
Determinadas corrientes conspiranoicas constituyen un cierto peligro para los ciudadanos, aunque no todos están de acuerdo.
21 de enero.- Yo tenía un amigo (digo tenía, tristemente, porque aunque nos seguimos por las redes sociales, ya no tengo confianza ni en él ni con él) de quien pensaba que era una persona normal, incluso extraordinaria. Trabajaba en la alta cultura y, salvo cierta manía por las tradiciones y por beber té con el meñique bien tieso, como en Downtown Abbey, era una persona encantadora y hasta bastante graciosa. Se podía hablar con él de libros y comentar en general la actualidad con relajación.
Este amigo mío, como muchos otros, empezó a torcerse de forma inexplicable durante la pandemia. Empezó a volverse raro de cojones, hablando mal y pronto. Los sucesivos confinamientos hicieron que el trabajo le escasease (que no el sueldo, de eso ya nos ocupábamos los demás, vía impuestos) y que le sobrase muchísimo el tiempo. De manera que, como un Alonso Quijano moderno, dio en pasarse las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio en las redes sociales. En Facebook la cual, dada su edad, es la que maneja (las otras son demasiado rápidas y modernas para él). Probablemente también en esa zahurda que es Telegram. Cuando pasó la pandemia, el organismo cultural en el que trabajaba le jubiló anticipadamente y desde entonces vive en una burbuja racista y conspiranoica, compartiendo solamente contenido abiertamente neonazi o videos generados mediante inteligencia artificial que hablan del secreto perdido de los monjes tibetanos, que utilizaban unas trompetas para mover rocas de varios miles de toneladas sin tocarlas (palabra de honor) o de plantas milagrosas que curan el colesterol o el cáncer, o de la “amenaza” permanente de los pobres musulmanes (cae por su peso que mi ex amigo, ni por clase social, ni por curiosidad intelectual, ha hecho nunca el esfuerzo de hablar con ninguno que profese la religión mahometana).
Y así, mi amigo a quien yo tenía, ya digo, por una persona de talento apreciable, ha mutado en una especie de Gollum que vive encerrado en su cueva y que se cree cualquier chorrada. Una persona que es incapaz de distinguir la realidad de la ficción y para quien se han borrado todas las referencias que le daba una precaria alfabetización digital. Por supuesto, es inmune a cualquier esfuerzo conducente a intentar volverle a la racionalidad y muy posiblemente tenga muchas más de las características de los adictos a las sectas.
Como él, hay desgraciadamente muchos en Austria. Tantos, que han venido a representar un cierto peligro para el orden normal de la vida en sociedad y, por lo tanto, el Estado ha tenido a bien mantener a este grupo de población zombi monitorizado, para poder reaccionar a tiempo en el caso de que intenten alguna tontería. De esto se encarga en Austria, entre otras cosas, un observatorio de las sectas que se instauró en 1998 y por el que, en general, el Parlamento austriaco tiene bastante aprecio.
¿Todo el Parlamento austriaco? No, por cierto. El FPÖ, o sea, la ultraderecha, ha intentado hoy tumbar esta oficina del Estado austriaco, acusándola de ser un instrumento político destinado a amordazar a los que “piensan diferente”. O sea, aquellos como mi amigo que piensan que las vacunas contienen el sisiripusi o que los monjes tibetanos podían mover pedruscos con la punta de la…Trompeta. El inefable Hafenecker, mamporrero de Kickl y secretario general del FPÖ a la sazón, ha acusado al observatorio de las sectas de “difamamar” a “medios críticos”, todo nauralmente para “ponerle la pierna encima” a honrados ciudadanos (austriacos y de ojos azules, eso sí) cuyo único delito es tener una opinión propia (aunque dicha opinión propia esté, como la mayoría de las de mi ex amigo, tan lejana a la realidad como Donald Trump lo está de la sensatez).
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