Acalorados debates en la diáspora venezolana en Austria

Mientras los Estados Unidos se esfuerzan por convertir Venezuela en una democracia, la diáspora venezolana en Austria debate acaloradamente.

8 de enero.- Empecé a escribir esta página todos los días en octubre del año 2006. Por aquella época, yo tenía un amigo español, Pablo, que era un convencido del chavismo. En España, por alguna razón, lo que pasa en Latinoamérica siempre produce reacciones muy sentidas a favor o en contra. Y Pablo estaba convencido de que el chavismo era la pera limonera.

Como es natural, a mí la política interior de Venezuela me interesaba regular pero, como pasa con todas las dictaduras, no podía pasar por alto su folklore de mandatarios en chándal y lenguaje grandilocuente. En aquellos momentos, Viena Directo andaba todavía buscando una línea editorial y yo escribía prácticamente a propósito de todo lo que me hacía gracia o me preocupaba, sin que tuviera necesariamente que ver con Austria. Uno de los artículos de Viena Directo de aquella etapa algo anárquica tuvo que ver con el chavismo y Venezuela, y con aquel folklore que, si bien se mira, es igual de ridículo en todas las dictaduras.

!En buena hora lo escribí! A pesar de que era un artículo amable, Pablo cogió un cabreo monumental y me dejó de hablar, al grito (escrito, pero grito) de que yo era un reaccionario y poco menos que un fascista.

Hombre, me hubiera gustado haber conservado su amistad, pero el que él la rompiese por un motivo tan banal, me hace pensar que todo fue para bien.

Hace algunos días, como es público y notorio, los Estados Unidos de Norteamérica intervinieron el Estado venezolano y destituyeron al presidente Nicolás Maduro, otrora conductor de autobús (un oficio honradísimo, por otro lado). Con plena complicidad de su vicepresidenta (no tengo pruebas, pero cualquiera que tenga dos ojos en la cara no puede tener dudas), consagraron un chavismo (o un „madurismo“) sin Maduro. Acto seguido, tras el Estado intervinieron la industria petrolera venezolana, fundando de facto, en Venezuela, una colonia o, por lo menos, un estado satélite.

En aquel momento, yo escribí que la intervención se trataba de una mala noticia para el mundo por el precedente que sentaba (los pocos días que han pasado me han dado la razón, me parece) y un cierto número de lectores me dirigieron acerbos reproches, irónicamente de sentido contrario a los de mi (ex)amigo Pablo. O sea, me llamaron comunista, bolivariano y demás lindezas. Alguno que otro, indignadísimo, incluso me dejó de seguir en las redes sociales, forma suprema con la que una persona moderna manifiesta su descontento.

Con calma, a aquellos que me quisieron escuchar les dije lo que repito hoy, esto es: que la misión que me he fijado en estas páginas de aire no es escribir lo que quieran mis lectores que escriba, sino describir la realidad según mi leal saber y entender. Por una razón sencilla: es imposible tener contento a todo el mundo y, generalmente, la realidad de las cosas siempre le molesta a alguien.

Conste que no cuento todo esto para lamerme las heridas ni justificarme (!Nada más lejos de mi intención!) sino para explicar a quien quiera entenderlo que el lema de este espacio podría ser aquella frase de Katharine Hepburn: „Haz lo que más te guste -o lo que debas, tanto da- y por lo menos habrá alguien contento“.

Desde que la intervención de los Estados Unidos tomó carta de naturaleza, observo con mucha curiosidad los diálogos que se han establecido en las plazas públicas cibernéticas de la diáspora venezolana en Austria.

En general, son acalorados y se observan tres actitudes: por un lado, la de aquellos que están más de acuerdo con lo sucedido y más dispuestos a justificar lo que es poco justificable: esto es, que los Estados Unidos han atropellado el ordenamiento jurídico internacional en aras de un interés groseramente económico, el cual es controlar la mayor reserva mundial de petróleo. Los argumentos de estas personas vienen a reducirse a uno solo: no importa cómo se haya hecho ni lo que se haya hecho, lo que cuenta es que Nicolás Maduro haya sido depuesto. Cuando uno intenta -yo lo he intentado- explicarles que el fin no justifica los medios, su respuesta varía. Los hay que defienden que lo sucedido no es ni más ni menos que lo que suele llamarse „real politik“ (este parece ser el argumento de la extrema derecha austriaca, también, sin que sea esto un juicio sobre los venezolanos que esto opinan, claro) que el mundo ha sido así toda la vida y que bienvenido al siglo veintiuno (es un poco como cuando los ultras se quejan del „buenismo“) otro argumento es ese de „si no has vivido en Venezuela no opines“, fórmula admirable que presenta innúmeras variaciones a cual más sugestiva.

La otra variante es la de aquellos que piensan que el sistema llamado „chavismo“ tiene algo que ver (aunque sea remotamente) con una ideología progresista comparable a la socialdemocracia europea en el sentido clásico del término. Estos acusan a los primeros de fachas, reaccionarios, etcétera.

Por último, como suele suceder en estos casos, también hay una pequeña minoría que intenta sin mucho éxito poner las cosas en su sitio y defiende lo evidente. Esto es, que decir que lo de Estados Unidos es una atrocidad, no quiere decir defender la dictadura de Maduro. O sea, que no hay un tirano que sea mejor que otro tirano. Estos se distinguen de los dos anteriores en que, de momento, no han acudido a las inmensas posibilidades que nos ofrece la inteligencia artificial para producir vídeos falsos, memes insultantes y demás material propagandístico.

Me gustaría creer (y, de hecho, lo creo) que mi visión del sentir que reina en la diáspora venezolana en Austria está sesgada por un hecho tan desgraciado como inevitable. Es el siguiente: en internet suelen manifestarse solamente las opiniones más extremas y el algoritmo favorece aquellos posts que tienen más reacciones, que suelen ser las más acaloradas.

El estado de las cosas no promete que los ánimos vayan a calmarse próximamente aunque, a la velocidad que van las cosas, es bastante probable que el asunto Venezuela pase mañana a segundo plano, acallado por otra burrada aún peor.

Una cosa está clara: que aquí estaremos para contarlo con la mayor ecuanimidad posible.


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