Austria de todo lo anterior son enormes, como lo son para el resto de los países.
Se abre ante nosotros un tiempo de incertidumbre máxima, parecido a los que precedieron a la explosión de la segunda guerra mundial.
Con un mundo en la encrucijada, Austria tendrá pronto que tomar partido y, más que probablemente, integrarse en una alianza defensiva. Y lo mejor será que todos crucemos los dedos para que la guerra se mantenga latente por muchos años, en un estado de desconfianza mundial. Aunque la experiencia dice que cuando el nacionalismo, combinado con el fanatismo religioso, se pone en funcionamiento, está asegurado que pase lo peor.
La Unión Europea representa el último oasis de democracia liberal en un mundo que se encamina a toda prisa a una lucha entre Gobiernos autoritarios y depredadores. Por un lado, el bloque ruso, violentamente nacionalista, que lleva décadas preparando a su población para una guerra a gran escala -a una escala mucho más grande que la guerra de Ucrania- y por otro lado, el autoritarismo depredador estadounidense, un Gobierno impulsado por el capitalismo salvaje de los mercaderes y su lucha insaciable por los recursos que permiten “optimizar el valor de los accionistas”.
En medio, la Unión Europea de la democracia liberal, la Europa de los ciudadanos, en cuyo interior fermentan fuerzas alentadas por uno y otro bando, las Alternativas por Alemania y demás partidos bestiales a favor de la presunta “libertad”. Las empresas norteamericanas codician también las materias primas de la Unión, principalmente los datos personales de millones de personas, los cuales son tan importantes hoy en día como el petróleo venezolano, quizá más en algunos sentidos.
No empieza bien el 2026 y nada garantiza que la cosa vaya a mejorar.
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