Juegos para gatos

¿En qué se parecen mis gatos, Mathilde y Stanislaus a la ultraderecha austriaca? Es fácil: de vez en cuando, hay que dejarles creer que ganan.

15 de febrero.- Yo tengo dos gatos, Mathilde y Stanislaus. Ahora va a hacer un año que se me murió el tercero, Timmi, al que aún echamos de menos en casa.

Los gatos son unos animales muy inteligentes que, a pesar de ser animales domésticos, conservan aún una parte de su independencia. Los perros son, dentro de sus diferentes variantes, descendientes de ejemplares mansos de lobo, que se fueron incorporando a la familia humana. Los gatos llegaron a las cercanías de los humanos porque descubrieron que, en nuestra cercanía, había suculentas presas (pequeños roedores, sobre todo).

A lo que yo iba: para mantener a los gatos tranquilos, hay que jugar de vez en cuando con ellos. El juguete más socorrido es un palo, que lleva atada una cuerda a cuyo extremo hay un gurruño de tela del tamaño de un ratón. Uno arrastra el gurruño por el suelo y el gato, después de fijar su atención en él, trata de agarrarlo, como si fuera, efectivamente, un roedor.

Dada la diferencia entre nuestras inteligencias, el humano podría jugar eternamente a este juego sin que el gato agarrase nunca al ratón. Pero si lo hiciera así, el gato perdería interés en el pasatiempo y, transcurrido un rato, buscaría otras maneras de entretenerse. La moraleja de esta historia es que, para que el gato permanezca motivado y quiera jugar, hay que dejarle ganar de vez en cuando.

Los cerebros detrás de la maquinaria propagandística del FPÖ se encuentran exactamente en el mismo dilema. Tienen una base de votantes grande que, de vez en cuando, como le sucede a mis dos gatos, se inquieta. Si no se le ofrece alguna posibilidad de éxito, esa masa de votantes se desanima. El éxito más evidente, el hacer que su partido llegue a tocar poder a escala nacional, de momento es inaccesible, así que los propagandistas de la extrema derecha se exprimen las neuronas para encontrar palos con una cuerda atada a cuyo extremo haya un gurruño de tela con la forma de un ratón.

Ese último gurruño de tela ha sido una canción.

Para mantener a su masa de votantes entretenida, los propagandistas del FPÖ le lanzaron a la muchachada un reto: ¿A que no colocamos esta (mierda de) canción en las listas de éxitos? Si llega a estar entre las cuarenta más descargadas / vendidas, la ORF, ese pútrido conglomerado lleno de zurdos no tendrá más remedio que emitirla. La (mierda de) canción estaba tocada por un músico (de mierda) llamado John Otti, habitual amenizador de esos artefactos con cervezotas y gritos histéricos que en el FPÖ se complacen en llamar mítines.

Dicho y hecho, la disciplinada militancia ultra se puso a escuchar la canción y a descargarla -es probable que, como ha sucedido con Melania, otro artefacto putrefacto, el FPÖ haya subvencionado parte de las descargas- de manera que llegó al número 20 de las listas austriacas y la ORF se vio en un aprieto. Aprieto que los ultras observaron con muchísima atención, como es natural.

La ORF, por ley, tienen un compromiso de neutralidad, de manera que no puede hacer propaganda de ningún partido fuera de las ocasiones electorales. La canción (de mierda) lleva en el título las siglas del FPÖ.

Si Ö3, la cadena de radio pública, no emitía la canción, los descerebrados de costumbre, con Kickl a la cabeza, darían grititos histéricos diciendo que la cadena pública (una vez más, según ellos) censuraba la voz auténtica del pueblo soberano (de raza aria). O sea, un episodio más de la cantinela pasivo-agresiva de costumbre (no tienen bastante con robarnos las elecciones, sino que ahora no emiten nuestras canciones -de mierda-).

En cambio, si Ö3 emitía la canción, incumplía su deber de imparcialidad y, por lo tanto, otras voces podrían decir que se había bajado los pantalones ante la ultraderecha.

La solución de la ORF fue tan lista como escrupulosamente cumplidora de su deber informativo. En el repaso habitual de las listas, la semana pasada, al llegar al número veinte aproximadamente, sonó por las radios la canción (de mierda) exactamente durante cuarenta y cinco hediondos segundos.

Acto seguido, los locutores, con la misma pasión que si estuvieran diciendo que, después de comer, todos los días, se toman una infusión de poleo-menta, explicaron que la bazofia que acababan de escuchar los oyentes, había sido preparada “por un partido político”. Inmediatamente después, el politólogo de cabecera de la ORF, Peter Filzmaier, se puso a la tarea de contextualizar la canción (de mierda) y a agruparla con otros tantos intentos de hackear los oidos de los radioyentes. Por ejemplo, el infame y no menos putrefacto “rap” de Strache o los delitos sonoros que, con cierta periodicidad, perpetran selecciones de fútbol, campeones de esquí, y gente parecida de capital neuronal escaso.

Hecho lo cual, se puso cero al cociente y se pasó a la canción siguiente.

La ORF cumplió así con su labor impecablemente, cosa que no habría hecho si hubiera radiado la canción múltiples veces, pudiendo despertar el equívoco de que estaba haciendo publicidad.

Por suerte para todos -la ORF la primera- el entusiasmo que ha provocado la John Otti band se ha desinflado rápidamente y la canción del FPÖ ha desaparecido de las listas. Con lo cual no volverá a emitirse esta semana (albricias).


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