El silencio en el ojo del huracán

Hace días que el Gobierno de Viena guarda un llamativo silencio con respecto a la guerra de Irán. Aquí una interpretación.

5 de Marzo.- A lo largo de estos días se suceden las interpretaciones sobre los últimos acontecimientos en Oriente Medio.

Empezando por las interpretaciones de aquellas personas que están en el centro de los acontecimientos y que toman, minuto a minuto, hora a hora, día a día, las decisiones. Hay una variedad grande. Están aquellas interpretaciones de la propaganda. Lo que podríamos llamar las razones oficiales de la guerra. Son las de costumbre en estos casos. Que si el uranio enriquecido, que si la brutalidad del régimen de los Ayatolás (innegable y repulsiva, desde cualquier punto de vista), que si el atentado frustrado contra Donald Trump, etcétera.

Luego, están las de las personas bien informadas que tratan de ver tras los acontecimientos. Es aquí donde el abanico se abre muchísimo. Están los que argumentan que Donald Trump y Benjamin Netanyahu han iniciado esta guerra pura y simplemente por motivos personales. En el caso de Trump, la pura y simple avaricia, además de la enorme corrupción y falta de ética que reina en estos momentos en una Casa Blanca convertida en una máquina de aspirar millones en la que participa todo el clan de Trump. En el caso de un Netanyahu cercado por los casos de corrupción, la pura y simple supervivencia política, aliñada de ultranacionalismo.

Además de estas, se encuentran las interpretaciones que podríamos llamar capitalistas. Esto es, asumen que los Estados Unidos, Israel, China, la Unión Europea, son menos entidades políticas que artefactos económicos que compiten por unos recursos -en este caso la energía- que se saben limitados.

Según esto, la agresión combinada de los Estados Unidos y de Israel contra Irán sería menos una manera de hacerle daño a Irán o de derribar una dictadura inmunda que una manera de hacerle daño indirectamente a otros competidores, a China, a Rusia, tradicionales aliados (y beneficiarios) de la tecnología iraní (la mayoría de los drones rusos que caen sobre Ucrania son aún de fabricación iraní).

La guerra sería una manera de dañar las economías de los competidores y fortalecer la renqueante economía propia.

Por si todo lo anterior fuera poco, también están las interpretaciones en clave de política interior de los Estados Unidos.

En noviembre serán las elecciones de mitad de mandato y Donald Trump necesita desesperadamente dos cosas: por un lado, un revulsivo para su popularidad (en forma, por ejemplo, de petróleo barato y abundante, que baje los precios y enfríe la inflación). Por otro, que se deje de hablar de los papeles de Epstein, un continuo goteo de fotos de Trump con mujeres cogidas por la cintura.

Para último lugar dejo la interpretación de este humilde escribiente y es que, en realidad, todas las interpretaciones anteriores son falsas y verdaderas a la vez.

Mi teoría es que en el centro de mandos reina un amateurismo de tal calibre, una inconsciencia tal, una falta tan absoluta de conocimiento que, en la práctica, convierten la toma de decisiones a propósito del curso de la guerra en una cosa confusa y abiertamente estúpida, errática y sin pizca de sentido común, en donde todos los cursos de acción se toman de manera impulsiva y ningún plan dura más allá de cinco minutos.

Cualquier persona que, como sucede en mi caso, tenga una cierta experiencia laboral a sus espaldas se habrá dado cuenta de que, cuanto más grande es una empresa (y la administración norteamericana es enorme) y cuanto más piramidal sea la cadena de mando (y, en este caso, a los efectos, Estados Unidos es una democracia autoritaria) más oportunidades hay de que las decisiones se tomen por criterios ajenos a la racionalidad. Por ejemplo, halagar la vanidad del jefe supremo.

En la práctica, al volante hay un señor que cumplirá ochenta años el año que viene (con todo lo que eso implica) cuyo proceso de toma de decisiones fue recogido por las cámaras hace día y medio, cuando, en medio de una comparecencia con periodistas junto al canciller alemán preguntó “Qué hago con España?” y allí mismo soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

Esto hace que la situación sea muy volátil. Sobre todo para las estructuras de poder formales, típicas del siglo XX, como es la democracia austriaca. Por eso es extremadamente llamativo el silencio del Gobierno de Viena desde hace días.


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