Debí tirar más fotos

Ayer asistí como espectador al Hyrox, algunos de mis prejuicios se confirmaron y otros, afortunadamente, no.

9 de Febrero.- Hoy voy a escribir dos artículos. El primero, ya lo he terminado, es para la web de mi proyecto de fotografía, Foto Bernal Vienna. Aborda los retos de la fotografía deportiva, siquiera desde una posición tan humilde y tan pequeña como es la mía, la de un caballero cincuentón que está más o menos en forma y que tiene un equipo normalito.

El segundo, este, va más en consonancia con lo que es Viena Directo normalmente, o sea, unos ojos que mis lectores tienen puestos en la realidad austriaca. Mis ojos.

Ayer, un amigo austriaco participó, junto con un colegui, en la competición Hyrox. Hace unos meses, un sábado noche en el pub del pueblo, me pidió por favor que si podía hacerles unas fotos durante la competición, cosa que a mí me llenó de orgullo y satisfacción, como dijo el otro. Acudí ayer a la cita virgen de conocimientos de qué sería esta cosa de Hyrox aunque no virgen de prejuicios, los cuales en parte se confirmaron y en parte no.

Hyrox es una franquicia, supongo que nacida al calor de otra forma de tortura de machotes, el Crossfit y consiste, básicamente, en echarle al negocio de ponerse en forma mucha testosterona. Pero mucha, mucha. Por supuesto, como pasa también con el Crossfit y con otras cosas, hay gente que se toma el asunto muy a pecho y termina adoptándolo como una especie de técnica de validación personal. En plan, ven aquí si eres hombre. Hay mucha técnica, mucho saber de carrusel de Instagram, se habla mucho de hidratos de carbono y de proteínas y, por supuestísimo, de optimización de las propias capacidades.

La cosa consiste en una serie de ejercicios funcionales (tirar balones medicinales, remar, arrastrar pesos…) y entre los ejercicios, correr cada vez un kilómetro.

A mis amigos les tocaba competir ayer, a eso de las cinco de la tarde. Yo llegué con mi cámara Nikon y mi tele (70-300 mm por si a alguien le interesa) bastante antes de la hora de salida, porque a mí, en estas cosas, me gusta conocer el espacio. Es una costumbre que me viene de mis tiempos de actor y que me ha ahorrado múltiples disgustos.

En el recinto ferial de Viena había miles de personas (en este caso, no es exageración), un veinte por ciento de las cuales eran maromos musculosos sin camiseta, otros cincuenta por ciento maromos musculosos con camiseta y el resto éramos familiares y amigos que íbamos a mostrar nuestro apoyo a aquellas criaturas que habían pagado 55 jEur por sufrir (porque, señora, andar por la vida con un saco a la espalda es sufrir, aunque sea por el bien de la salud).

El ruido no ve se en en las fotos, pero era absolutamente ensordecedor. Música cañera, como es lógico. Complicado además con un “speaker” y una “speakeresa” los cuales querían, se conoce, convencernos de que estábamos en Mineápolis, provincia de Minesota, en vez a pocos kilómetros del Danubio.

Yo fui un niño más bien inútil para lo físico (mi padre dice siempre que “su Francisco no sabía ni darle una patada a un bote”) que tuvo que aprender a amar el ejercicio de mayor, una vez se desprendió de la culpabilidad de odiar el fútbol. Situaciones como la de ayer me dan fatiga, porque en esos tipos salvajes y tatuados que levantan pesos veo a los capullos que me hacían bullying en el colegio. Por eso, en este tipo de historias me asalta siempre un ramalazo de cinismo, del que solo me salva la cámara. El ojo curioso que capta y guarda la diversidad enorme del comportamiento humano.

Pasé tres horas contentísimo ayer haciendo fotos (unas mil, que se dice pronto, sobre todo a la hora de clasificarlas y editarlas) y creo que logré algunas instantáneas felices (en el otro sitio están). Sin embargo, no quiero mentir, me sentí todo el rato fuera, como quien observa a un grupo de seres humanos que han permanecido aislados en la selva, sin contacto con otras culturas. Aunque, bien pensado, quizá sea esa la manera de hacer las mejores fotos. No estar y estar al mismo tiempo.

Y aquí viene la anécdota que demuestra que la realidad siempre se empeña en neutralizar nuestros prejuicios. Verá usted: en el transcurso del maratón fotográfico, me fijé en dos chicos, sin reparar demasiado en por qué. Uno de ellos, el que llevaba la voz cantante, iba sin camiseta y sus tatuajes no eran normales. Le fotografié un par de veces, por los tatuajes.

Luego, cuando fui a saludar a mis amigos, los cuales sudorosos y felices, comentaban los pormenores de la competición vi que los chavales anónimos estaban con otra gente. Eran jóvenes y parecían muy felices. Uno de los dos miembros del equipo se había puesto un collar de perlitas y, de pronto, cogió al otro, a su compañero de sufrimiento, y le metió un morreo de los que hacen época.

Aquel beso de amor, que no se le da a cualquiera, inexperado en el contexto aquel, me llenó de alegría, porque supuse que a aquellos dos también les habían hecho bullying en la clase de gimnasia y que, después de haberse pasado hora y media sudando, saltando, corriendo y sufriendo, habían conseguido mandar a tomar viento su trauma. Me alegré por ellos pero también, a qué negarlo, por mí.

Librarse de los traumas de la infancia es como quitarse un saco de la espalda.


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