El lunes más azul

La ciencia dice que el tercer lunes de enero es el día más triste del año. Eventos en España y en el resto del mundo no invitan a la alegría.

19 de enero.- Hoy dice la ciencia que es el día más triste del año. El Blue Monday. Es inimaginable estar más triste de lo que estamos, debido a las consecuencias del accidente ferroviario que le ha costado la vida, de momento, a treinta y nueve personas. Es el momento de hacer lo que se pueda en silencio y con respeto por el dolor de los familiares que han perdido a sus seres queridos. Y es el momento de, aunque sea por esta causa, apagar el ruido de opinadores desaprensivos que pagan con la sangre de los muertos por un minuto de nuestra atención. Es probable que tarden en saberse las causas exactas de lo sucedido pero una cosa está clara: para las treinta y nueve personas que viajaban en el tren y que ya no llegarán a casa, lo que aconteció ayer ya es irreparable.

Por lo demás, el mundo (y Austria con él) sigue inmerso en la perplejidad. Quien haya leído Yo, Claudio o Los Doce Césares, de Suetonio, sabe a qué atenerse. Para los demás, la situación actual, con el presidente de los Estados Unidos, la nación más poderosa de la Tierra, queriendo hacerse con la isla de Groenlandia, recuerda a una cosa que me sucedió exactamente el día de mi cuadragésimo cumpleaños. Trabajaba yo entonces en una empresa que comerciaba con la parte francófona del mundo árabe. Uno de los clientes, no el más grande, precisamente, tenía una filial en Francia. Era una mujer de nombre árabe que pedía muy pocas cantidades del producto -pollo frito, pongamos- que nosotros vendíamos. Siempre daba problemas que se intentaban llevar con paciencia. Un día, ese día de mi cuarenta aniversario, la mujer aquella llamó por teléfono y sin encomendarse a Dios ni al diablo, empezó a soltar por su boca todo lo que se le ocurrió. Me llamó de todo menos guapo pero, como me lo llamó en francés, yo reaccioné pensando que aquello no podía estar pasándome a mí, que tenía que tratarse de una broma. Con la esperanza de apaciguarla, sonreí un poco, traté de aparentar un tono jovial y entonces, la gaznápira aquella, me espetó:

-¿De qué se ríe usted?

Y yo, inmediatamente, me tragué la risa y comprendí, demasiado tarde, que la conversación era, por lo menos del lado de ella, completamente en serio y que se proponía insultarme como nadie me había insultado nunca en un contexto profesional.

Si no supiéramos que es perfectamente en serio, o sea, que viene de una persona que no está en sus cabales pero que es perfectamente en serio, probablemente en el Gobierno danés se hubieran muerto de risa al leer de Trump que “Como ustedes no me han dado el Nobel de la Paz, no me siento obligado a pensar en términos pacíficos” (con referencia a Groenlandia). La amenaza es siniestra y patente, y en el contexto en el que Trump se mueve, como centro de un grupo de supremacistas blancos, ultranacionalistas y fanáticos religiosos, tiene muchos visos de hacer que lo inconcebible, de pronto, se vuelva concebible, del mismo modo que las mayores salvajadas (véase Suetonio) se volvían concebibles viniendo de Tiberio o de Calígula, ante la incredulidad de los romanos del siglo primero de nuestra era a los que les entraba la risa nerviosa cuando su emperador les mandaba suicidarse para heredar sus bienes.

Los romanos del siglo primero tenían una ventaja con respecto a nosotros. Mientras que los desmanes de Calígula y de Tiberio afectaban, en principio, a una élite muy reducida de personas, las canalladas de Donald Trump y sus juegos con fuego con la paz mundial tienen un potencial explosivo que puede causar millones de muertes. Como sucedió con el ascenso del nazismo, con el que el Gobierno de Trump está cobrando parecidos cada vez más inquietantes, seguramente quedan en los pasillos del poder americanos personas sensatas que se preguntan qué hacer cuando una persona que, lo repito, no está en sus cabales, se ha apropiado de los resortes del Estado. Donald Trump es, como lo fue Hitler, un instrumento de la oligarquía y, por lo que parece, el indicio más evidente de la caducidad de los Estados Unidos como potencia hegemónica.

En tanto que miembro de la Unión Europea, y no de los más importantes, Austria solo puede asistir con la sangre helada al ascenso un astro cruel e intentar recomponer a toda prisa sus instituciones y su democracia para que puedan soportar el ataque más fiero que han sufrido en el último siglo. El mundo, y Austria con él, se asoma a un abismo y a una época de depredación. El canciller Stocker ha dicho hoy que Austria, como miembro de la Unión Europea, se atendrá al uso que las instituciones europeas hagan de los instrumentos que esas mismas instituciones se han dado.

Sin embargo, hay que conservar la esperanza. La única gota de blanco en este lunes azul es que los malos, al principio, siempre parece que ganan. Pero un orden basado en la falta de reglas, en la ley del más fuerte y en la arbitrariedad siempre termina hundiéndose, porque no es sostenible en el tiempo. Sin Nerón no hubiera podido haber Trajanos o Adrianos.


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