Sharon, hija, no te lo tomes así

Una famosa estrella de Hollywood vivió ayer una auténtica montaña rusa de emociones ¿Dónde? Es evidente: en el baile de la ópera.

13 de Febrero.- Una vez al año está bien que la actualidad nos dé excusas para hablar de otras cosas que no sean desgracias.

En Austria, cada febrero se nos casa una infanta, e incluso una princesa heredera. Y la catedral donde se desarrolla el enlace es la Òpera estatal de Viena, convertida para la ocasión en el salón de baile más bonito del mundo (y no es cursilería, que es verdad).

El baile de la ópera, con el que se cierra la temporada de bailes en Viena, cubre todos el espectro de la sociedad austriaca y es la ocasión que buscan todos los que quieren ver y dejarse ver.

Hasta hace dos aöos, la comidilla solía ser el invitado que el empresario Richard Lugner traía a su palco. Solían ser gente que ya había pasado su mejor momento profesional y que se veía obligada a ejercer esta forma suave de la prostitución de lujo que consiste en alquilarse hasta la medianoche a un millonario. Hay agencias, por lo visto, que se ocupan de eso.

Muerto Lugner (las imágenes de su funeral son historia de Austria, y no de la parte más noble, seguramente) otros han recogido el testigo. Su hija, una chica joven con un rictus amargo en la boca, casada con un político ultra, siguiendo la tradición fijada por su padre se trajo ayer a Fran Drescher, la actriz protagonista de The Nanny, una comedia de los ochenta que aquí se sigue reponiendo de forma regular. Drescher es una mujer práctica y delante de los cheques no debe de hacer muchos ascos. Sonrió como una profesional, dijo que Viena le había encantado, que todo era maravilloso y que sus anfitriones (Lugner hija y su marido, un tipo con pinta de haber estado hasta ayer destripando terrones) eran el colmo del refinamiento y del primor.

El autoproclamado rey de los “Schaumrollen” (unos tubos de hojaldre rellenos de merengue) no quiso ser menos que la Lugner, llamó por teléfono a una agencia del ramo y fichó, nada más y nada menos, que a Sharon Stone, celebridad en horas muy bajas, que solo es alguien, por cierto, para quienes, como yo, la vieron en el cine descruzando las piernas en Instinto Básico. Mis colegas más jóvenes de oficina tienen dificultades para ubicarla.

Stone fue la protagonista del momento de la noche (en estas crónicas de la frivolidad, se entiende). Cuando llegó del bracete de su patrocinador, el siempre eficiente Andi Knoll se acercó a entrevistarla. Curiosamene, la entrevista no se emitió en directo, sino que, extrañamente, se grabó y, pasada la perplejidad, es probable que en la ORF se pensaran frenéticamente si se podía emitir o no. Al final, se decidió que sí. En las imágenes, Knoll, con toda su bonhomía de caballero gay de una cierta edad portada de la revista Sueños de Suegra, se acerca a la diva hollywoodiense y le pregunta qué tal le parece Viena y el baile. Son preguntas retóricas, como las que se le dirigen a un vecino en el ascensor. Uno pregunta qué tal y no aspira a que el vecino le cuente su vida.

Pues bien, ante el desconcierto de Knoll, Sharon Stone coge carrerilla y empieza a decir que lo que más le ha gustado son lo guapos y lo guapas que son los miembros de las fuerzas de seguridad que ha visto por Viena. Knoll (glups), sin acabar de creer a sus oídos, traduce. Entonces Sharon Stone, llevada por una emoción absolutamente incontenible, “llorando de los sus ojos” empieza a decir que los austriacos son un pueblo maravilloso, que su cultura es divina, que es una maravilla ver tanta gente feliz y Knoll tratando de meter baza y el cámara, astuto, haciendo un zoom a la cara de Sharon Stone para sacarla con los ojos desorbitados y llorosa.

Tras tres minutos diciendo incoherencias, Andy Knoll consigue cortar la entrevista y devolver la conexión.

Parece ser que, con un medio ataque de ansiedad (Sharon, hija, en América no tenéis estas cosas, pero pull yourself together, hija mía) los anfitriones tuvieron que sacar a Sharon Stone a toda prisa de la ópera, probablemente darle un güiscazo, y luego llevarla al palco, en donde, bajo el obvio efecto de alguna substancia y con cara de estar contemplando un ritual satánico en el cual se sacrificasen bebés clavándoles en el pecho un cuchillo de obsidiana, Sharon Stone disfrutó (o así) de las exquisiteces que la dirección de la ópera había preparado. La pobre permaneció hasta las 00:19, momento en el que, cumplidas sus obligaciones contractuales, abandonó el palco, la ópera y el salón de baile más bonito del mundo.

Por lo demás, el espectáculo inaugural fue preciosísimo. El balé danzó vestido de Armani (se notaba, empero, que el pobre Giorgio estaba pidiendo hoyo cuando hizo el diseño del vestuario) y la música fue maravillosa.


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