
La noticia de hoy es el tiempo. El este de Austria ha amanecido convertido en una pista de patinaje gigante.
13 de enero.- La noticia de la que todo el mundo habla hoy en Austria es el tiempo. Y no es para menos. Debido a las temperaturas polares, el este de Austria ha amanecido convertido en una pista de patinaje gigantesca. Las aceras, intransitables (o transitables con cuidadín, para no romperse el jander guander) el aeropuerto de Viena, cerrado por la peligrosa situación de las pistas. La Estación de Tren central (Hauptbahnhof) tanto de lo mismo, y los sufridos usuarios de los transportes públicos, entre los que me encuentro, diciéndose que lo mejor en un martes y trece es tratar de no salir mucho de casa para no tentar al destino.
Anoche estuvo nevando hasta la madrugada, pero después sucedió una cosa realmente infrecuente, llovió un poquito sobre la nieve y luego se registraron temperaturas muy por debajo de cero. El resultado es que sobre las partes lisas de las calles había esta mañana por lo menos un centímetro de hielo perfecto, liso como una plancha de acero “inolvidable”, como un cristal pulido. A las seis y media de esta mañana, cumpliendo mi obligación de buen ciudadano, he estado limpiando de hielo la acera frente a mi casa y con el resultado hubiera podido preparar varios cientos de mojitos.

Como quería sobrevivir sin romperme nada, he recorrido después el trayecto que me separaba de mi parada de autobús habitual a paso de geisha, poniendo mucho cuidado en no pisar en las partes lisas del hielo. El asunto, queridos lectores, es intentar pisar en sitios en donde los zapatos tengan agarre. Idealmente, sobre sitios en donde haya tierra debajo. Si no hay más remedio que pisar sobre el hielo directamente, hay que intentar no deslizarse (no siempre es fácil). Otra cosa que hay que tener en cuenta es que es mejor no salir a la calle con zapatos de deporte de suela lisa, tipo sneakers y cosas semejantes. En fin: este trayecto que normalmente hago cada mañana en cinco minutos me ha durado el doble hoy.
He llegado incólume al tren que iba lleno de gente (muchos han pensado “hoy no cojo el coche ni loco”). Cuando la gente se bajaba en las estaciones, era curioso verles intentando ayudarse a no partirse la crisma. Amanecía despacio sobre los campos nevados de los alrededores de Viena. Desde el tren, uno pensaba “qué bien, aquí calentito”. Como si alguien hubiera oído mis pensamientos, de pronto, el tren se paró en una estación. La voz compungida del maquinista, por la megafonía, nos informó de que la Hauptbahnhof estaba cerrada hasta nuevo aviso. Vaya por Dios.
Dos horas de reloj parados y uno pensando en que la situación era como una novela de Agatha Christie, que lo único que faltaba era un difunto con una daga clavada en un espacio intercostal, que sospechosos teníamos a cientos. Varios podcast después, el tren se puso de nuevo en marcha pero cuando parecía que íbamos a llegar a nuestro destino, en los arrabales de Viena nos han echado a todos del tren. Del calorcito ferroviario al frío de una zona industrial embadurnada de una masa negruzca (la nieve, cuando se derrite, es una porquería viscosa).

Por suerte ha pasado un autobús. Después de superar las correspondientes apreturas y de ver a gente que oscilaba entre la resignación y la risa, hemos aterrizado en una boca cualquiera de metro. Para mí, una boca de metro inexplorada. Por fin, he conseguido llegar a mi trabajo. Cuatro horas después de haber salido de casa. Como si hubiera volado a Madrid, vaya.
El día ha dejado muchas imágenes inusitadas y por lo tanto, memorables, por ejemplo, se ha utilizado por primera vez desde 2017 un rompehielos para liberar el puerto fluvial del Danubio. Abrigarse y a permanecer a cubierto. Por cierto, los pronósticos del tiempo dicen que lo peor ha pasado y que las temperaturas deberían empezar a subir pronto.
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