
La mujer del presidente de los Estados Unidos se ha pagado un documental/publirreportaje. En Austria también hemos tenido casos.
2 de Febrero.- Cuando yo era joven y estudiaban en España, tuve un profesor de marketing muy bueno.
El caso es que este hombre estuvo un cuatrimestre contándonos cosas muy inteligentes, y lo hacía tan bien, que casi cuatro décadas más tarde uno sigue recordando algunos de aquellos conceptos.
Por ejemplo, este: que se puede tener la mejor campaña del mundo, se pueden gastar millonadas en anuncios, contratar a George Clooney o conseguir a diez elefantes que bailen balé clásico, pero si el producto es una mierda pinchada en un palo, en cuanto se pase el “dopaje” de millones, la gente dejará de comprar el producto o, peor, la campaña se convertirá en algo contraproducente para la empresa, porque perjudicará su reputación.
Me he pasado el fin de semana viendo el cachondeo que se ha montado en Estados Unidos a propósito de “Melania”, el “documental” sobre la primera dama de los Estados Unidos. He visto de todo: desde un tráiler editado con inteligencia artificial en el que se había sustituido a Melania Trump por la cerdita Piggy (y apenas se notaba), hasta extractos de las entrevistas en los que Melania Trump trata de interpretar el papel de Meryl Streep en promoción. Conversaciones pactadas en las que da casi pena ver a la pobre mujer poniendo morritos y hablando un inglés ratonero de película de espías. Por no hablar de varias imitadoras (sobre todo en el programa de Jimmy Fallon) que hacía que te tirases al suelo de risa.
A este respecto, la verdad, las burlas sobre Melania Trump, que bastante ha tenido la pobre con tener que ver desnudo a Donald Trump,apestan a kilómetros a clasismo. Como persona culta, con estudios universitarios, tal es el caso de muchos presentadores de televisión, es muy fácil burlarse de la extranjera que habla mal y que cree que con dinero se puede comprar la distinción. Una extranjera a la que se le nota muchísimo también, por cierto, que está aterrada delante de una cámara.
Sin embargo, creo que, muy probablemente, las pobres gordas vestidas con camisas de cuadros y vaqueros, que van a la iglesia evangélica de su congregación de, pongamos, Güisconsin, deben encontrar que Melania Trump, con sus morritos siliconados y su cara de estar oliendo mierda (la segunda vez que escribo la palabra en este artículo) debe de ser el colmo de la clase y, sobre todo, un modelo de mujer al que aspirar.
Con un marido viejo, gordo, baboso, al que es más que probable que le gusten las niñas, que no hace más que ponerle los cuernos con “actrices” porno de baja estofa, pero (¡Ay, amiga!) con un armario lleno de modelos de París y de zapatos de tacón de aguja que solo le gustan a ella y a su estilista gay.
Y, sin embargo, ya lo decía mi profesor de marketing: todo el dinero del mundo no puede compensar un producto malo, lo mismo que no hay actor que salve un mal guion. La vida de Melania Trump es vacía, estúpida y absolutamente indigna de ser contada (o de ser contada así, porque precisamente lo más interesante ella no lo va a contar nunca) pero es que cuando ella era pobre en Eslovenia, y su único capital era su cuerpo serrano y su cara de muñeca, seguramente Melania soñaba con no tener que preocuparse de otra cosa que de no repetir modelito, así se hundiese el mundo. Todos actuamos como si todas las mujeres estuvieran convencidas de que lo decente es ser feminista, pero es que algunas, como Melania Trump, verían que se impusiera el feminismo como una catástrofe total.
En Austria, por cierto, también tuvimos hace poco un caso de documental destinado a ser un publirreportaje (cada vez que Amazon Prime pone en su página que cualquier mojón es un documental, un angelito pierde sus alas). Recordará sin duda el lector que Sebastian Kurz hizo amago de abandonar los millones que ha ganado no se sabe muy bien cómo y de retornar a la política activa. Estrenó dos documentales en el cine, al mismo tiempo (¡Dos!) y para que el ridículo no fuera estrepitoso -Quién quiere ver a Sebastian Kurz, bitte?- la productora del artefacto -o sea, Sebastian Kurz mismo- compraba entradas para salas en las que el documental sonaba en vacío (cri cri cri).
Según parece, este fin de semana el documental de Melania ha hecho 5 millones de dólares en recaudación. Es muy probable que hayan sido todos los periodistas que han ido a ver lo mala que era, o quizá la propia Melania haya comprado todas las entradas.

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