Confusiones intencionadas

IMAGEN FALSA CREADA CON IA

¿Creemos lo que ya estamos preparados para creer o nuestra opinión muta? No siempre es sencilla la respuesta.

25 de febrero.- Desde enero, aprovechando las ofertas de principios de año, he vuelto al gimnasio. Los gimnasios son un lugar curioso. Reina una actividad fabril pero, al mismo tiempo, como nadie habla con nadie, tiene uno mucho tiempo para pensar.

Entre máquina y máquina, pensaba yo en este amigo que ya conocen mis lectores. Un hombre  al que yo tenía por persona sensata que, desde que se ha jubilado, se ha torcido y se pasa el día viendo vídeos racistas creados con inteligencia artificial -ni siquiera son muy buenos, se nota a la legua que son falsos- y consumiendo teorías conspirativas.

Tengo que reconocer que su cuenta de Facebook se ha convertido para mí en una fuente inagotable de información a propósito de esa burbuja en la que vive.

No ha sido gratis, sin embargo. Uno siente que la mente de su amigo ha sido hackeada y se ha averiado. Y se le plantea la duda de si es mejor dar a esta persona por perdida o aplicar la paciencia y explicarle por qué los vídeos que ve son un sinsentido absoluto y cómo han sido creados.

De momento, aplico una estrategia mixta.

Aunque sus publicaciones racistas me sacan de quicio, comprendo que para que mi estrategia tenga algún éxito también tengo que callarme de vez en cuando. Al fin y al cabo, a nadie le gusta que le estén recordando todo el tiempo que es un analfabeto digital.

Después de pensar mucho en la cuestión (ya digo, el gimnasio cunde) me doy cuenta de que se trata de un problema mixto. Por un lado, efectivamente, mi amigo, lo mismo que muchas personas nacidas en el siglo XX, carece de recursos “técnicos” para enfrentarse a un contenido que está especialmente concebido para atrapar a incautos.

Por otro lado, y de manera mucho más alarmante, me doy cuenta también de que es un problema de sesgo. O sea, mi amigo, como todos los consumidores de desinformación, cree lo que ya está preparado para creer.

¿Es, pues, mi amigo un racista? Es una buena pregunta y probablemente la respuesta no sea fácil, porque la respuesta es parte de su hackeo.

Supongo que la desinformación actúa como cuando uno entra en una secta. Uno no pasa de cero al fanatismo en un momento. Mi amigo está realmente convencido de que hay fuera un montón de “wokes”, zombis sin cerebro ni alma que tratan de destruir la cultura occidental. Los soldados de este “ejército” en el que él cree a pies juntillas son un confuso revoltijo formado por ecologistas (catastrofistas del cambio climático), “comunistas” enemigos de la propiedad privada, personas trans (especialmente hombres que se hacen mujeres), feministas y musulmanes radicales. Un poco como cuando Franco hablaba del “contubernio judeomasónico”. Cae por su peso que mi amigo no ha tenido ocasión de hablar en directo, de persona a persona, con miembros de ninguno de estos grupos, pero él cree a pies juntillas que existen tal como él se los imagina. Del mismo modo que Don Quijote creía a pies juntillas en los molinos y en Dulcinea.

Después de examinar los contenidos a los que mi amigo se enfrenta, he encontrado que se pueden dividir en dos grupos grandes, los cuales luego, a su vez, se dividen en subcategorías en las que no voy a entrar hoy.

Por un lado están las noticias exageradas puras y duras y por otro, más discretos, los que podríamos llamar “contenidos de refuerzo”. O sea, contenidos que los que elaboran esta forma insidiosa de propaganda utilizan para reafirmar el sesgo de los lectores. Es decir, esa idea de que el mundo vive bajo la amenaza de una horda que pretende acabar con la cultura occidental.

Un ejemplo perfecto lo tenemos hoy. Lo cuento rápido, que ya voy largo. En Austria hay un portal ultra que se llama Exxpress. Una especie (vamos, sin especie) de caja de resonancia de las historias descabelladas que el FPÖ inventa. Tiene una serie de columnistas y opinadores más o menos neonazis que producen rancho ideológico para paladares no demasiado exigentes. Por otro lado, hay dos organizaciones, una en Austria y otra en Alemania, con el mismo nombre que no tienen nada que ver. Se llaman “Omas gegen Rechts” (abuelas contra la ultraderecha). Por supuesto, con ese nombre, ya se puede saber del pie del que cojean las abuelas.

La organización austriaca, que no tiene nada que ver con la alemana, a pesar de la coincidencia de nombres, está dirigida por una teóloga protestante llamada Monika Salzer, y la alemana por otra mujer mayor. El Exxpress publicó un suelto diciendo que la mujer que dirige la organización alemana era una ex miembro de la Stasi, la policía política de la DDR (con el ánimo de asociar Omas gegen Rechts a ese ejército “woke” que yo mencionaba antes). Para ilustrar la noticia pusieron una foto de Monika Salzer.

La idea estaba clara: reforzar en el lector la idea de que Omas gegen Rechts Austria es una sucursal de Oman gegen Rechts Alemania y, por lo tanto, que ambas comparten un vínculo con el comunismo dictatorial y por lo tanto con ese “wokismo” fantasma que esta gente ve por todas partes. El lector -mi amigo, por ejemplo- al ver esta noticia, tendría perfecto derecho a decir “¿Ves? Todos son iguales”.

Monika Salzer ha demandado a la empresa que publica el Exxpress por usar su imagen y, de momento, ha ganado ya en primera instancia.


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