Una botella de plástico

Enero seco en Austria

Una botella de plástico

Muchas personas inician hoy el llamado “Dry January”. Para mí, en lo posible, son secos todos los meses. Y por una buena razón.

5 de enero.- La noche de San Silvestre tuve invitados a cenar en casa. Como cualquier persona sabe, eso significa que, si tienes gente que pernocta en tu humilde morada, a la mañana siguiente tendrás que darles de desayunar, con todo lo que ello implica.

En mi mocedad, como no tenía estas ocupaciones, no había problema si al día siguiente estaba hecho un trapo debido a la ingesta alcohólica. Ahora, que ya empiezo a ser un caballero de una cierta edad, tener invitados en casa implica que, si quiero rendir aceptablemente al día siguiente, no debo beber. O beber menos aún de lo poco que ya de por sí bebo. Desde hace más de una década, esta apuesta por la abstinencia me ha causado (y me causa) la fastidiosa necesidad de dar bastantes explicaciones a miembros de la población aborigen, que no comprenden que me esté privando del que presuntamente es uno de los placeres de la vida.

Lo que ellos no saben o, a lo mejor, no quieren entender, es que la bebida es para mí un sufrimiento, una tortura, un purgatorio. No bebo, básicamente, porque el alcohol me sienta horriblemente. Y claro, cuanto menos bebo, pues peor me sienta. No tengo ni siquiera la excusa que tienen algunos de mis conciudadanos, eso de “es que con el garrafón se pone todo el mundo malo”. No. Yo me pongo igual de enfermo con el champán caro (Veuve Cliquot, he hecho el experimeto) que con el vino de “El tío de la bota”. Y lo que es peor: no me hacen falta grandes cantidades. Con una copa de lo que sea, me basta. Me es absolutamente ajeno ese sentimiento de satisfacción que tienen algunos de “quando arrive a casa, me voy meter un copazo porque yo lo valgo”. En mi caso, si quieres dejarme fuera de combate, dame algo con un poco más de graduación de una cerveza (reconozco que, en verano, si está fresquita, está muy rica; pero una).

Ya, de las guarradas tipo “Berliner Luft” (una cosa que sabe a colutorio y que lleva una cantidad insensata de azúcar) ni hablo. Ni tequilas, ni chupitos, ni hierbas, ni “maestro de cazadores”, ni nada de nada. Todo lo más, un gintonic flojito pero puedo pasar perfectamente sin.

En la noche de San Silvestre había un hombre que no bebía, nada. Ni siquiera el par de dedos de champán para brindar que yo tomo porque no quedan más cojones. Y el pobre hombre tuvo que justificar su abstinencia como a mí me ha pasado muchas veces con un malhumorado “por razones médicas” que es la única manera de que los austriacos se avengan a razones.

En Austria, especialmente si eres hombre, poco menos que tienes que explicar que no bebes porque te estás muriendo de un cáncer terminal, que el alcohol te interfiere con la quimio y que no quieres añadir sufrimiento al sufrimiento. Si no, no te dejan tranquilo. Y cuando te dejan tranquilo, no tienes nunca la seguridad de que la gente no vaya a hablar por ahí de la calidad birriosa de tu testosterona.

Hoy leo en el periódico que, con motivo de eso que se llama “Dry January”, que no es otra cosa que darle un poco de tregua a las transaminasas después de los excesos navideños, el instituto austriaco de estadística ha publicado que Austria es el tercer país de la Unión en el que el alcohol es más barato. Un once por ciento por debajo de la media europea. El país en el que es más caro emborracharse es Dinamarca (un veintitrés por ciento por encima del nivel medio de la Unión Europea) así que los pobres daneses van a tenerlo mal cuando tengan que ponerse a beber para olvidar que Trump les ha robado Groenlandia en otro movimiento maestro de los suyos. Uno no quiere que pongan el vino a precio de oro molido, eso tampoco, pero estaría bien que la gente tuviera un poco más de comprensión para los pobres que, como uno, tienen el estómago poco resistente al etanol.


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