
Opacado por la barbarie cotidiana, se está desarrollando en Austria un debate que puede tener consecuencias para el futuro.
3 de Marzo.- Oscurecida por la guerra, opacada por la barbarie cotidiana de Donald Trump y sus secuaces, se está desarrollando en Austria una discusión que es muchísimo más importante de lo que parece porque es de carácter estratégico y decidirá en qué dirección queremos ir como sociedad.
Hace algunas semanas, el ministro de educación de Austria anunció su intención de reducir las horas dedicadas a la enseñanza del latín y de utilizar esas horas “sobrantes” para desasnar al alumnado con relación a la inteligencia artificial, las competencias digitales y la democracia.
Una parte nada despreciable de la comunidad educativa puso el grito en el cielo, y se lanzó en tromba sobre el pobre ministro. Como suele suceder en todas las polémicas, uno tiene “el corazón partío” porque ve las razones de las dos partes enfrentadas.
Por un lado, están aquellos que cuando mencionan la palabra cultura ponen boca de C mayúscula. Son personas que piensan en la educación y en la cultura no como lo que en realidad son para la mayoría de la gente, que jamás van a ser profesionales del sector cultural, sino como en algo que nos hace “mejores personas” a nivel individual. Para esta gente, lo que se suele llamar “amueblar las cabezas” consiste en ir adquiriendo poco a poco ítems más o menos prestigiosos (¿Ha leído usted Madame Bovary? ¿Piensa usted que entre Ana Ozores y Álvaro Mesía hubo tomate? ¿Está usted en condiciones de soportar la frustración que supone haber leído las metamorfosis de Ovidio o la Ilíada?). Para estas personas, la cultura es un bien, ante todo, individual. Se asume que hace la vida más placentera y que permite adquirir una serie de conocimientos que permiten relacionarse con otras personas que tengan competencias análogas a las de uno. Se supone también tácitamente que, si nuestro natural inquieto ha sido domesticado lo suficiente como para poder poner los ojos en blanco durante las cuatro horas y pico que dura una representación de Sigfrido, de Wagner, la sociedad en su conjunto será un conjunto de personas en donde no haya voces más altas que las de las Walkirias.
Frente a estos, hay otros, entre los que se encuentra el Ministro de Educación, que son en mi opinión mucho más pragmáticos y que piensan que la escuela tiene que servir, principalmente, para dos cosas: en primer lugar, para proporcionarles a las criaturas los medios para que puedan ganarse la vida cuando salgan del sistema educativo y en segundo lugar, una serie de valores (el concepto es delicado) que nos hagan mejores ciudadanos. ¿Que luego al ciruelo o a la ciruela le da por ser Isabel Coixet? Pues miel sobre hojuelas, naturalmente.
A esto, los partidarios de Ovidio y de Suetonio suelen responder con un argumento clasista. Que es, al fin y al cabo, el mismo que ha convertido Cuba en un lugar lleno de personas cultísimas. O sea que si dejamos que la escuela pública haga lo que yo decía más arriba, y acostumbramos a la chavalería a saberes puramente utilitarios, al final solo los ricos sabrán que Julio César contaba que la Galia estaba dividida en partes tres. Por cierto, eso ya pasa ahora. Austria es un país en el que los hijos heredan casi indefectiblemente el nivel educativo de sus padres. Si uno ha nacido en un hogar de los que leen el Kronen Zeitung es muy improbable que estudie una carrera.
¿Debe la escuela defender la democracia? Sin duda. ¿Y cómo tiene que defenderla? Pues es obvio, dándole a los chavales las herramientas para que sepan distinguir la información de la propaganda creada con IA con las que los marean en TikTok. ¿Quiénes no quieren esto? Obviamente, los beneficiarios de esa propaganda. La ignorancia es el arma de los poderosos para sojuzgar a los pobres.

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