¿Podría Karin Kneisl perder la nacionalidad?

¿Puede un Gobierno privar de la nacionalidad a una persona? Se está estudiando con la ex ministra Karin Kneisl.

13 de marzo.- Uno de los argumentos (entre muchos) para que Herbert Kickl quedase invalidado de por vida para dirigir los destinos de Austria tiene un nombre propio: Karin Kneisl.

La prueba definitiva de que, durante años (y probablemente aún), la Federación Rusa, una potencia extranjera, una dictadura de facto, tuvo una influencia decisiva en las más altas instancias de la política austriaca, con lo que ello implica de acceso a secretos y a información sensible, está en que el Kremlin consiguió colocar al frente de la diplomacia austriaca a uno de los suyos.

Como quizá recuerde el lector, Karin Kneisl fue nombrada ministra de exteriores en el Gobierno del que fue canciller Sebastian Kurz y vicecanciller Heinz Christian Strache -dado lo mucho que ha rodado el segundo, desde la perspectiva de hoy en día es francamente increible que aquello pudiera pasar-.

Kneisl acudió a ese Gobierno en calidad de persona sin adscripción a un partido político determinado, pero nombrada por el FPÖ.

Esa falta de carné del partido no le restó ni un ápice al poder que ejerció con discreción, pero sin movimientos supérfluos, durante todo el tiempo en el que fue ministra.

Durante ese periodo de su vida, se casó e invitó a su boda nada menos que a Vladímir Vladimirovich Putin. La existencia del autócrata ruso da idea de la importancia que tenía Kneisl en los planes de Putin para Europa.

Durante esa boda se produjo la imagen infame de Karin Kneils doblando la rodilla ante Putin.

A pesar de la absoluta perplejidad que inundó a la opinión publicada austriaca, no le costó el cargo.

Luego, llegó el escándalo de Ibiza y el Gobierno austriaco saltó por los aires (nótese que, en el escándalo, desempeñó un papel fundamental una supuesta “oligarca” rusa, lo queda idea también de la influencia que tenía todo lo ruso en el FPÖ).

Karin Kneisl se vio obligada a dimitir, y ahí empezó un comportamiento que solo era errático en apariencia.

Tras un breve interludio en Francia, durante el cual la ex ministra de exteriores comenzó una campaña de declaraciones contra Austria, acusando a la democracia austriaca de “censura” (en contraposición con la supuesta libertad que reina en Rusia, claro), Karin Kneisl hizo una parada en Oriente Medio y luego se instaló en la Federación Rusa. Primero, se asentó en una aldea y más tarde recibió un empleo en un think tank, que le reportó (y le reporta) enormes beneficios económicos (Putin paga bien a sus traidores).

Karin Kneisl es presencia habitual en las televisiones que el Kremlin dirige con puño de hierro.

En los platós, se dedica a ilustrar a la población rusa sobre lo malo que es vivir en un país de la Unión Europea.

Tan virulentas son sus críticas y tan evidente que se ha vendido a los intereses del Kremlin que el Gobierno austriaco se está planteando una medida extrema: privar a Karin Kneisl de la nacionalidad austriaca.

No es tan fácil, sin embargo, y el asunto lleva varias semanas siendo fuente de rumores, hasta el punto de que, preguntada la actual ministra de exteriores sobre el asunto, declinó pronunciarse y le pasó la patata caliente al Ministro del Interior.

El asunto es picante porque, del Gobierno, el dossier Kneisl ha pasado al ejecutivo de Baja Austria, con el argumento de que el último domicilio austriaco de la ex ministra estaba en este land. Hubiera podido darse el caso de que fuera también un político ultra, Martin Antauer, el que tuviera que decidir a propósito de privar a Karin Kneisl de su nacionalidad. Antauer, sin embargo, también se ha puesto de perfil, argumentando que el argumento válido no es la residencia, sino el Land en donde nació Karin Kneisl.

En cualquier caso, los juristas no se ponen de acuerdo porque la razón para estudiar la pérdida de la nacionalidad de Kneisl sería el haber causado un daño considerable a la República ¿Bastan las declaraciones en la tele rusa?


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